24/05/2023
Doce años habían pasado desde la muerte de Santo Domingo. Dios había manifestado la santidad de su siervo con multitud de milagros obrados en su sepulcro o debidos a la evocación de su nombre.
Era el 24 de mayo, lunes de Pentecostés, antes de la Aurora, el arzobispo de Rávena y los demás obispos, el Maestro General con los definidores del Capítulo, el Podestá de Bolonia, los principales señores y ciudadanos, tanto de Bolonia como de las ciudades vecinas, se reunieron a la luz de las antorchas, en torno a la humilde piedra que cubría hacía 12 años los restos de Santo Domingo.
En presencia de todos, fray Esteban Provincial de Lombardía y Fray Rodolfo, ayudados por otros varios hermanos, empezaron a quitar el cemento que sujetaba la loza. Cuando le hubieron quitado, fray Rodolfo golpeó la mampostería con un ma****lo y con ayuda de picos, levantaron penosamente la piedra que cubría la tumba. Mientras la levantaban, un inefable perfume salió del sepulcro entreabierto: era un aroma que nadie pudo comparar a cosa conocida, que excedía a toda imaginación. El arzobispo, los obispos y cuantos estaban presentes, llenos de estupor y alegría, cayeron de rodillas, llorando y alabando a Dios. Todo el mundo se inclinó para venerar aquella preciosa madera. Por fin le abrieron, arrancando los clavos de la parte superior y lo que quedaba de Domingo apareció a sus hermanos y amigos. No era más que osamenta, pero llena de Gloria y de vida por el celestial perfume que exhalaba. Sólo Dios conoce la alegría que inundó todos los corazones y no hay pincel capaz de representar a aquella noche embalsamada, aquel silencio conmovedor, aquellos obispos, caballeros, religiosos, todos aquellos rostros brillantes de lágrimas e inclinados sobre un féretro, buscando a la luz de los cirios al grande y santo hombre que los miraba desde el cielo y respondía a su piedad con esos abrazos invisibles que inundan el alma de intensa felicidad.
Del libro: Santo Domingo y su Orden (Lacordaire)