21/05/2026
“…con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio.” (Hebreos 3:14) PARTE 2
El autor nos exhorta a que retengamos (del griego Katéjo) firme nuestra fe. Katéjo significa literalmente sostener firmemente, retener, aferrarse, mantener bajo control; aferrarse firmemente en la confianza inicial en Cristo; esto es, que no debemos abandonar nuestra fe en Cristo, NO VOLVER ATRÁS, a no endurecernos como lo hizo Israel y a permanecer constantes hasta el fin. Katéjo expresa una perseverancia continua, con la idea de mantenernos aferrados a Cristo sin abandonar la fe. Lo que debemos retener firmemente es nuestra confianza (Jupóstasis). Jupóstasis, está formada por Jupó, que significa debajo, y Stásis, que significa posición, fundamento y firmeza; esto expresa lo que está debajo, lo que sirve de base y fundamento para nuestra fe. En este texto, Jupóstais hace referencia a la seguridad de la fe, la convicción genuina, y la firmeza espiritual que tuvimos al inicio de nuestra vida cristiana; en este sentido Jupóstasis no señala una emoción pasajera, sino de una convicción profunda en Cristo, es decir, señala a una fe sólida y segura que debe mantenerse hasta el final. Juan Calvino interpretó Jupóstasis como la seguridad de la fe verdadera que permanece hasta el fin. Jupóstasis entonces, es la confianza o firmeza que se manifiesta en el primer instante de vivir en la fe. No alcanzamos la comunión con Cristo por perseverar en la confianza que nace en el inicio de nuestra fe, sino que, porque se está realmente en comunión con Cristo, se persevera hasta el fin; esto es, que nuestra participación en Cristo está relacionada con la firmeza de Su fidelidad, ya que Jesús fue fiel en todo, permaneció en la Voluntad del Padre; y por eso, andamos en el camino que Jesús abrió con Su propio ejemplo. Esto nos muestra que Cristo es suficiente para nosotros para tener la capacidad para llegar hasta el final; ya que nuestra seguridad no está en nuestras propias fuerzas, sino en Cristo, ya que el mismo Jesús que nos salvó, nos sostiene, fortalece, guarda y perfecciona; ya que nos tiene tomado de Su mano y nadie nos puede arrebatar de es lugar donde estamos seguros. Este versículo es frecuentemente mal interpretado para expresar que una persona puede ser salva y volverse a perder, es decir que la salvación puede perderse; sin embargo, no es lo que este texto está expresando y que la Biblia enseña que la salvación la recibimos por la gracia de Dios, por la obra sacrificial de Cristo, y por medio de nuestra fe y que se evidencia por nuestras buenas obras; esto significa que la verdadera fe siempre tiene la característica de ser permanente. Claramente no significa que nuestras obras ganen nuestra participación en Cristo, sino que como fuimos hechos participantes en Cristo por la gracia de Dios, de Su perseverancia, la perseverancia es una evidencia de una unión genuina con Él. Como creyentes no es suficiente con un comienzo fervoroso en nuestra caminar cristiano, sino que es necesario que la mantengamos hasta el final con el objetivo de obtener el premio o la corona espiritual que Dios tiene preparada “prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:14); no es una fidelidad aparente o religiosa que no nos lleva a alcanzar el premio, sino que la fidelidad verdadera permite alcanzar el premio de la vocación a la que Dios nos llamó como cristianos. Sin embargo, hay personas que aparentemente comienzan en la fe, que escuchan el Evangelio, participan en los cultos de la Iglesia, experimentan emociones espirituales, pero nunca desarrollan una fe perseverante; que fue algo que enseñó el Señor Jesús en la Parábola del Sembrador. La verdadera fe nos une con Cristo y esa unión transforma nuestra vida, y la perseverancia en la fe demuestra la autenticidad de esa unión permanente y que nadie puede romper. En este sentido los verdaderos compañeros de Cristo son quienes por su firmeza y perseverancia en la fe, demuestran que verdaderamente le pertenecen al Hijo de Dios. Nuestra evidencia de que somos realmente participantes en Cristo, es la perseverancia en la confianza que surge al principio de nuestro nuevo nacimiento y que debe persistir hasta el fin de nuestro peregrinaje manifestando la fidelidad de Jesús; esto es algo que es difícil de imitar por medio de esfuerzos y rituales religiosos, pero se nos facilita cuando rendimos nuestra vida al Espíritu Santo y dejamos que reproduzca a Jesús en nuestra corazón para que Cristo viva en nosotros. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). El texto nos enseña que la vida cristiana requiere constancia y fidelidad; por eso como creyentes debemos continuar confiando en Cristo, aun en medio, de pruebas, luchas, persecuciones o cansancio espiritual; esto no significa que debamos ser perfecto, sino que debemos permanecer aferrados a Cristo. Enfatizando que la perseverancia no crea esa participación o nuestra salvación, sino que evidencia que verdaderamente han llegado a ser participantes de Cristo. Esto es que como creyentes no solo conoce acerca de Cristo, sino que participa de Su vida y permanece unido a Él. Tu vida cristiana es una carrera de resistencia, no una emoción pasajera; ya que Dios busca constancia, fidelidad, perseverancia diaria; no abandones la confianza que tuviste a Cristo al inicio de tu conversión, por eso debes aferrarte a Cristo hasta el final.
ENFOQUE CRISTIANO INTERNACIONAL