El Cucurucho Tradicionalista

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16/02/2025

DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA

EL PECADO Y SUS CONSECUENCIAS. — La Santa Madre Iglesia nos convoca hoy para recordar juntos con ella el relato de la caída de nuestro primer padre. Semejante desastre nos hace presentir el desenlace de la vida mortal del Hijo de Dios hecho hombre, que se dignó hacerse cargo de expiar personalmente la prevaricación del principio y todos los desmanes que después se han ido acumulando. Para poder apreciar la grandeza del remedio, es menester sondear la llaga. Se empleará la presente semana en meditar la gravedad del primer pecado y la secuela toda de desventuras que acarreó al linaje humano.

DEL LIBRO DEL GÉNESIS (III, 1-19)

La serpiente, el más astuto de cuantos animales del campo hizo Yahvé Dios, dijo a la mujer: ¿Con que os ha mandado Dios que no comáis de los árboles todos del paraíso? Y respondió la mujer a la serpiente: Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir. Y dijo la serpiente a la mujer: No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría, y cogió de su fruto y comió y dio también de él a su marido, que también comió. Y abriéronse los ojos de ambos. Y viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones. Oyeron a Yahvé Dios, que se paseaba por el paraíso al fresco del día y se escondieron de Yahvé Dios Adán y su mujer, en medio de la arboleda del jardín. Pero llamó Yahvé Dios a Adán, diciendo: Adán, ¿dónde estás? Y éste contestó: te he oído en el jardín y temeroso porque estaba desnudo me escondí. ¿Y quién, le dijo, te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol que te prohibí comer? Y dijo Adán: la mujer que me diste por compañera, me dio de él y comí. Dijo, pues, Yahvé Dios a la mujer: ¿Por qué has hecho esto? Y contestó la mujer: la serpiente me engañó y comí. Dijo luego Yahvé Dios a la serpiente:

"Por haber hecho esto.
Maldita serás entre todos los ganados
Y entre todas las bestias del campo.
Te arrastrarás sobre tu pecho
Y comerás el polvo todo el tiempo de tu vida
Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer
Y entre tu linaje y el suyo: Este te aplastará tu cabeza,
Y tú le morderás el calcañal."

A la mujer le dijo:
"Multiplicaré los trabajos de tus preñeces;
Parirás con dolor los hijos,
Y tu propensión te inclinará a tu marido.
El cual dominará sobre ti."

A Adán le dijo: "Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol de que te prohibí comer, diciéndote: no comas de él:

"Por ti será maldita la tierra;
Con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida;
Te dará espinas y abrojos,
Y comerás de las hierbas del campo.
Con el sudor de tu rostro comerás el pan,
Hasta que vuelvas a la tierra,
Pues de ella has sido tomado;
Ya que polvo eres y al polvo volverás”
(Tomamos estos textos de la Sagrada Biblia de Nácar-Colunga, tercera edición, año 1949)

He aquí la página fatídica de los anales de la Humanidad. Ella basta para explicarnos la presente situación del hombre en la tierra; por ella, asimismo, nos damos cuenta de la actitud que mejor nos cuadra con respecto a Dios.

MISA

Celébrase en Roma la estación en la Iglesia de San Lorenzo Extramuros. Los antiguos liturgistas hacen resaltar la relación que existe entre el justo Abel, cuya sangre derramada por su hermano es objeto de uno de los responsorios de Maitines de esta noche, y el mártir sobre cuyo sepulcro abre la Iglesia romana la Septuagésima.

El Introito de la Misa expresa al vivo los terrores de la muerte de que son víctima Adán y toda su descendencia después del pecado. Un grito, sin embargo, de esperanza sale de en medio de esta desolación. El Señor hizo una promesa el día mismo de la maldición. Confiesen los hombres su miseria, y Dios mismo ofendido será su libertador.

INTROITO

Cercáronme gemidos de muerte, dolores de in****no me rodearon: y en mi tribulación invoqué al Señor, y Él, desde su santo templo, escuchó mi voz.
— Salmo: Amete yo, Señor, fortaleza mía: el Señor es mi sostén, y mi refugio, y mi libertador.
Gloria al Padre.

En la Colecta reconoce la Iglesia, que sus hijos merecieron los castigos, secuela del pecado, y pide a su favor misericordiosa libertad.

COLECTA

Suplicámoste, Señor, escuches clemente las preces de tu pueblo: para que, los que nos afligimos justamente por nuestros pecados, seamos librados misericordiosamente por la gloria de tu Nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

EPÍSTOLA
Lección de la Epístola del Ap. San Pablo a los Corintios (IX, 24-27; X, 1-5).

Hermanos: ¿No sabéis que, los que corren en el estadio, corren todos, ciertamente, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo ganéis. Y, todo el que lucha en la palestra, se abstiene de todo: y ellos, para alcanzar ciertamente una corona corruptible; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Yo también corro, pero no a la ventura; lucho, pero no como si azotara al aire; sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, habiendo predicado a los demás, sea yo mismo hallado réprobo. Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres caminaron todos bajo la nube; y pasaron todos el mar; y fueron bautizados todos por Moisés en la nube y en el mar; y todos comieron el mismo manjar espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual (porque bebían de la piedra espiritual que los seguía, y esta piedra era Cristo): pero muchos de ellos no agradaron a Dios.

VIGILANCIA Y GENEROSIDAD. — La enérgica palabra del Apóstol acrece aún nuestra emoción al recuerdo de los trascendentales sucesos vislumbrados en este día. El mundo es una palestra en la que es menester correr; el galardón le alcanzan los ágiles y desembarazados en la carrera. Abstengámonos de cuanto pueda estorbarla y hacernos perder la corona. No nos forjemos ilusiones; nada podemos prometernos mientras no lleguemos al final de la contienda. Nuestra conversión no ha sido, a buen seguro, más sincera que la de San Pablo y nuestras obras más abnegadas y meritorias que las suyas: y sin embargo, como él mismo lo confiesa, el recelo de verse reprobado no ha desaparecido del todo en su corazón. Castiga su cuerpo, y le esclaviza. El hombre, en el estado actual, no posee la recta voluntad de Adán antes de su pecado, de la que, no obstante, hizo tan mal uso. Nos arrastra fatal inclinación, y no podemos conservar el equilibrio sin sacrificar la carne al yugo del espíritu. Dura parece esta doctrina a la mayoría de los hombres, y por lo mismo, muchos no llegarán al final de la carrera, ni, consecuentemente, les cabrá parte en la recompensa que les estaba destinada. Como los Israelitas de quienes nos habla hoy el Apóstol, merecerán ser sepultados en el desierto sin ver la tierra prometida. Con todo, las mismas maravillas de que fueron testigos Josué y Caleb se desarrollaron ante sus ojos; pero nada remedia la dureza de un corazón que se obstina en cifrar sus esperanzas en las cosas de la vida presente, cual si no fuera patente a cada instante la peligrosa inconsistencia.

Pero si el corazón confía en Dios, si se fortifica con el pensamiento de que nunca falta el socorro divino a aquel que lo implora, correrá sin fatiga los años de su destierro y llegará felizmente a su término. El Señor mira constantemente sobre quien trabaja y sufre. Tales son los sentimientos expresados en el Gradual.

GRADUAL

Tú eres ayudador en la oportunidad, en la tribulación: esperen en ti los que te conocen: porque no abandonas a los que te buscan, Señor. J. Porque el pobre no será olvidado para siempre: la esperanza de los pobres no perecerá eternamente: levántate, Señor, no prevalezca el hombre.

Lanza el Tracto un grito a Dios desde el fondo del abismo de nuestra caducidad. Profundamente humillado se ve el hombre por su caída, pero sabe que Dios rebosa misericordia ya que su bondad le prohibe castigar, nuestras faltas como lo merecen; si así no fuera, ninguno de nosotros podría esperar perdón.

TRACTO

Desde lo profundo clamo a ti. Señor: Señor, escucha mi voz.
Estén, atentos tus oídos a la oración de tu siervo.
Si examinaras nuestras iniquidades, Señor: ¡Señor, ¿quién lo resistiría?
Pero en ti está el perdón, y por tu ley he esperado en ti, Señor.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Mateo.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El reino de los cielos es semejante a un padre de familias, que salió de madrugada a contratar obreros para su viña. Y, hecho el convenio con los obreros por un denario al día, les envió a su viña. Y, saliendo cerca de la hora tercia, vio a otros, que estaban ociosos en la plaza, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que fuere justo. Y ellos se fueron. Y salió de nuevo cerca de las horas sexta y nona: e hizo lo mismo. Salió aún cerca de la hora undécima, y encontró a otros parados, y les dijo: ¿Poiqué estáis aquí todo el día, ociosos? Dijéronle: Porque nadie nos ha ajustado. Díjoles: Id también vosotros a mi viña. Y, cuando llegó la tarde, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: Llama a los obreros y dales la paga, comenzando desde los últimos hasta los primeros. Cuando se presentaron pues, los llegados a la undécima hora, recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron cada cual un denario. Y, al recibirlo, murmuraban contra el padre de familias, diciendo: Estos postreros sólo han trabajado una hora, y los has igualado a nosotros, que, hemos llevado la carga y el calor del día. Mas él, respondiendo a uno de ellos, dijo: Amigo, no te hago agravio: ¿no conveniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar también a este último lo mismo que a ti. ¿O es que no puedo hacer lo que quiera? ¿Acaso es malo tu ojo, porque yo soy bueno? Así los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.

LLAMAMIENTO A LAS NACIONES. — Importa mucho comprender bien este paso del Evangelio y ponderar los motivos que decidieron a la Iglesia a colocarle en este día. Fijémonos, por de pronto, en las circunstancias en que el Salvador pronunció esta parábola y el fin instructivo que directamente se propone. Se trata de advertir a los judíos que se acerca el día en que desaparecerá la ley, para dar lugar a la ley cristiana, y disponerlos a aceptar de buen grado la idea de que los gentiles van a ser llamados a hacer alianza con Dios. La viña de que se trata es la Iglesia en sus diversos esbozos desde el principio del mundo hasta que Dios mismo vino a habitar entre los hombres, y crear en forma visible y permanente la sociedad de los que en El creen. La mañana del mundo duró desde Adán hasta Noé; la hora tercia se extendió desde Noé hasta Abrahán; la sexta empieza en Abrahán hasta Moisés; la nona fue la era de los profetas hasta la venida del Señor. Vino el Mesías a la hora undécima cuando parecía llegar el mundo a su ocaso. Las más estupendas misericordias se reservaron a este período durante el cual la salvación había de extenderse a los gentiles por la predicación de los Apóstoles. En este postrer misterio Jesucristo se propone confundir el orgullo judaico. Nota las repugnancias que fariseos y doctores de la ley mostraban viendo se extendía la adopción a las naciones, por las querellas egoístas que dirigen al padre de familias los obreros convocados a primera hora. Esta obstinación será sancionada como merece. Israel que trabajaba antes que nosotros será rechazado por la dureza de su corazón; y nosotros, gentiles, éramos los últimos y llegamos a ser los primeros, siendo hechos miembros de la Iglesia católica, Esposa del Hijo de Dios.

LLAMAMIENTO DIRIGIDO A CADA UNO DE NOSOTROS. — Tal es la interpretación dada a esta parábola por los Santos Padres, señaladamente por S. Agustín y S. Gregorio Magno; pero esta instrucción del Salvador ofrece además otro sentido avalado también por la autoridad de estos dos santos Doctores, Se trata aquí del llamamiento que Dios dirige a cada hombre, invitándole a merecer el reino eterno por los trabajos de esta vida. La madrugada es nuestra infancia. La hora tercia, conforme al modo de contar de los antiguos es aquella en la que el sol empieza a remontarse en el cielo; es la edad de la juventud. La hora sexta, mediodía, es la edad del hombre. La hora undécima precede muy poco a la puesta del sol; es la vejez. El padre de familias llama a sus obreros en estas diversas horas; a ellos les toca acudir en cuanto oyen su voz; y no es lícito a las primeras llamadas retrasar su salida a la viña so pretexto de acudir más tarde cuando vuelva a oírse la voz del Amo. ¿Quién les garantiza se prolongará su vida hasta la undécima hora? Y cuando llega la tercia, puede uno siquiera contar con la de sexta? No llamará el Señor al trabajo de las últimas horas más que a quienes en este mundo vivan cuando estas horas suenen; y no se ha comprometido a reiterar nueva invitación a los que desdeñaron la primera.

La Iglesia nos invita en el Ofertorio a celebrar las alabanzas de Dios. Quiere el Señor que los cánticos a gloria suya sean nuestro consuelo en este valle de lágrimas.

OFERTORIO

Es bueno alabar al Señor y salmear a tu nombre, oh Altísimo.

SECRETA

Suplicámoste, Señor, que aceptando nuestros dones y nuestras preces, nos purifiques con estos celestiales Misterios y nos escuches clemente. Por el Señor.

En la antífona de la Comunión la Iglesia pide que el hombre, regenerado por el alimento celestial, recobre la semejanza de Dios en que fue creado al principio. Cuanto mayor es nuestra miseria tanto más debemos en Aquel que se abajó hasta nosotros para sublimarnos a Él.

COMUNIÓN

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, y sálvame por tu misericordia: Señor, no sea yo confundido, pues te he invocado.

POSCOMUNION

Haz, oh Dios, que tus fieles se fortalezcan con tus dones: para que, recibiéndolos, los deseen y, buscándolos, los reciban sin fin. Por el Señor.

Fuente: El año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

11/02/2024
MEDITACIONES SOBRE LA PASIÓN DE JESUCRISTOCAPITULO VIDEL SUDOR DE SANGRE Y DE LA AGONÍA QUE PADECIÓ JESÚS EN EL HUERTO.I...
04/04/2023

MEDITACIONES SOBRE LA PASIÓN DE JESUCRISTO

CAPITULO VI

DEL SUDOR DE SANGRE Y DE LA AGONÍA QUE PADECIÓ JESÚS EN EL HUERTO.

I. Del temor de Jesús en el Huerto. — Luego que nuestro amorosísimo Salvador llegó al Huerto de Getsemaní, quiso dar comienzo a su dolorosa Pasión, dando licencia al temor, a la angustia y a la tristeza, que le acometiesen en tropel con todo género de tormentos y aflicciones. Comenzó, dicen los Evangelistas, a atemorizarse y angustiarse, a entristecerse y contristarse (1).

Comenzó, pues, por experimentar gran temor de la muerte y de los trabajos que a las pocas horas tendría que padecer. Comenzó a temer, y ¿por qué? ¿No se había ofrecido voluntariamente a pasar por toda suerte de cruces y padecimientos? ¿No fue ofrecido en sacrificio, como dice Isaías, porque El mismo to quiso? (2). ¿No había suspirado con ansias vivísimas por el tiempo de su Pasión, hasta el punto de decir: Con gran deseo he deseado comer con vosotros esta Pascua? (3). ¿Por qué, pues, atemorizarse en tanto extremo al aproximarse la muerte, que le obligue a pedir a su Padre que le libre de ella, por estas palabras: Padre mío, si es posible, no me hagas beber este cáliz? (4). «Pide que pase este cáliz para darnos a entender que era verdadero hombre», dice SAN BEDA, el Venerable (5). Dispuesto estaba nuestro amantísimo Redentor a morir por nosotros, para manifestarnos con su muerte el amor que nos tenía; mas a fin de que los hombres no creyeran que había tomado cuerpo fantástico, como lo sonaron más tarde algunos herejes, o bien que en virtud de su dignidad, había mu**to sin experimentar dolor alguno, dirigió esta oración a su Eterno Padre, no para que la despachase favorablemente, sino para darnos a entender que moría como hombre y con gran temor de la muerte y de los dolores que la habían de acompañar.

¡Oh amabilísimo JESÚS mío!, quisisteis quedaros con nuestro temor, para comunicarnos la fortaleza necesaria de soportar los trabajos de la vida. Que to-
das las generaciones os bendigan por tanta piedad y tanto amor, y que todos los corazones de los hombres os amen tanto como Vos lo deseáis y merecéis.

II. De la amargura de Jesús en el Huerto. — Comenzó después a experimentar grande amargura por los trabajos que le aguardaban. Cuando sentimos algún disgusto, las mismas alegrías se convierten en amargos sinsabores. ¡Qué angustias, y que pesares, por consiguiente, no debieron atormentar a Jesucristo al ver en espíritu el horrible aparato de tormentos interiores y exteriores que tan cruelmente habían de martirizar su alma benditísima y su sagrado cuerpo! Entonces pasaron por su imaginación todos los dolores que debía sufrir: las burlas y sarcasmos de judíos y romanos, las injusticias que habían de cometer los jueces de su causa y, sobre todo, la muerte cruel e ignominiosa que le aguardaba, siendo en ella abandonado de todos, de Dios y de los hombres, sumergido en un mar de dolores y de menosprecios. Todo este tropel de ignominias le arranco aquel grito de angustia con el cual pidió auxilio a su Eterno Padre. ¡Oh JESÚS mío, os compadezco en vuestros dolores, os doy gracias y os amo!

En esto, dice SAN LUCAS, se le apareció un ángel del cielo, confortándole (6). «Esta ayuda y socorro, dice SAN BEDA, lejos de mitigar, le aumento el dolor». En efecto, el Ángel le alentó a padecer todavía más por la gloria de Dios y por el alma del hombre.

¡Amado Señor mío!, ¡cuántos sudores os costó este primer combate! En el decurso de vuestra Pasión, los azotes, las espinas y los clavos os atormentaron cada cual a su tiempo; pero en el Huerto los dolores de toda vuestra Pasión os asaltaron en tropel para atormentaros y afligiros; y los aceptasteis todos por mi amor y para mi provecho. ¡Oh Dios mío!, ¡cuánto me pesa de haber menospreciado vuestro amor y haber contrariado mi voluntad por ir en pos de mis emponzoñados placeres! Hoy los detesto como el mayor de los males y de todo corazón me arrepiento por haberos ofendido. JESÚS MÍO, perdonadme.

III. De la tristeza de Jesús. — Junto con el temor y la amargura asalto indecible tristeza y aflicción de espíritu. Pero, Señor, ¿no sois Vos el que tanta alegría comunica a vuestros mártires, que llegaron hasta despreciar los tormentos y la muerte? SAN VICENTE, según el testimonio de San Agustín, al ser martirizado, conversaba con tanta alegría, que, al parecer, uno era el que hablaba y otro el que sufría (7). Tendido SAN LORENZO sobre las parrillas, era tanto el gozo interior que experimentaba su alma, que, desafiando las iras del verdugo, le decía: «Vuélveme y come.» Y Vos, JESÚS mío, que inundasteis de alegría el corazón de vuestros mártires, ¿quisisteis padecer en vuestra Pasión tan grandes tristezas y amarguras?

¡Oh JESÚS mío!, alegría del Paraíso, ¡que colmáis de gozo al cielo y a la tierra!, ¿por qué os veo ahora tan triste y afligido?, ¿por qué decís que vuestra alma siente las agonías de la muerte? ¿Porque, Redentor mío, por qué?... Ya lo comprendo; no fueron tantos los dolores de vuestra Pasión como los pecados de los hombres, y los míos más en particular, los que os causaron angustias mortales.

IV. La causa principal de las agonías de Cristo. — El Verbo divino, amando a su Padre infinitamente, aborrecía el pecado, por conocer bien su malicia, con infinito aborrecimiento. Y para desterrar el pecado del mundo, y para que no fuese ultrajada la majestad de su Padre, bajo del cielo a la tierra y se hizo hombre, dispuesto a sufrir una muerte cruel e ignominiosa. Pero al entender que después de su trabajo y desvelos se habían de cometer tantos pecados en el mundo, este dolor, en concepto de SANTO TOMAS (8 ), venció en intensidad y sentimiento al dolor que experimentaron todos los penitentes de sus propias culpas, y sobrepujo todas las congojas que pueden atormentar el corazón humano. La razón es clara: porque el sufrimiento en el hombre va siempre mezclado con algún alivio y consuelo, mientras que el dolor de JESÚS fue puro, sin ningún refrigerio ni lenitivo (9).

¡Ah!, si yo os amase, JESÚS mío, si yo os amase, me bastaría considerar lo mucho que por mi habéis padecido, para que se me tornasen agradables y llevaderos todos los dolores y los oprobios y molestias del mundo. Inflamadme en vuestro canto amor, a fin de que sufra con alegría, o a lo menos con paciencia, los pocos trabajos que me enviéis. No permitáis que me sorprenda la muerte antes que pueda manifestaros mi agradecimiento por las muchas finezas de vuestro amor. En todas las tribulaciones que me sobrevengan, mi deseo será repetiros sin cesar: Jesús mío, me abrazo con estas p***s y trabajos para manifestaros mi amor; quiero sufrir para agradeceros y complaceros.

Nos habla la historia de muchos penitentes que, iluminados por la luz divina, llegaron a comprender la malicia de sus pecados, muriendo en el acto de puro dolor. Ahora bien, ¿quién acertara a entender las angustias que acosaron al corazón de JESÚS al pasar por delante de sus ojos todos los pecados del mundo, todas las blasfemias y sacrilegios, todas las deshonestidades y mil otros géneros de culpas que se habían de cometer en el mundo después de su afrentosa muerte? Pues bien, todos estos crímenes, a manera de bestias feroces, se lanzaron sobre el corazón de JESÚS, para despedazarlo y consumirlo. Por esto nuestro amorosísimo Redentor, en las tristezas y agonías del Huerto, exclamaba: ¿Con que es este, ¡oh mortales!, el pago que vais a dar al amor infinito que estoy demostrando? Ay, si yo advirtiese que para responder a mi cariño aborrecerías el pecado y comenzaseis a amarme, ¡con cuanto gozo y alegría me lanzaría a la muerte por vosotros! Pero considerar que a mis muchas fatigas habéis de responder con pecados, y al advertir que mi entrañable amor ha de tener por recompensa la más negra ingratitud, esto es, lo que me da congojas de muerte, esto es lo que me hace sudar viva sangre. Por esto dice el Evangelista: Y vinole un sudor como de gotas de sangre, que chorreaba hasta el suelo (10). Este sudor de sangre, fue tan copioso, que, según SAN LUCAS, tiñó primero los vestidos de JESÚS y después regó la tierra en abundancia.

¡Oh amorosísimo JESÚS!, en el Huerto yo no veo los azotes, ni las espinas, ni tampoco los clavos, que rasguen vuestra carne sacrosanta; pues, ¿cómo os veo bañado en sangre desde la cabeza hasta los pies? ¡Ah!, es que mis pecados fueron la prensa cruel que, a puros pesares y tristezas, hicieron brotar de vuestro Corazón sangre en tanta abundancia; es que yo entonces fui uno de vuestros más crueles verdugos, contribuyendo con mis pecados a atormentaros con bárbara crueldad. Bien lo sé, JESÚS mío: si yo hubiera pecado menos, menos hubierais tenido que padecer, de suerte que vuestros dolores se acrecentaron en aquella sazón al compás de los placeres que gusté al ofenderos. ¿Cómo, pues, no muero de dolor al entender que he pagado el amor que me habéis manifestado en vuestra Pasión contribuyendo a vuestros pesares y agonías? ¿Cómo he tenido valor para atormentar un corazón tan amante, que me ha dado tantas pruebas de amor? Ya que no puedo proporcionaros mejor consuelo que arrepintiéndome de haberos ofendido, me arrepiento, JESÚS mío, y detesto mis pecados de todo corazón. Dadme un dolor tan vivo y tan intenso, que me haga llorar hasta el fin de mi vida los disgustos que os he dado a Vos, mi Dios, mi amor y mi todo.

V. De la oración de Jesús en su agonía. — Y se postró JESÚS en tierra caído sobre su rostro (11). Sintiéndose el Señor con el peso de todos los pecados del mundo, se postro en tierra para rogar por los hombres, como si se avergonzase de levantar los ojos al cielo, al considerar que pesaban sobre Él tantos crímenes.

¡Oh Redentor mío!, os veo transido de dolor, con el rostro cubierto de mortales agonías, y no os cansáis de orar (12). Decidme, Señor, ¿por quién rogáis? Entonces no tanto rogabais por Vos como por mí ofreciendo al Padre Eterno vuestras eficacísimas oraciones, unidas a vuestros dolores, para alcanzarme el perdón de mis pecados. El cual, en los días de su carne mortal, como dice SAN PABLO, ofreciendo plegarias y suplicas con grande clamor y lágrimas a Aquel que podía salvarle de la muerte, fue oído en vista de la piedad filial con que obedecía a su Padre (13). ¡Oh Redentor mío!, ¡cómo habéis podido amar con tan entrañable amor al que tanto os ha ofendido?, ¿cómo habéis podido soportar por mi tantos trabajos, previendo como preveíais las ingratitudes con que os había de responder?

¡Oh afligido Señor mío!, dadme parte en los dolores que entonces sufristeis por mis pecados; los detesto en este instante y uno este aborrecimiento al que experimentasteis en vuestra agonía. Olvidaos, Salvador mío, de mis pecados; porque hasta el in****no sería poco para expiarlos; acordaos solamente de las penal que por mi sufristeis. ¡Oh JESÚS, amor mío! Vos sois todo mi amor y toda mi esperanza; os amo, Señor, con toda mi alma y quiero amaros siempre. Por los méritos del tedio y de la tristeza que experimentasteis en el Huerto de Getsemaní, dadme fervor y alientos para emprender todo lo que entienda ser de vuestra gloria. Por los merecimientos de vuestra agonía, esforzad mi alma para que resista a todas las tentaciones de la carne y del in****no; dadme la gracia de encomendarme siempre a Vos y de repetir siempre: Cúmplase vuestra voluntad y no la mía (14). Amen.

Referencias:

(1) Marc., XIV, 33; Matth., XXVI, 37.
(2) Is., LIII, 7.
(3) Luc., XXII, 15.
(4) Matth., XXVI, 38.
(5) In Marc., 14.
(6) Luc., XXII, 43.
(7) Serm. 275, de San Vicente, n. 1.
(8 ) P. 3, g. 46, a. 6, ad 4.
(9) Contenson, L. 10, d. 4, c. 1, sp. I.
(10) Luc., XXII, 44.
(11) Matth., XXVI, 39.
(12) Luc., XXII, 43.
(13) Hebr., V, 7.
(14) Marc. XVI, 36.

Fuente: El Amor del Alma o meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo - San Alfonso María Ligorio

MEDITACIONES SOBRE LA PASIÓN DE JESUCRISTOCAPITULO VDEL AMOR QUE JESUCRISTO NOS MANIFESTÓ AL INSTITUIR LA EUCARISTÍA ANT...
04/04/2023

MEDITACIONES SOBRE LA PASIÓN DE JESUCRISTO

CAPITULO V

DEL AMOR QUE JESUCRISTO NOS MANIFESTÓ AL INSTITUIR LA EUCARISTÍA ANTES DE MORIR.

I. La Eucaristía prenda de amor. — Sabiendo JESÚS que era llegada la hora en que había de partirse de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos, que tenía en el mundo, los amó hasta el fin (1).

Sabiendo nuestro amantísimo Salvador en la última noche de su vida que se acercaba el anhelado momento de padecer por amor del hombre, no consentía su corazón el dejarnos solos en este valle de lágrimas; de suerte que, para no separarse de nosotros por la ausencia de la muerte, quiso permanecer con nosotros en el Santísimo Sacramento del altar, dándonos al mismo tiempo a entender que después de habernos dado este don infinito ya no le quedaba más que darnos para manifestarnos su amor. Explicando CORNELIO ALAPIDE, con el Crisostomo y Teofilacto, aquellas palabras de San Juan: Los amó hasta el fin, se expresa así: «Hasta el fin», es decir, «con amor sumo y extremado» (2). En este Sacramento, Jesucristo hizo el último esfuerzo de amor en favor de los hombres. «Extrema, dice el abad Guerrico, en beneficio de sus amigos, todas las fuerzas de su amor». Con más energía se expresan todavía los Padres del Concilio de Trento, los cuales, hablando del Sacramento de la Eucaristía, dicen que JESUCRISTO quiso por este medio como derramar sobre los hombres todos los tesoros y riquezas que su pecho atesoraba (3). Por esto el angélico Doctor tenia sobrada razón para llamar a la Eucaristía «sacramento de amor, prenda de caridad» (4), y SAN BERNARDO, la llamaba «amor de los amores» (5). SANTA MARIA MAGDALENA DE PAZZI decía que después de comulgar puede pronunciar el alma aquellas palabras de Cristo: Consummatum est, todo está acabado; es decir: Después de habérseme dado en la Comunión, Dios nada más tiene que darme (6). Cierto día pregunta la Santa a una de sus novicias en que había pensado después de la Comunión. «En el amor de JESÚS», repuso la interpelada. «Si, replico la santa, cuando se piensa en el amor, ya no se puede pensar en otra cosa, es necesario detenerse a considerar el amor infinito de Dios (7).

¡Oh Salvador del mundo!, ¿qué pretendéis alcanzar del hombre llevando vuestra bondad a entregarle por alimento vuestro cuerpo sacratísimo? Después de haberle dado este augusto Sacramento, ¿qué más podéis darle para ganar su amor? ¡Oh Dios amantísimo!, iluminadme y dadme a conocer hasta dónde ha llegado el exceso de vuestra bondad, que os movió a convertiros en alimento de mi alma en la santa Comunión. Ya que Vos os habéis entregado a mí por entero, justo es que yo os consagre mi corazón. Si, JESÚS mío, a Vos totalmente me entrego; os amo sobre todas las cosas y deseo recibiros en mi corazón para amaros con mas entrañable amor. Venid, pues, venid con frecuencia a mi alma, para tomar posesión de ella. ¡Dichoso yo si pudiera con verdad exclamar como SAN FELIPE NERI al comulgar por viatico, el cual, en los transportes de la alegría, dijo: «He aquí mi amor; he aquí mi amor; dadme mi amor!» (8 ).

II. El amor movió a Jesucristo a unirse a nosotros en la Comunión. — El que come mi carne, dice JESUCRISTO, y bebe mi sangre, en mi permanece y yo en el (9). Dice San Dionisio Areopagita que el amor aspira siempre a unirse con el objeto amado; y porque el alimento se convierte en sustancia del que lo come, por eso quiso Jesucristo convertirse en alimento a fin de que en la Comunión viniésemos a ser con Él una misma cosa. Tomad y comed, dice JESUCRISTO, este es mi cuerpo (10). Es como si dijera, nota SAN JUAN CRISOSTOMO: «Recíbeme en tu pecho, para que entre ambos haya la unión más completa y perfecta» (11). Así como dos pedazos de cera derretidos, añade SAN CIRILO DE Alejandría, se unen entre sí de admirable manera, así también entre JESÚS y el alma que comulga se obra tan estrecha unión, que JESÚS está en ella y ella en JESÚS (12). ¡Oh, cuan admirable es tu amor, amadísimo Redentor mío y JESÚS mío! pues a tanto llego que nos has querido incorporar a tu carne virginal, como dice SAN LORENZO JUSTINIANO, de suerte que tu corazón y el nuestro no formen más que un solo corazón» (13).

«En ninguna otra acción, dice SAN FRANCISCO DE SALES hablando de la Eucaristía, en ninguna otra acción puede considerarse a JESUCRISTO ni más tierno ni más amante que en esta, en la cual se aniquila, por decirlo así, y se convierte en manjar nuestro deleitoso, para entrar en nuestras almas y unirse estrechamente al corazón de sus hijos» (14). Los Ángeles no se atreven a fijar sus miradas en Señor de tan grande majestad; y sin embargo, dice SAN JUAN CRISOSTOMO: A Él nos unimos hasta quedar hechos un cuerpo y una carne con Cristo.

¿Qué pastor ha habido en el mundo, prosigue diciendo el Santo, que haya alimentado a sus ovejas en su propia sangre? Más, ¿por qué hablar de pastores? ¡Si hasta las mismas madres buscan nodrizas que amamanten a sus hijos! Esto no lo sufrió el amor de JESUCRISTO, sino que nos une a Él y nos alimenta con su propia sangre.» Y añade: «Nos amaba con tan entrañable amor, que El mismo se unió a nosotros para que Él y nosotros no fuésemos mas que uno: esto es de amadores amantes por todo extremo» (15).

¡Oh amor infinito, digno de infinito amor!; ¿cuándo lograre amaros, JESÚS MÍO, con el encendido amor que me habéis amado? ¡Oh alimento divino, oh Sacramento de amor!, ¿cuando alcanzará a cautivarme vuestro amor? De vuestra parte nada habéis perdonado para conseguirlo; pero yo de la mía siempre prometiendo, y nunca comienzo; desde hoy quiero empezar a amaros de veras; pero es menester que me ayudéis con vuestra gracia. Iluminad mi inteligencia, inflamad mi corazón, desprendedme de las cosas de la tierra y no permitáis que ponga obstáculo a los esfuerzos que hace vuestro amor para ganar el mío. Os amo con todo mi corazón, y por complaceros a Vos, mi vida, mi amor y mi todo, quiero desprenderme de todo. Quiero unirme a Vos con frecuencia en este Sacramento, para despegar mi corazón de todas las cosas y amaros a Vos solo, Dios mío. Espero de vuestra bondad el necesario socorro para llevar a cabo mi deseo.

«Hemos visto a la misma Sabiduría, dice SAN LORENZO JUSTINIANO, al Verbo eterno, como loco de amor por el excesivo amor que tiene a los hombres» (16). «Porque, ¿no parece insigne locura, como lo hace notar SAN AGUSTIN, el decir: comed mi carne, bebed mi sangre? (17). ¿Qué más pudiera haber pedido al Criador su criatura? «Este exceso de amor, dice SAN DIONISIO, nos autoriza a decir que el Criador de todas las cosas llevo a tales extremos su amor, que salió fuera de sí», puesto que le obligó a hacerse hombre y alimento de los hombres (18). —Pero, Señor, que esto no conviene a vuestra majestad—. El amor, responde por JESÚS SAN PEDRO CRISOLOGO, cuando se propone hacer bien y darse a conocer al amado, no busca razones en que apoyarse, y va, no donde conviene, sino donde le conduce su deseo.

¡Oh JESÚS mío!, ¡cuánto me avergüenzo al recordar mi pasada conducta! Vos, bien infinito, amable sobre toda ponderación y prendado de mi alma, me convidáis con vuestra amistad, y yo he ido en pos de bienes mezquinos y deleznables, y por abrazarme con ellos a Vos abandone. ¡Oh Dios mío!, descubridme cada vez más la grandeza de vuestra bondad para que os ame con mas entrañable amor y haga cuanto en mi mano este para agradaros. ¡Oh Señor mío!, ¿quién más hermoso, mas bueno, mas santo y más agradable que Vos puede pretender mi amor? Os amo, bondad infinita; os amo más que a mí mismo, y quiero vivir solo para amaros, por ser digno de todo mi amor.

III. Circunstancias en que Jesucristo instituyó la Eucaristía.— Considerando SAN PABLO el tiempo en que nuestro Salvador nos dio el Santisimo Sacramento, don tan grande que, en sentir de CLEMENTE V (19), vence a todos los demás, puesto que, a pesar de ser omnipotente, no puede darnos más, como asegura SAN AGUSTIN (20), dice el Apóstol: Cuando los hombres trataban de quitar la vida a Cristo, tomó el pan y, dando gracias, lo partió y dijo: Tomad y comed, este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros (21). En la misma noche en que los hombres tramaban contra JESUCRISTO para atormentarle y quitarle la vida, pensó nuestro amantísimo Redentor en instituir el Sacramento de la Eucaristía, dándonos a entender que su amor era tan grande, que en vez de entibiarse con tamañas injusticias era entonces más ardiente y generoso.

¡Oh Señor amorosísimo!, ¿Como habéis podido amar tanto a los hombres que quisisteis permanecer con ellos en la tierra para convertiros en su alimento, sabiendo que os lo habían de pagar con tanta ingratitud?

Consideremos, además, las ansias vivísimas que tuvo JESUCRISTO durante su vida de que llegase aquella noche memorable en la cual había determinado dejarnos la prenda inestimable de su amor. Bien se echa esto de ver en las palabras que pronunció al instituir este inefable Sacramento. Con deseo he deseado, dijo, comer con vosotros esta Pascua (22). «Voz es esta, clamor es este, dice SAN LORENZO JUSTINIANO, que revelan el amor inmenso que nos tenía» (23). En el corazón de JESÚS se conserva todavía el mismo amor, para corresponder al que le tienen las almas enamoradas de su bondad. «No hay abeja, dijo un día el Señor a Santa Matilde, que con tanta avidez se arroje a libar las flores para hacer la miel como me lanzo yo a las almas que me desean» (24).

¡Oh amante enamorado de las almas!, ¿qué mayores pruebas de amor podíais darme para obligarme a amaros? Gracias, pues, sean dadas a vuestra bondad, ¡Oh JESÚS mío!, unidme estrechamente a vuestro corazón y haced que en adelante os ame con toda la ternura de mi alma. Los otros pueden contentarse amándoos con amor apreciativo y predominante; bien sé que no pedís más; Pero yo no me daré por satisfecho sino cuando os ame con todo mi corazón, cuando os ame más que al amigo, al hermano, al padre y al esposo. ¿Cuando daré yo con un amigo, un hermano, un padre o un esposo que me amen tanto como me amáis Vos, Criador mío, Redentor mío, y Dios mío, que por mi amor habéis dado vuestra sangre y vuestra vida, acabando por entregaros a mí en este Sacramento de amor? Os amo, pues, JESÚS mío, con toda mi alma; os amo más que a mí mismo; lo único que os pido es que me deis la gracia de amaros con más intenso amor.

IV. Jesucristo en la Eucaristía pide nuestro amor. — Dice SAN BERNARDO (25) que Dios nos ama con el fin de ganar nuestro amor; y por eso dice nuestro amoroso Salvador que ha venido a la tierra para inflamarla en llamas de caridad (26). ¡Oh, y que incendios de amor levanta Jesucristo en las almas por medio de este divino Sacramento! El P. FRANCISCO OLIMPIO, religioso teatino, decía que no hay cosa que más inflame nuestros corazones en el amor divino como la santa Comunión (27), y ESIQUIO llama «fuego divino» (28) a JESÚS encerrado en el Sagrario. SANTA CATALINA DE SIENA vio cierto día en manos de un Sacerdote a JESUS sacramentado bajo la forma de una hoguera de amor y se maravillaba de que el fuego no abrasase a toda la tierra (29). SAN GREGORIO NISENO y el abad RUPERTO decian que el altar es aquella bodega misteriosa de la cual habla la esposa de los Cantares (30); allí quedaba embriagada de tal suerte en el amor divino, que se olvidaba de las cosas de la tierra. Introdujome el Rey, dice la Esposa, en la bodega del vino y ordenó en mí la caridad. Sostenedme con flores, cercadme de manzanas, porque desfallezco de amor (31).

¡Oh adorable Sacramento, único amor de mi corazón!, haced que me acuerde siempre de Vos, hasta el punto de que, olvidándome de todo, os ame a vos solo sin tregua ni descanso. Habéis llamado tanto, JESÚS mío, a la puerta de mi corazón, que habéis al fin logrado entrar en el cómo lo espero; y una vez que habéis tornado posesión de él, arrojad fuera todos los amores que a Vos no vayan dirigidos. Mandad como dueño y señor, de suerte que con toda verdad pueda decir con el Profeta: ¿Que cosa puedo apetecer yo del cielo, ni que he de desear sobre la tierra fuera de Ti, oh Dios de mi corazón, Dios, que eres la herencia mía por toda la eternidad? (32). Vos solo seréis siempre el único Señor de mi corazón, el único dueño de mi voluntad. Vos solo seréis mi herencia y todo mi tesoro en el tiempo y en la eternidad.

El profeta ISAIAS nos exhorta a publicar por todas partes las amorosas invenciones que ha hecho Dios para ganarse el amor del hombre. Sacareis, dice, agua con gozo de las fuentes del Salvador, y diréis en aquel día: Dad gracias al Señor e invocad su nombre; anunciad a las gentes sus designios (33). Y ¿qué es lo que ha inventado el Señor para recabar nuestro amor? Clavado en la cruz nos abrió tantas fuentes de gracias cuantas fueron las llagas que abrieron los verdugos en su adorado cuerpo; de suerte que para alcanzar las gracias, basta que se las pidamos con confianza; y no contento con esto, se ha puesto a nuestra disposición en el Santísimo Sacramento.

¡Oh hombre!, exclama SAN JUAN CRISOSTOMO, ¿por qué eres tan mezquino y regateas el amor a un Dios que «te dio todo sin reservarse nada?» (34). Esto lo ha hecho JESUCRISTO en la Eucaristía, añade SANTO TOMÁS, «nos ha dado todo cuanto es y cuanto tiene» (35). «Aquel Dios inmenso, añade SAN BUENAVENTURA, que no cabe en el mundo, se hace nuestro prisionero» (36) cada vez que por la comunión le hospedamos en nuestro pecho. Este pensamiento sacaba fuera de sí a SAN BUENAVENTURA, el cual, arrebatado en éxtasis de amor, decía; «JESÚS ha querido hacerse huésped inseparable de mi corazón» (37); y puesto que mi Dios se ha puesto al servicio de mi amor, añadía el Santo (38), justo es que yo gaste todas mis fuerzas en servirle y amarle.

¿Decidme, amadísimo JESUS mío, que mas podíais hacer para obligarme a amaros? Y ¿habré de proseguir correspondiendo con ingratitud a vuestro amor como hasta aquí? No lo permitáis, Señor; habéis dicho que el que se alimenta de vuestra carne en la Comunión vivirá por la virtud de vuestra gracia. Ya que os dignáis recibirme a vuestra mesa, haced que mi alma viva siempre de vuestra vida; duelome con todo mi corazón de haber menospreciado vuestros favores en lo pasado, y al mismo tiempo os doy gracias porque me dais tiempo de llorar mis ingratitudes y amaros en este mundo. En lo que me resta de vida quiero amaros con todo mi corazón y agradaros cuanto pueda. Socorredme, JESÚS mío, y no me abandonéis; salvadme por vuestros merecimientos y otorgadme la singular merced de amaros en esta y en la otra vida.

¡Oh María Madre mía! no me neguéis vuestra protección y ayuda.

Referencias:

(1) lo., XIII, 1.
(2) Comm. in loan., in h. I.
(3) Ses. X111, c. 2.
(4) Opusc. 58, cap. V y XXV.
(5) Obras, Basilea, 1552, col. 188.
(6) Puccini, Vida, Florencia, 1611; p. IV; cap. IV.
(7) EEPARI , S.J.. Vida. cap. XI.V111.
(8 ) Bacci, Vida; I. IV, cap. 1, n. 4.
(9) Io., VI, 57.
(10) Matth., XXVI, 26.
(11) Hom. 15, in I Tim.
(12) In Ev. loan.. I. X, n. 2.
(13) De Inc. div. am., c. 5. Obras, Venecia 1721, p. 621, col. 2.
(14) Introd. a la vida dev., p. 2, c. 21.
(15) Hom. 60. Horn. 61. Obras, Venecia 1574.
(16) Serm. de Nat. Dom.
(17) In Ps. 33.
(18) De div. Nom., c. IV.
(19) Concilio Viennensi. Clementinarum, lib. 3, tit. 16.
(20) LOHNER , Biblioth. concion., tit. 52, 3.
(21) 1 Cor., XI, 23, 24.
(22) Luc. XXII, 15.
(23) Obras, Venecia, 1721, p. 229.
(24) P. JUAN LANSPERGIO: Revelaciones de Santa Matilde, I. II, cap. IV.
(25) Serm. 83 in Cant., n. 4.
(26) Luc., XII, 49.
(27) JOSE SILOS, Vida del Venerable, I. II, cap. V.
(28) De temperamentia et virtute, Centuria I, n. 100.
(29) RAIMUNDO DE CAPUA , 0. P. Vida, p. 11, cap. VI, n. 3.
(30) In Cant. cant., I. I.
(31) Cant., II, 4, 5.
(32) Ps. LXXII, 25, 26.
(33) Is., XII, 3, 4.
(34) In Mat. hom. 25.
(35) De beat., c. III.
(36) Exp. miss., c. IV.
(37) In dedic. ecl Ser. 2.
(38) In Circ., I. 3, 4.

Fuente: El Amor del Alma o meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo - San Alfonso María Ligorio

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