22/12/2025
😇
Anoche, antes de apagar la luz, volví a mirar a mi San José dormido. Ahí estaba, recostado, sereno, con esa paz que solo tienen los que confían de verdad. Y pensé en el Evangelio de mañana: Dios no irrumpe con truenos ni discursos, sino en sueños, hablándole a José al corazón para decirle: «No tengas miedo. Acoge a María».
El Papa Francisco contaba que él le ponía papeles con intenciones debajo de la almohada a San José dormido, para que mientras descansaba, José trabajara. Desde que me regalaron esta imagen —y desde que Francisco me contagió su cariño por este José tan humano—, yo hago lo mismo… aunque confieso que no lo dejo dormir mucho.
Le pongo papeles. Muchos. Algunos doblados, otros con letra apretada, otros tan largos que parecen un testamento, y alguno que otro casi parece una lista interminable de preocupaciones del corazón. A veces lo miro y pienso: «Pobre José, con todo lo que carga mientras duerme». Pero ahí sigue, en silencio, escuchando, soñando. Y cumpliendo.
Porque San José trabaja en lo escondido, sin hacer ruido, mientras duerme. Me gusta imaginar que se despierta, se estira despacio, y dice: «Bueno… a ver qué me han dejado hoy». Y se pone manos a la obra, como siempre: sin explicaciones, sin reproches, sin protagonismo.
Así fue en el Evangelio y así sigue siendo: cuando Dios confía una misión, José no discute, no se defiende, no pone excusas. Se levanta… y hace.
Por eso reconozco la anécdota con una sonrisa: no lo dejo dormir. Le lleno la almohada de intenciones. Pero también doy fe de algo muy serio: las cumple. A su manera, a su tiempo, como Dios quiere. Y mientras él trabaja dormido, yo aprendo a descansar confiando, a soñar con Dios y a creer que, incluso cuando todo parece en pausa, el cielo nunca duerme.