Parroquia San Miguel Arcángel de Casetas

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05/09/2026

REFLEXIÓN SOBRE EL DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
​Este domingo, la palabra de Dios nos presenta al profeta Ezequiel a quien Dios ha puesto como “Atalaya” o “centinela”, el atalaya tenía una doble función: custodiar la ciudad en tiempos normales y estar alerta de modo singular en tiempos de peligro, de guerra o de amenaza para la seguridad de la ciudad, de él dependía la salvación, la prosperidad y tranquilidad de la ciudad. El profeta recurre a esta evocadora imagen para expresar la misión recibida de Dios. La misión principal del profeta es ser un vocero, pregonero e intérprete de la alianza del Sinaí para iluminar los aconteceres históricos del pueblo. Por eso el profeta es consolador, denunciador y alertador del pueblo. En este caso, Ezequiel recibe la delicada tarea de ser un alertador de un pueblo acomodado en su vida religiosa, con pocos anhelos de andar por los caminos del Señor. El profeta está ahí para advertir a cada uno que es necesaria la conversión, la rectificación. La tarea no es nada fácil porque hoy como ayer no es nada fácil estar dispuestos a decir siempre la verdad a los que pierden el camino. Y no es fácil porque no siempre se reconoce el error, no siempre se conoce el camino y no siempre importa mucho el verdadero camino. Los discípulos de Jesús tenemos por delante una apasionante tarea: Ser testigos de la verdad responsabilizándonos los unos de los otros, advirtiendo al que abandona el camino y exhortarle a la conversión. Esta es la misión del profeta que nos presenta Ezequiel y que muchas veces es desagradable porque la gente no reconoce el error y se revuelve contra el profeta. Así vemos, a lo largo de la historia, tantos mártires de la verdad, tantos profetas de nuestro tiempo rechazados o, incluso, asesinados (recordemos el testimonio, no tan lejano, de san Oscar Arnulfo Romero y tantos mártires de nuestro tiempo).
El evangelio nos recoge el llamado “discurso de la comunidad” del evangelio de Mateo, donde Jesús da una serie de normas para lo que debe de ser una comunidad de discípulos y, recogiendo el testimonio del profeta, urge a los miembros de la comunidad a lo que hemos llamado “corrección fraterna”, el advertir al hermano de su conducta errónea y exhortarlo a la conversión, pero tiene que tener tres condiciones fundamentales: 1º) la corrección ha de ser a solas. Es el clima necesario para el encuentro personal y para el diálogo necesario en el ejercicio de esta exhortación para el bien de la comunidad. 2º) Cuando ha fracasado el primer modo y, sólo entonces, habrá que recurrir a una ayuda. Pero sólo a otro, para que el testimonio de dos pueda reconducir al hermano sin forzarle ni violentarle. 3º) Sólo cuando este modo falle recúrrase a la comunidad. Pero hay que tener exquisita sensibilidad y cuidado para que la corrección tenga siempre como objetivo la reconducción del hermano a la verdad.
Con todo esto nos quiere decir la Palabra de Dios en este domingo que formamos una comunidad, que no somos un grupo o un colectivo donde un gran número de gente viven en un mismo lugar, incluso compartiendo una misma historia, pero sin conexión ninguna unos con otros. Comunidad es ese grupo de personas en comunión entre sí y, en nuestro caso en comunión con Dios por Cristo en el Espíritu. Por eso somos responsables los unos de los otros, podemos responder a Caín: Sí soy el guardián de mi hermano y mi hermano es mi guardián.
Y todo esto, nos recuerda san Pablo, hacerlo desde el amor, amor a Dios y al prójimo porque, nos dice el apóstol, el que ama tiene cumplido el resto de la ley... El verdadero amor al prójimo sólo es posible a quien ha experimentado primero el amor de Dios gratuito: nos dice san Juan en su primera carta: “nosotros amémonos porque Dios nos amó primero”. El amor de Dios gratuito requiere y urge una respuesta en el mismo plano. Dios no necesita nuestro amor ni nada le aumenta de su felicidad, pero quiere que se lo devolvamos a través de los otros. Por eso el discípulo de Jesús sabe que el amor fraterno o mutuo ha de ser también gratuito. Y de este amor sincero sólo puede nacer el bien.

28/08/2026

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO.
​En la primera lectura vemos cómo el profeta Jeremías desahoga su corazón en la presencia de Dios, él es consciente de su misión profética que le viene de un Dios al que ama profundamente y confiesa: “me sedujiste Señor y yo me dejé seducir”. Pero le duele que su propio pueblo, al que ha sido enviado, le rechace, le maltrate y le desprecie por ser fiel a la Palabra de Dios; pero Dios estaba allí, muy cerca de él, se lo había prometido y Dios no le defraudará. Jeremías ha sido considerado como un tipo singular de la figura de Jesús para describir su tarea de Siervo doliente y fiel, tanto en la misión como en la Pasión. Podemos afirmar que también hoy como ayer estas palabras de Jeremías siguen resonando en nuestro mundo. Es necesario proclamar que Dios elige a sus enviados, pero no les exime de sus riesgos, aunque los protege. Conozco casos de personas elegidas claramente por el Espíritu y enviadas al servicio de los hermanos, personas que, como Jeremías se han dejado seducir por el Señor y han sido enviados para ser también profetas de nuestro tiempo y solo han cosechado desencuentros, rechazos y envidias, es el destino del verdadero profeta que, como Jeremías, quiere ser fiel a su misión por encima de todo. Pero es la Palabra de Dios la que supera las dificultades del profeta y hace, entonces y ahora que la misión del profeta consiga el fin que se le ha encomendado; no olvidemos que la Palabra es como la lluvia que cae y no vuelve al cielo sin haber calado y fecundado la tierra, por eso puede afirmar el profeta: “La palabra era en mis entrañas fuego ardiente, intentaba contenerla y no podía”. Así, experimenta las contrariedades, oposiciones, persecuciones, encarcelamientos y desprecios que le aporta la misión; pero conoce también la fuerza íntima de la Palabra que se le ha encomendado; tiene una especial confianza en esa Palabra.
Es lo que subyace en el evangelio donde vemos la continuación del episodio del pasado domingo donde Pedro proclama a Jesús como el Mesías, por lo que Jesús lo declara bienaventurado, pero cuando Jesús explica el auténtico sentido de su mesianismo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho... Jesús revela el verdadero camino del Mesías. Jesús anuncia el programa del Hijo del hombre que es el verdadero sentido del mesías en los planes de Dios., lo que realmente estaba consignado en las Escrituras, es el camino del sufrimiento sustitutivo del Siervo.
Ante esto, Pedro se escandaliza, él ha proclamado al Mesías de poder que esperan los judíos, para él eso no cuadra con las esperanzas actuales de Israel. Y se atreve a intervenir para disuadir a Jesús de ese camino, para apartarle de los planes de Dios y la corrección de Jesús es radical: al que había declarado bienaventurado y le ha dado el poder de las llaves para atar y desatar le dice ahora: “Quítate de mí vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios”. También hoy nos pasa eso muchas veces, no solo los hombres en general sino incluso los discípulos no acabamos de entender que a la gloria del Mesías se va por el camino de la cruz del Mesías. Es duro compartir con Jesús la cruz, decía alguien que conozco: compartir la cruz con Cristo es difícil, pues la cruz es bonita para colgársela, para agarrarla, pidiéndole favores, pero es tediosa, también gloriosa, pero antes que gloriosa es dura y tediosa.
Pues que alimentados con esa Palabra que ardía en el pecho de Jesremías sepamos seguir a Jesús camino de la Cruz, entregando la vida por Dios y por los hermanos para rencontrarla de nuevo y mostrar con nuestra palabra y con nuestra vida que Jesús es la base del progreso humano y de la verdadera humanización del mundo.

22/08/2026

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO.
​En este domingo, la Palabra de Dios nos dirige la pregunta que ha marcado la historia a través de las distintas generaciones, la pregunta que Jesús hace a sus discípulos: ¿quién dice la gente que soy yo? No es que a Jesús le interese o le afecte la opinión que la gente tenga de Él, pero el evangelista quiere dirigir la pregunta a una comunidad convulsa que ha tenido que huir de Jerusalén en condiciones precarias por la destrucción de la ciudad por parte de Roma. Esta pregunta se la han hecho infinidad de personas a lo largo de la historia, Jesús de Nazaret ha sido un personaje admirado, criticado y controvertido a lo largo de los siglos y la respuesta que dan los discípulos en el evangelio es la que de una u otra manera se ha dado históricamente: Lo equiparan a los grandes personajes del pueblo: Juan Bautista, Elías… etc. Se le ha considerado el líder de masas, un profeta, un gran predicador, el superstar... etc. Pero ni en un caso ni en otro se ha dado el paso a la fe plenamente. Por eso, el Señor, ahora, hace la pregunta directa a los apóstoles, a los que le acompañan, que comparten sus éxitos y fracasos, que viven con Él y le escuchan todos los días.
Por ello pregunta directamente: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Entones, es Pedro el que, indudablemente guiado por la acción del Espíritu hace la confesión de fe: Tu eres el Mesías, el hijo de Dios vivo. Ante esto Jesús lo instituye como la roca sobre la que se construirá el nuevo Israel, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Le declara bienaventurado porque ha sido objeto de una elección divina y, como al administrador fiel, le da el poder de las llaves, en la primera lectura veíamos cómo el rey entregaba las llaves de palacio al administrador, lo que equivalía a nombrarle una especie de primer ministro. Le da llaves y el poder de atar y desatar en ese pueblo que será construido sobre él mismo que será la roca, la piedra del cimiento de la Iglesia.
Esta pregunta que Jesús hace a los doce, nos la hace hoy también a nosotros, realmente ¿quién es Jesús para nosotros? ¿quién es, reamente, Jesús para mí. Esto, al igual que Pedro no podremos responderlo, solo desde la carne y la sangre, solo podremos contestar si nos dejamos llevar por el Espíritu de Dios porque, nos recordará san Pablo que nadie puede decir “Jesús es el Señor” si no es en el Espíritu santo, por eso, solo dejándonos guiar por el Espíritu podremos confesar a Cristo como el Señor de nuestras vidas. Porque es fácil decir Jesús me ama, es mi amigo, mi hermano, lo es todo para mí… etc., cuando me van bien las cosas… pero ¿somos capaces de ver a Jesús junto a nosotros en el dolor, en la enfermedad, en situación de tragedia…? Ahí tenemos que ver a Jesús compartiendo con nosotros su cruz ,al Cristo que llora con nosotros y junto a nosotros, ahí también tenemos que afirmar en el Espíritu: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
También hoy, la Iglesia que constituye en la tierra el germen y el principio del Reino de Dios tenemos que recordar que está edificada sobre la roca de Pedro, Pedro que, hoy, se llama León y que tenemos que, dejándonos llevar por el Espíritu, mantenernos en comunión con él para vivir la unión con Jesús y la presencia del Reino. Recordemos las palabras de san Ambrosio de Milán: “Donde Pedro, allí la Iglesia: donde la Iglesia, allí no hay muerte, sino vida eterna”.

15/08/2026

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO
​La Palabra de Dios en este domingo nos presenta la universalidad de la salvación, la salvación de Dios en Cristo Jesús no está limitada a un pueblo concreto o a una raza o cultura. Esto es lo que el profeta Isaias nos propone en la primera lectura. Frente a la intransigencia de los judíos que, creyéndose el pueblo elegido, pretenden exclusivizar la acción de Dios, el profeta exclama: “Así dice el Señor: Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria”. Pero lo que los judíos no han querido entender es que esta salvación que llegará plenamente en Cristo Jesús, el Mesías, el esperado de los tiempos, no está limitada a Israel, sino abierta a toda la humanidad, a todos los hombres que guardan el derecho y practican la justicia. Es lo nos dice el profeta: A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores... los traeré mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración... porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos. La promesa hecha a Abraham se realiza aquí, pero la descendencia de Abraham ya no va a ser de la sangre, sino en la fe. Todos aquellos que buscan a Dios, que practican el derecho y la justicia son hijos de Abraham en la fe. Serán las palabras de Juan Bautista: “Dios puede hacer hijos de Abraham de estas piedras”.
Es lo que nos trae el evangelio en el llamado discurso de la comunidad en Mateo, ahí desarrolla el evangelista las claves para la vida de una comunidad formada mayoritariamente por cristianos procedentes del judaísmo, pero también de la gentilidad que han aceptado a Jesús y su Evangelio. Por eso el evangelio, con este episodio de la mujer cananea quiere dejar claro que el Reino que Jesús predica y anuncia es universal, no está sujeto a ningún tipo de privilegios de raza o cultura. El relato nos puede confundir cuando vemos que la mujer cananea, que no pertenece al pueblo elegido suplica a Jesús la sanación de su hija. Jesús, en un primer momento, parece indiferente al dolor de aquella mujer, hace suya la actitud de los judíos en su cara más terrible: no es bueno echar a los perros el pan de los hijos. Es la situación de la época, los judíos se consideran los exclusivos “hijos de Abraham”, mientras que los gentiles, los paganos, son los “perros”. Jesús con su actitud quiere poner a los que le siguen ante su propia realidad intransigente que contrasta con la actitud de profunda fe y confianza de aquella mujer: “también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Entonces es cuando Jesús manifiesta la realidad: ¡Qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas. Lo que cuenta, ya no es el cumplimiento vacío de la Ley, sino la fe, la confianza en Jesús, la fortaleza en la fe de la mujer cananea que no pierde la esperanza, a pesar de las circunstancias contrarias.
La fe que tiene que ser una respuesta personal a un Dios personal que sale al encuentro del hombre y le desvela el proyecto salvador. Vivir y expresar la fe pone al hombre a la altura de Dios. La fe hace al hombre impotente casi omnipotente, porque aquel con quien entra en comunión es omnipotente.
Por eso nosotros tenemos que tener presente que no podemos creernos privilegiados porque el bautismo, más que un privilegio es una responsabilidad, un compromiso de vivir la fe de esta manera.

14/08/2026

REFLEXIÓN PARA LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN
​Celebramos hoy el triunfo de María en una fiesta que, desde los primeros siglos de la Iglesia, fue proclamada con gozo por el pueblo de Dios, mucho antes de la proclamación del dogma. Contemplamos el triunfo de aquella que, en la oscuridad de Belén, en el rechazo de la predicación de su hijo y ante el escándalo de la cruz, contemplaba todas estas cosas meditándolas en su corazón. Desde los inicios de la Iglesia el pueblo cristiano y la fe de la Iglesia, sobre todo a partir de los siglos V y VI, se interesaban de una manera especial por la cuestión de cuál fue el fin de esa criatura especial llamada María, de aquella que, en el año 431, había sido proclamada solemnemente como madre de Dios, la obra perfecta del Espíritu. El pueblo de Dios, ante esta figura de María estaba convencido de que su fin no podía ser, simplemente un término, una conclusión, no podía circunscribirse a los límites de la muerte. El fin de María tenía que ser la culminación, la perfección de aquella misión que le transmitió el ángel en Nazaret, por eso, la fe por boca de Pío XII proclamó solemnemente la asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. La madre del autor de la vida, el templo en el que entró el principio de la vida, no podía conocer la corrupción del sepulcro y los límites de la muerte.
​Sabemos que a María solo la podemos entender en el misterio de Cristo y en este contexto, la Asunción es la respuesta del Hijo a la entrega absoluta de la madre. Esta Asunción de María en su totalidad personal a lo más alto de los cielos implica que la naturaleza humana, en María, ha alcanzado la perfección total en Cristo Jesús, por ello María se convierte en signo de consuelo y esperanza para todos los que caminamos en esperanza. María que es madre y modelo de la Iglesia nos muestra cómo, en ella, se ha cumplido en plenitud lo que la Iglesia espera alcanzar un día.
​También nosotros, hemos sido creados en Cristo, por Cristo y para Cristo, estamos destinados a ser asumidos en Cristo resucitado, pero, para ello tenemos que tener la disponibilidad de María, la fe de María. Nos recordaba el evangelio en la visita a Isabel que María es dichosa por su fe, es la primera bienaventuranza del evangelio. Por ello, también nosotros, para seguir el camino de María tenemos que tener la fe de María. María es grande porque Dios ha mirado la humillación de su esclava y la fe de María es la fe viva que actúa por el amor, por un amor de entrega, de darse a los demás. También nosotros tenemos que tener la fe de María, para ser también dichosos por haber creído. Una fe que nos tiene que llevar a ser solidarios de los más desfavorecidos de nuestro tiempo, a estar como María al pie de la cruz de tantos crucificados de nuestro tiempo.
​Finalmente nos pueden iluminar estas palabras del papa san Pablo VI en la exhortación apostólica Marialis cultus: “La solemnidad del 15 de agosto celebra la gloriosa Asunción de María al cielo: fiesta de su destino de plenitud y de bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta configuración con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final; pues dicha glorificación plena es el destino de aquellos que Cristo ha hechos hermanos teniendo en común con ellos la carne y la sangre”

07/08/2026

REFLEIÓN PARA EL DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO.
La Palabra de Dios en este domingo nos presenta al, profeta Elías perseguido, acosado, con miedo y sensación de fracaso en la misión que se le ha encomendado y se dirige al encuentro con Dios en la montaña sagrada, en el Sinaí, para reafirmar su vocación profética y ratificar su llamada, allí, en la cueva que se ha refugiado, escucha la Palabra que le dice: “Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor” y Elías espera esa manifestación de Dios en acontecimientos extraordinarios, en grandes manifestaciones y sin embargo el señor no está ni en el huracán ni en el terremoto, sino en el susurro de una brisa suave, casi imperceptible, ahí está el Señor. También nosotros, muchas veces, buscamos a Dios en la grandeza en los grandes acontecimientos... etc. Y solo lo encontramos en la sencillez, en la humildad en tantos hermanos nuestros que viven la fe desde la sencillez, desde el servicio, desde la entrega para ponerse así ante el Señor con las palabras del salmista: “Voy a escuchar lo que dice el Señor”, abriendo así los oídos y el corazón a la Palabra.
Esa Palabra que tenemos que recibir en la fe, una fe que no debe vacilar, aunque la barca del pescador pegue bandazos como nos recordaba el evangelio en ese episodio donde Jesús se aparece a los discípulos caminando sobre las aguas en medio de la tormenta, los discípulos están mu***os de miedo y, aunque escuchan la voz del Maestro: “No temáis, soy yo”, no se fían y quieren pruebas, es la petición de Pedro, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas y vemos como mientras Pedro mantiene sus ojos fijos en Jesús camina sobre el agua sin problemas, pero cuando vacila y se pone a mirar la tormenta, el peligro y duda es cuando comienza a hundirse y se agarra a la mano que Jesús le tiende oyendo el suave reproche de Jesús: “Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. Es nuestra actitud ante la vida cuando los avatares de la vida, las circunstancias adversas, el dolor, los problemas nos hacen apartar la mirada de Jesús y entonces nuestra fe vacila y nos hundimos en el absurdo y el sinsentido de la existencia. Porque Dios quiere pasar con nosotros el cáliz del dolor, compartir nuestro dolor y por eso tenemos que ser conscientes de que, por mucho que se tambalee la barca, Jesús camina con nosotros y nos da el consuelo.
En la segunda lectura vemos la amargura de Pablo al ver como su pueblo Israel sigue aferrado a la ley y no acepta el mesianismo de Jesús ni ese vivir en el Espíritu del que hablaba en el capítulo anterior. Por eso no me resisto a recordar a una israelita insigne de la que la Iglesia celebra hoy, 9 de agosto, su fiesta: Santa Teresa Benedicta de la Cruz, su nombre seglar Edith Stein. Una muchacha nacida de una familia ultraortodoxa judía con una inteligencia privilegiada, fuera de lo común que experimenta la Cruz de Cristo desde su mismo nacimiento (muerte de su padre, familia numerosa, estrecheces…). Pronto cayó en el ateísmo pues no le convencía una religión de cumplimiento sin fundamento. Intelectual brillante, fue la primera profesora titular universitaria de Europa, entregando su vida a la búsqueda de la verdad. La encontró en dos acontecimientos que marcaron su vida: Cuando tras la muerte de su compañero Adolf Reinach en la primera guerra mundial fue a visitar a su viuda y esta la impresionó con su entereza y paz en medio del dolor y cuando leyó en casa de unos amigos un libro que la impresionó de tal manera que exclamó: ¡esta es la verdad!, aquel libro era el libro de la vida de Teresa de Jesús. A partir de ahí se bautizó e ingresó en el Carmelo descalzo. Vivió toda su vida unida a la cruz de Cristo, ella misma escribió: “Una scientia crucis (ciencia de la Cruz) solo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la Cruz”. El nombre que eligió en su profesión religiosa así lo indica: “Teresa bendecida desde la Cruz”. Murió mártir de la persecución n**i de los judíos en las cámaras de gas de Auschwitz el 9 de agosto de 1942. Canonizada por san Juan Pablo II el 11 de octubre de 1998 y proclamada patrona de Europa el 1 de octubre de 1999.

31/07/2026

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
La Palabra de Dios en este domingo, tiene un tema central claro: el Amor de Dios, el saber que nuestro Dios es un Padre que “es bueno con todos y es cariñoso con todas sus criaturas”, así nos lo decía el salmo responsorial. En la primera lectura, el profeta Isaias nos invita en nombre de Dios a buscar el alimento espiritual, alimento equiparable a los alimentos materiales más necesarios pero que no cuesta dinero, nos dice el profeta: ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Y también: “Escuchadme atentos y comeréis bien”, en la escucha de la Palabra de Dios se nos manifiesta el gran Don, el único alimento: el amor de un Dios que se preocupa por su criatura. Es lo que recoge Jesús en el evangelio, ahí vemos que contemplando a aquella multitud que le sigue “se compadeció de ella y curó a los enfermos”. Supo experimentar la compasión, el padecer – con, o sea, compartir el dolor humano, acercarse a los que sufren y sanar sus enfermedades. Mientras tanto, los discípulos intentan escurrir el bulto: anda despídelos, que vayan a las aldeas a buscar comida y Jesús les corrige inmediatamente: No es necesario: “dadles vosotros de comer”, el amor de Dios tiene que hacerse presente a través de la actitud de los discípulos y cuando son capaces de compartir lo poco que tienen es entonces cuando se produce el milagro, con cinco panes y peces comieron hasta cinco mil personas. Es la bendición de ese Dios amor que se preocupa de sus criaturas y que hoy tiene que verse prolongada en la Iglesia, pues también a nosotros nos dice el Señor: Dadles vosotros de comer.
Pero si vamos a la realidad de cada día, a su aspecto más común y lamentable: Cómo experimentar el amor de Dios en el dolor, en el sufrimiento, en esa oscuridad que nos impide ver el auténtico sentido de la vida. San Pablo, en la segunda lectura, quiere acercar la luz del amor de Dios a nuestra vida concreta donde experimentamos el sufrimiento de diversas maneras, como lo experimentó Él en su vida: la angustia, la persecución la espada… y también los grandes interrogantes de la vida: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las diferentes fuerzas... etc., pero nada de todo esto puede separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Dios me ama y me sostiene en sus manos.
Si soy sincero, esto nunca lo logré entender del todo y lo llegué a entender hace tres años y, no en grandes manuales de teología, no en espléndidos libros espirituales sino en el testimonio de una chica de 46 años, enferma desde los cinco y que sin ver posibilidades de sanación decía en su testimonio: “Para mí la enfermedad es un lugar de encuentro con Cristo, pero no es un lugar dulce, es un lugar muy amargo, hemos llegado a un punto de encuentro donde los dos estamos en un mismo sitio: en la Cruz, por eso nos hemos encontrado… con Él puedo llorar, puedo contarle mi desesperación, puedo decirle lo que quiera porque estoy enferma con Él en la Cruz·”. La profundidad mística de esta chica, la grandeza de su testimonio me hizo entender aquello de san Pablo: estoy crucificado con Cristo y no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Pues, hermanos que podamos decir con Pablo: Nada ni nadie podrá apartarme del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

24/07/2026

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO.
La Palabra de Dios en este domingo continua con el discurso parabólico del evangelio de Mateo, hablando de la naturaleza del Reino de Dios y, en este domingo, nos anuncia que el Reino es un descubrimiento y un descubrimiento que produce alegría, es, auténticamente, una “Buena Noticia”, un “evangelio” (Buena Noticia) que produce una alegría desbordante, la alegría del evangelio que nos anunciaba el papa Francisco cuando nos decía: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Es la alegría del hombre que encuentra un tesoro en el campo, del mercader que encuentra la perla preciosa, la alegría del discípulo que descubre la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros.
Por eso nosotros tenemos que entender que el Reino es, ante todo, una Buena Noticia. La noticia de que podemos conocer a Dios, conocer que Dios es, para nosotros, el Padre. Pastor, Médico…, conocer que no somos esclavos amenazados ni asalariados, que somos los hijos, los herederos destinados a la casa del Padre y encargados, en esta vida de sus cosas. Saber que Dios me ama, me acepta como soy, se preocupa por mí. Él sabe muy bien de qué barro nos hizo y cuenta con nosotros como somos, con nuestras limitaciones y oscuridades, siendo para nosotros agua, pan, vino, luz… todo aquello que necesitamos. Dios es todo lo que necesito para vivir, para dar sentido a todo, para tener esperanza, para realizarme. En el anuncio del Reino, no es que yo busque a Dios con mis pobres méritos, sino que es Dios el que me busca porque me quiere, porque es bueno antes de que yo lo conozca y así mi oración es responder a su Palabra que ya está dada, es renunciar a lo mediocre porque tengo algo mucho mejor.
Pero el Anuncio del Reino conlleva también el compromiso por el Reino, el hombre que esconde el tesoro vende todas sus posesiones para comprar el campo, el mercader vende todo para comprar el campo, el mercader arriesga todo lo que tiene para adquirir aquella perla. Por ello, nosotros al recibir con alegría la Buena Noticia del Reino tenemos que servir más, liberarnos más y responder mejor al inmenso regalo recibido y así podremos cumplir nuestra vocación de vivir como ciudadanos del Reino, reproduciendo en nuestra vida la imagen de Jesús, pues nos recuerda san pablo en la segunda lectura que hemos sido predestinados para eso, y, por ello, hemos sido llamados en el bautismo, justificados por su sangre y glorificados en su Resurrección. Misterio al que nos incorporamos en nuestro Bautismo. Por ello, pidámosle hoy al Espíritu, como Salomón que nos dé, por encima de bienes materiales y riquezas, el don de Sabiduría, una sabiduría que el conocimiento del Misterio del Reino, el conocer, experimentar y anunciar a los hermanos la voluntad salvífica de Dios.

17/07/2026

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO.
​Me vais a disculpar porque en este domingo no he podido resistirme a la tentación de centrarme en el precioso pasaje del capítulo octavo de la carta a los Romanos que nos trae la segunda lectura.
El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad... Este capítulo viene precedido por el capítulo 7 en que Pablo contempla la realidad del hombre abandonado a sus propias fuerzas.
El hombre es arrastrado por un gran deseo de vida y de bienestar o felicidad, pero no atina a dar con el camino que le conduciría a satisfacer este deseo. La respuesta se le ofrece en Jesús. Pero no basta, es necesario conectar con esa respuesta. Esa tarea ha sido reservada para el Espíritu. La presencia y actuación del Espíritu es imprescindible para encontrar la luz que dirige los pasos del hombre por la senda adecuada.
En este contexto, la segunda lectura nos presenta al Espíritu que suscita la oración en el corazón del hombre, san Pablo afirma que el espíritu ora en nosotros “con gemidos inefables”, y decir que el Espíritu ora en nosotros es decir que el Espíritu nos hace orar. Si pudiéramos descubrir para qué y cómo ora el Espíritu en el corazón del hombre, habríamos descubierto el secreto mismo de la oración. El Espíritu ora en nosotros secretamente y sin murmullo de palabras, es el mismo Espíritu que ha orado con letras claras en la Escritura, Él que ha inspirado la misma Escritura, inspira también las plegarias que leemos en la misma. Así podemos decir que no hay nada más seguro ni más claramente expresado que esos “gemidos inefables” del Espíritu. Pues también hoy, el Espíritu sigue orando en la Iglesia y en el corazón del hombre diciendo, de manera siempre nueva, las mismas cosas que dijo por medio de los profetas, es la misma oración en el Espíritu pues el Espíritu no tiene dos oraciones distintas. Por eso, para aprender a orar en el Espíritu tenemos que observar las actitudes y sentimientos del orante bíblico y podemos ver los ejemplos de Abraham, Moisés, Jeremías… los grandes intercesores que nos muestra la Escritura y lo que vemos en ellos es la gran confianza y el gran atrevimiento que tienen al hablar con Dios, sin miedo, sin servilismos… etc. Pero, sobre todo, tenemos que fijarnos en la oración de Jesús, pues es el Espíritu de Jesús el que ora en nosotros. En Jesús es llevada a la perfección esa adhesión del corazón y de todo el ser a Dios que constituye el secreto de los grandes orantes que vemos en la Biblia. El Padre lo escuchaba porque siempre hacía su voluntad, por su filial sumisión. En esa oración se produce un acoplamiento de la voluntad de Dios y la del hombre, pues el hombre pide lo que Dios quiere y Dios quiere todo lo que pide el hombre.
El Espíritu no da una ley de oración, da una gracia de oración, por eso no podemos perdernos la corriente de Gracia que nos empuja a la confianza en Dios, a la oración y a la alabanza. Esta es la “Buena Noticia” a propósito de la oración cristiana. Viene a nosotros el principio de esta oración nueva y este principio consiste en que, como nos dice san Pablo en la carta a lo gálatas: “Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abba, Padre”.
En esto consiste la oración en el Espíritu, que no dice cosas nuevas pero resucita y actualiza en el corazón del creyente el mensaje de Jesús, la oración de Jesús.

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