05/09/2026
REFLEXIÓN SOBRE EL DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Este domingo, la palabra de Dios nos presenta al profeta Ezequiel a quien Dios ha puesto como “Atalaya” o “centinela”, el atalaya tenía una doble función: custodiar la ciudad en tiempos normales y estar alerta de modo singular en tiempos de peligro, de guerra o de amenaza para la seguridad de la ciudad, de él dependía la salvación, la prosperidad y tranquilidad de la ciudad. El profeta recurre a esta evocadora imagen para expresar la misión recibida de Dios. La misión principal del profeta es ser un vocero, pregonero e intérprete de la alianza del Sinaí para iluminar los aconteceres históricos del pueblo. Por eso el profeta es consolador, denunciador y alertador del pueblo. En este caso, Ezequiel recibe la delicada tarea de ser un alertador de un pueblo acomodado en su vida religiosa, con pocos anhelos de andar por los caminos del Señor. El profeta está ahí para advertir a cada uno que es necesaria la conversión, la rectificación. La tarea no es nada fácil porque hoy como ayer no es nada fácil estar dispuestos a decir siempre la verdad a los que pierden el camino. Y no es fácil porque no siempre se reconoce el error, no siempre se conoce el camino y no siempre importa mucho el verdadero camino. Los discípulos de Jesús tenemos por delante una apasionante tarea: Ser testigos de la verdad responsabilizándonos los unos de los otros, advirtiendo al que abandona el camino y exhortarle a la conversión. Esta es la misión del profeta que nos presenta Ezequiel y que muchas veces es desagradable porque la gente no reconoce el error y se revuelve contra el profeta. Así vemos, a lo largo de la historia, tantos mártires de la verdad, tantos profetas de nuestro tiempo rechazados o, incluso, asesinados (recordemos el testimonio, no tan lejano, de san Oscar Arnulfo Romero y tantos mártires de nuestro tiempo).
El evangelio nos recoge el llamado “discurso de la comunidad” del evangelio de Mateo, donde Jesús da una serie de normas para lo que debe de ser una comunidad de discípulos y, recogiendo el testimonio del profeta, urge a los miembros de la comunidad a lo que hemos llamado “corrección fraterna”, el advertir al hermano de su conducta errónea y exhortarlo a la conversión, pero tiene que tener tres condiciones fundamentales: 1º) la corrección ha de ser a solas. Es el clima necesario para el encuentro personal y para el diálogo necesario en el ejercicio de esta exhortación para el bien de la comunidad. 2º) Cuando ha fracasado el primer modo y, sólo entonces, habrá que recurrir a una ayuda. Pero sólo a otro, para que el testimonio de dos pueda reconducir al hermano sin forzarle ni violentarle. 3º) Sólo cuando este modo falle recúrrase a la comunidad. Pero hay que tener exquisita sensibilidad y cuidado para que la corrección tenga siempre como objetivo la reconducción del hermano a la verdad.
Con todo esto nos quiere decir la Palabra de Dios en este domingo que formamos una comunidad, que no somos un grupo o un colectivo donde un gran número de gente viven en un mismo lugar, incluso compartiendo una misma historia, pero sin conexión ninguna unos con otros. Comunidad es ese grupo de personas en comunión entre sí y, en nuestro caso en comunión con Dios por Cristo en el Espíritu. Por eso somos responsables los unos de los otros, podemos responder a Caín: Sí soy el guardián de mi hermano y mi hermano es mi guardián.
Y todo esto, nos recuerda san Pablo, hacerlo desde el amor, amor a Dios y al prójimo porque, nos dice el apóstol, el que ama tiene cumplido el resto de la ley... El verdadero amor al prójimo sólo es posible a quien ha experimentado primero el amor de Dios gratuito: nos dice san Juan en su primera carta: “nosotros amémonos porque Dios nos amó primero”. El amor de Dios gratuito requiere y urge una respuesta en el mismo plano. Dios no necesita nuestro amor ni nada le aumenta de su felicidad, pero quiere que se lo devolvamos a través de los otros. Por eso el discípulo de Jesús sabe que el amor fraterno o mutuo ha de ser también gratuito. Y de este amor sincero sólo puede nacer el bien.