29/08/2026
Evangelio según san Mateo 25, 1-13
«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora.»
Hay algo muy fuerte en este Evangelio: todas las jóvenes tenían lámparas. Todas esperaban al esposo. Todas habían salido a su encuentro. Desde fuera, parecían iguales. Pero la diferencia estaba en algo que no se veía: unas habían cuidado el aceite y otras no. Y quizá Jesús hoy quiere llevarnos precisamente ahí, a ese lugar interior donde no importa tanto cómo nos ven los demás, sino cómo está realmente nuestro corazón cuando nadie nos mira.
Porque podemos tener la lámpara en la mano y, sin embargo, estar quedándonos sin aceite. Podemos seguir rezando, sirviendo, trabajando, hablando de Dios, participando en la Iglesia, llevando una vida aparentemente ordenada… y por dentro estar cansados, distraídos, vacíos, viviendo de lo que un día fue nuestro encuentro con Jesús. Hay una tibieza que no hace ruido. No abandona todo de golpe; simplemente deja de alimentar el fuego. Y uno comienza a acostumbrarse a vivir con una llama pequeña, hasta que ya ni siquiera recuerda cómo ardía al principio.
El Esposo tarda. Y esta espera revela el corazón. Porque mientras Jesús parece tardar, ¿qué hacemos con nuestra vida? ¿Seguimos cuidando la intimidad con Él o comenzamos a distraernos? ¿Seguimos orando aunque no sintamos nada o dejamos que la oración se convierta en una obligación? ¿Seguimos amando cuando nadie nos agradece o necesitamos ser reconocidos para continuar? La espera de Dios no es tiempo perdido. Es el lugar donde Él purifica nuestro amor y nos enseña a permanecer.
Y entonces todas se duermen. Incluso las prudentes. Esto me conmueve, porque Jesús no está hablando de personas perfectas. También ellas se cansan. También ellas tienen sueño. La diferencia no está en no cansarse, sino en haber preparado el corazón. La vida espiritual no consiste en estar siempre fuertes, inspirados y llenos de fervor. Hay noches, cansancios, silencios y momentos en que parece que Dios está lejos. Pero una cosa es estar cansado y otra muy distinta dejar de cuidar el amor.
Quizá hoy necesitamos dejar de preguntarnos solamente: “¿Estoy haciendo suficiente por Dios?” y comenzar a preguntarnos: “¿Estoy cuidando mi relación con Jesús?” Porque podemos hacer muchas cosas para Él y, lentamente, dejar de estar con Él. Podemos trabajar por el Reino y olvidarnos del Rey. Podemos hablar de santidad y dejar de desearla. Podemos estar cerca del altar y vivir lejos del Corazón de Cristo.
El aceite no se improvisa cuando llega la medianoche. Nadie puede prestarnos una intimidad con Dios. Nadie puede entregarnos una vida de oración que no hemos querido cultivar. Hay momentos en los que otros podrán acompañarnos, sostenernos, aconsejarnos y rezar por nosotros; pero hay un lugar del corazón donde solo Jesús y yo podemos encontrarnos. Y ese lugar necesita ser cuidado hoy, no mañana.
Por eso este Evangelio no quiere asustarnos. Quiere despertarnos. «¡Ya está aquí el Esposo, salgan a su encuentro!» Jesús viene. Viene también en este día concreto: en esa persona que te cuesta amar, en el cansancio que no elegiste, en una tarea sencilla, en una palabra que te confronta, en el silencio de tu oración, en la Eucaristía, en aquello que te pide volver a elegirlo cuando ya no tienes ganas. La pregunta no es solamente si llegará el último día. La pregunta es si hoy estamos reconociendo sus pequeñas venidas.
Bajarlo a la vida quizá significa algo muy sencillo: volver a cuidar el aceite. Apagar un poco el ruido para escuchar a Jesús. Dejar de alimentar aquello que apaga el alma. Volver al Evangelio no para preparar una publicación, sino para encontrarnos con Él. Ir a la Eucaristía no por costumbre, sino para dejarnos mirar. Recuperar unos minutos de silencio. Pedir perdón donde sabemos que debemos hacerlo. Hacer ese acto de amor que llevamos días posponiendo. Volver a comenzar sin dramatismos, pero con verdad.
Y si hoy descubres que tu lámpara está casi vacía, no tengas miedo. Jesús no te muestra tu pobreza para humillarte, sino para invitarte a volver a Él. No escondas ante Él lo que se ha apagado. Dile la verdad. “Señor, me estoy quedando sin aceite. Ya no oro como antes. Ya no amo como antes. Me he acostumbrado. Me he distraído. He vivido demasiado hacia afuera.” Y quédate ahí. Porque quizá precisamente en esa honestidad comienza nuevamente el fuego.
La santidad vale la pena. Vale la pena cuidar el corazón. Vale la pena permanecer cuando no sentimos nada. Vale la pena volver a elegir a Jesús una y otra vez. Porque llegará el momento en que comprenderemos que ninguna de nuestras seguridades, reconocimientos, proyectos o posesiones podía darnos lo que solo Él podía darnos: la alegría de haber vivido esperando al Esposo y de haberlo amado de verdad.
Que cuando Jesús llegue, encuentre nuestra lámpara encendida. No perfecta. No brillante ante los demás. Encendida para Él.
Preguntas para el corazón
— ¿Qué estoy haciendo hoy para cuidar el aceite de mi relación con Jesús?
— ¿En qué parte de mi vida me he acostumbrado a vivir con una lámpara encendida por fuera, pero con el corazón apagándose por dentro?
— Si Jesús me dijera hoy: «Aquí estoy, sal a mi encuentro», ¿qué tendría que dejar, ordenar o volver a elegir para salir verdaderamente a su encuentro?
Oración
Jesús, Esposo de mi alma, no permitas que me acostumbre a vivir sin Ti. Cuando llegue el cansancio, enséñame a permanecer; cuando llegue el silencio, enséñame a confiar; cuando mi fuego se apague, dame la humildad de volver a Ti.
Cuida Tú el aceite de mi corazón. Enséñame a esperarte en lo pequeño, a reconocerte en lo cotidiano y a vivir cada día como quien sabe que Tú vienes.
Señor, que cuando llegue la noche, mi lámpara no tenga que aparentar nada: que simplemente esté encendida porque mi corazón aprendió a permanecer contigo.
Mirza Deras, r.a.