Parte de nuestro deber como cristianos consiste en dar a conocer al mundo un evangelio social, no solo personal. El propio Jesús casi siempre atendía las necesidades físicas de las personas antes de ocuparse de su mente, de su corazón y de sus necesidades espirituales. Viendo Su bondad, Su amor y Su interés por el prójimo, la gente comprendía que lo que Él ofrecía era auténtico. Si bien no se le p
uede predicar el Evangelio a una persona que tiene el estómago vacío, lo principal es anunciar el Evangelio. Debemos visitar a los enfermos y a los presos, vestir al harapiento y dar de comer al hambriento; pero no nos olvidemos de nutrir sobre todo su alma. Lo que más le preocupa a Dios es salvar el alma; luego Él se encarga del cuerpo. Lo más valioso que podemos dar a los demás es el secreto del éxito, la clave de la buena salud, la solución para la pobreza, que no es otra cosa que la fe en Dios, la cual conduce a la salvación. Quien acepta a Jesús se convierte en hijo de Dios. Y a partir de ese momento, Dios se hace cargo de cuidarlo. Él nunca abandona a los Suyos. Él puede satisfacer todas sus necesidades. Romanos 1:16 – A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen: de los judíos primeramente, pero también de los gentiles.