11/06/2026
SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Trasplante de corazón.
Se dice con frecuencia que alguien tiene buen o mal corazón; que tiene mucho corazón o que no tiene corazón cuando se quiere hablar de su bondad o de su maldad. También se emplea como símbolo de la sinceridad o de la generosidad: “Te hablo con el corazón en la mano”, “cuenta conmigo; te lo digo de corazón…”
En el plano fisiológico no es preciso encarecer su importancia. Es una máquina que no descansa ni de día ni de noche, bombeando la sangre a todos los rincones del cuerpo. El día que se pare definitivamente, ha llegado la muerte.
Y, sobre todo, el corazón es símbolo por antonomasia del amor, lo más puro, sublime y divino que tiene el ser humano. Porque Dios es amor y el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Amor que no es impulso ciego ni codicia posesiva, sino entrega oblativa, a la vez lúcida y emocional, voluntaria y consciente, delicada y fuerte, impulsiva y perseverante.
Por todo ello, el corazón es como la síntesis y la expresión más perfecta de la persona humana. De hecho, aún siendo otros órganos tan vitales como el corazón, no se suele decir: «te daría mi cerebro”, por ejemplo, mientras que sí se dice que se entrega todo el corazón a quien se ama mucho.
En la Revelación (Sgda. Escritura), Dios emplea con frecuencia el símbolo del corazón. Parece como si un Dios infinitamente grande, sabio y poderoso, el dios de los filósofos, capaz de mover la máquina del mundo, pero incapaz de conmoverse por el llanto de un niño o el dolor de un enfermo, nos resultara muy frío y muy lejano, incapaz también de mover y conmover nuestro corazón humano.
El Dios de Jesús, por el contrario, se nos revela con un gran corazón, a la medida de Dios, de su amor infinito de Creador, de Padre y de Madre; un corazón lleno de sentimientos de ternura y de misericordia sin límites hacia nuestras debilidades; de Pastor que cuida de su rebaño con desvelo; de médico atento día y noche a sus enfermos y que hasta les hace transfusiones de su propia sangre, y trasplantes de sus propios órganos.
Para que todo esto no quedara en mero símbolo, Dios mismo tomó un cuerpo humano, y un corazón de hombre como el nuestro. Ya en el Antiguo Testamento emplea expresiones de amor hacia su pueblo: «por puro amor nos eligió» (1ª lectura). Pero es en Jesús de Nazaret donde se nos manifiesta en toda su plenitud el infinito amor de Dios y la exquisita delicadeza del corazón divino hacia nosotros (Evangelio), entregando a su propio Hijo por salvarnos. Nos amó hasta el extremo, hasta la muerte. «Como el Padre me amó, así os he amado yo».
Dios espera que le correspondamos a su amor como si necesitara de nosotros, aunque somos nosotros los que necesitamos amarle para ser felices. Ya desde el Decálogo se dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón». «Corazones partidos, yo no los quiero, que cuando doy el mío lo doy entero», dice una copla popular que bien podríamos poner en la boca de Dios. Sólo Jesús –y María, proporcionalmente y por gracia de su Hijo– pudieron dar su corazón entero porque no lo tenían dividido ni hipotecado por el pecado, como nosotros lo tenemos.
¿Cómo, entonces, amar a Dios con todo el corazón? Con el corazón de su Hijo. En la cruz fue abierto por la lanza del soldado, y de él brotó, con la sangre, el agua, símbolo del Espíritu Santo. Desde el Bautismo el agua del Espíritu brota en nuestros corazones para hacernos vivir, crecer y amar como hijos de Dios.
Hoy la cirugía realiza maravillosas operaciones de trasplantes de órganos. En el verano de 1994, en Estados Unidos, una joven profesora de Míchigan murió en accidente de automóvil durante sus vacaciones, lejos de su familia. Como tenía hecho el testamento vital, donando sus órganos para trasplantes –cosa que deberíamos todos hacer–, inmediatamente le extrajeron todo aquello que aún podría ser útil, siendo distribuído a diversos hospitales según las normas habituales en estos casos. En Estados Unidos se realizan al año unos dos mil trasplantes de corazón. Fue pura casualidad que el corazón de la joven fue destinado precisamente a su padre, que hacía dos años que estaba gravemente enfermo del corazón y necesitado de un trasplante. Y ahora, el corazón de su hija late constantemente en el pecho de su padre, como recordándole su amor.
Jesús nos trasplanta su corazón, y así, con un corazón nuevo, un corazón divino, podemos amar a Dios como hijos de Dios con el Hijo de Dios. Por eso bien podríamos parafrasear a San Pablo: «Ya no soy yo quien amo; es Cristo quien ama en mí», a Dios como a Padre, y a los hombres, como a hermanos.
¿Dejamos que el Corazón de Cristo ame en nosotros a Dios, en la oración, y a los hermanos en el trato y en el servicio diario?
¿Nos cuidamos de hacer todo no sólo por amor sino con amor, con bondad, con amabilidad y simpatía, como lo haría Jesús?
¿Sabemos perdonar de corazón a los enemigos, a los antipáticos, a los que nos quieren mal o nos hacen mal?
¿Procuramos amarles, rezar por ellos y estar dispuestos a hacerles un favor como manda el Señor?
Estas y algunas otras preguntas nos las podemos plantear con motivo de esta Solemnidad que hoy celebramos…
Al celebrar la Eucaristía, no olvidemos que es el mismo Cristo el que nos habla y se nos da en alimento. Él quiere habitar en nosotros…