09/04/2026
El enemigo del sacerdote aveces es el propio sacerdote.
Agradezco la sabiduría de un padre, el Padre Marcelo Iturbe, mi director espiritual, allá por el año 1986 quien, en medio de un retiro espiritual, me inculcó una verdad tan dura como salvadora.
Con la profundidad que le daban años de ministerio, compartió conmigo estas palabras, palabras que jamás olvidaré:
“Hijo mío, creo que no te voy a ver ya que no estaré por estos pagos cuando seas ordenado sacerdote, configurado a Cristo. Ten presente ésto: una nueva vida comenzará para ti. Comprenderás realidades que ni el diaconado te habrá revelado, y quizás llegues a extrañar su sencillez.
La Iglesia es divina… pero está en manos de hombres, con sus fortalezas y debilidades.
Recuerda esto: el enemigo del sacerdote a veces es el propio sacerdote, vos mismo y otras veces tus compañeros de presbiterio. Algunos te harán la guerra, algunos pondrán obstáculos en tu camino… y me incluyo en eso”.
Estas palabras aún resuenan en mi interior. No hieren… despiertan. No desaniman… preparan. Me abren los ojos a una realidad que a menudo descubro demasiado tarde.
Hay lágrimas que nadie ve.
Un dolor que no clama, sino que ahoga.
Y entre ellas se encuentra esta perturbadora realidad: sacerdotes que se hieren entre sí.
Sí… sacerdotes que se declaran la guerra.
No con armas visibles, sino con silencios pesados, palabras frías, miradas críticas y corazones cerrados. Una guerra discreta pero devastadora. Una guerra que no mata cuerpos, pero desgasta las almas, rompe la fraternidad y debilita la misión.
Lo que lo hace tan desgarrador es que el sacerdote no espera ser herido por su hermano. Espera encontrar refugio, un hombro en el que apoyarse, una oración… pero a veces, solo encuentra distancia, indiferencia o incluso rechazo.
En algunos casos "pescan en la pecera" robándose fieles, movimientos y grupos enteros...
Entonces, guarda silencio.
Sube al altar con el corazón apesadumbrado.
Predica el amor con una herida oculta.
Bendice con manos que tiemblan por dentro.
Sonríe a los fieles… mientras en su interior algo llora.
Porque en el fondo, el sacerdote sigue siendo un hombre.
Un hombre llamado, elegido, pero frágil.
Un hombre atormentado por los celos, las comparaciones, la sensación de injusticia, la necesidad de reconocimiento, los deseos de poder, las acusaciones. Y cuando estas heridas no sanan, se convierten en muros entre hermanos.
Pero la verdad más profunda es ésta:
el sacerdote no lucha principalmente contra los demás… lucha contra sí mismo.
Lucha entre quién es y lo que Dios espera de él.
Entre su orgullo y su llamado a la humildad.
Entre su soledad y su misión de comunión.
Y a veces, cansado de esta lucha interior, deja que la guerra estalle… contra su propio hermano.
Y la Iglesia sufre.
El pueblo de Dios siente estas grietas, incluso cuando están ocultas. Donde esperan unidad, perciben divisiones. Donde anhelan luz, sienten sombras.
Pero en el fondo de esta verdad, permanece una esperanza, más fuerte que todas las heridas.
Porque un sacerdote que reconoce su fragilidad aún puede amar.
Un sacerdote que cae aún puede levantarse.
Un sacerdote que ha perdido la fraternidad aún puede encontrarla de nuevo… si regresa a la fuente.
Cristo nunca llamó sacerdotes perfectos.
Llamó hermanos.
Hombres capaces de perdonarse unos a otros.
Hombres capaces de llorar juntos.
Hombres capaces de llevar la misma cruz… sin arrojársela unos a otros.
¿Y si hoy, el mayor acto de santidad para un sacerdote no fuera predicar con fuerza… sino amar a su hermano con la verdad?
Porque el verdadero escándalo no es que el sacerdote sea débil… sino que olvide que no está solo.
Padre Felipe. Navidad de 2023.