23/09/2017
La hija de un hombre le pidió al obispo que fuera a su casa a hacer una oración para su anciano padre que estaba muy enfermo. Cuando el obispo llegó a la habitación, encontró a este pobre hombre en su cama con la cabeza alzada por un par de almohadas. Había una silla al lado de su cama, por lo que el obispo pensó que el hombre sabía que vendría a verlo.
-¿Supongo que me estaba esperando?-, le dijo:
-No, ¿quién es usted?-, dijo el hombre enfermo.
-Soy el obispo que su hija llamó para que orase con usted; cuando entré y note la silla vacía al lado de su cama supuse que usted sabía que yo vendría a visitarlo.
-Ah sí, la silla respondió el anciano enfermo y le dijo al obispo: ¿Le importa cerrar la puerta? El obispo sorprendido cerró la puerta. Entonces el anciano enfermo le dijo al obispo:
-Nunca le he dicho esto a nadie, pero toda mi vida le he pasado sin saber cómo orar. Cuando he estado en la Iglesia he escuchado siempre con respecto a la oración, cómo se debe orar y los beneficios que la oración trae...... pero siempre esto de las oraciones; ¡noo, no sé...!
Me entra por un oído y me sale por el otro. De todos modos no tenía idea de cómo hacerlo. Entonces... Hace mucho tiempo abandoné por completo la oración.
Esto ha sido así en mí, hasta hace unos cuatro años, cuando conversando con mi mejor amigo me dijo:
-José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús, así es como te sugiero que lo hagas-... Te sientas en una silla y colocas otra silla vacía enfrente tuya, luego con fe miras a Jesús sentado delante de ti.
-No es algo alocado el hacerlo pues Él nos dijo:
-“Yo estaré siempre con vosotros”-
-Por lo tanto, le hablas y lo escuchas, de la misma manera como lo estás haciendo ahora conmigo.
-Es así que lo hice una vez y me gustó, de forma que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces. Siempre tengo mucho cuidado que no me vaya a ver mi hija... Pues me internaría de inmediato en el manicomio.
El obispo sintió una gran emoción al escuchar esto y le dijo a José que era algo muy bueno lo que venía haciendo, y que no dejara de seguir haciéndolo nunca. Luego hizo una oración con él. Le dio su bendición y se fue a su casa.
Dos días después, la hija de José llamó al obispo para decirle que su padre había fallecido. El obispo le preguntó:
-¿Falleció en Paz?-.
-Sí, cuando salí de la casa a eso de las dos de la tarde me llamó y fui a verlo a su cama.
-Me dijo que me quería mucho y me dio un beso.
-Cuando regresé de hacer unas compras una hora más tarde ya lo encontré mu**to.
-Pero hay algo extraño con respecto a su muerte, pues aparentemente justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado de su cama y recostó su cabeza en ella, pues así lo encontré.
-¿Qué cree usted que pueda significar esto?
El obispo profundamente estremecido, se secó unas lágrimas de emoción que se le saltaron y le respondió:
-Ojalá que todos nos pudiésemos ir de esa manera.