21/04/2026
Después de afirmar, en artículos precedentes, que existe una verdad que el poder no puede fabricar y que la historia no pertenece a los vencedores del momento sino a Jesucristo, todavía queda un paso por dar. Un paso decisivo. Porque la verdad puede ser reconocida y, sin embargo, no estar asumida; y Cristo puede ser confesado como Señor de la historia sin que se comprenda todavía de qué modo reina. El mundo moderno tolera mal la ley natural, porque le impide inventar la realidad; y tolera aún peor la soberanía de Cristo, porque le niega la última palabra sobre el sentido de la historia. Pero hay algo que le resulta todavía más insoportable: que ese reinado no se ejerza desde la pura fuerza, sino desde una herida que quiere llegar a cada corazón.
Ese es, en el fondo, el gran escándalo del Sagrado Corazón. No se trata de una devoción blanda para sensibilidades religiosas ni de una reliquia afectiva del pasado. Se trata de la forma concreta en que la realeza de Cristo se deja contemplar en la historia, como un corazón traspasado, como el Cordero que permanece degollado hasta la consumación del mundo. El centro del universo no es una idea abstracta, ni una energía impersonal, ni una mayoría parlamentaria, ni un algoritmo que administra deseos. El centro de lo real es un Corazón humano, vivo y traspasado: el Corazón del Verbo encarnado. Y esto cambia por completo el sentido de cada existencia:
¿Qué implicaciones vitales tiene y qué verdades teológicas evidencia la realidad del Sagrado Corazón de Jesús?