21/08/2026
El 21 de agosto de 1157 fallecía Alfonso VII, uno de los grandes monarcas de la Edad Media hispana. Coronado como Imperator totius Hispaniae, hizo de Toledo el corazón político y espiritual de su reino y convirtió la antigua capital visigoda en el símbolo de una monarquía que aspiraba a la unidad de los territorios cristianos.
Tras su muerte, su cuerpo fue trasladado a la Catedral de Toledo para recibir sepultura, convirtiéndose en el primer monarca castellano-leonés enterrado en la sede primada.
Su sepulcro acompañó la propia evolución del templo. En 1289, Sancho IV reunió los enterramientos reales en la capilla de la Santa Cruz. Dos siglos más tarde, la reforma promovida por el cardenal Cisneros dio lugar a la actual capilla mayor, donde Diego Copín de Holanda labró los mausoleos que hoy contemplamos en el presbiterio.
La estatua yacente muestra a Alfonso VII con barba y la frente ceñida por la corona real. La cabeza descansa sobre ricos almohadones recamados, el cuerpo cubierto por el manto regio, las manos reposan cruzadas sobre el regazo y los pies, calzados con chapines, se apoyan sobre un león, tradicional símbolo de la realeza, la fortaleza y la vigilancia.
El programa heráldico del sepulcro encierra una curiosidad histórica. Los ángeles que decoran la caja sostienen el águila imperial junto a las armas de Castilla y León. Alfonso VII había sido coronado Imperator Hispaniae en la Catedral de León en 1135, cuando la heráldica todavía no había alcanzado el desarrollo que hoy conocemos. Siglos después, los artistas que labraron este mausoleo recurrieron al águila imperial para identificar visualmente al Emperador y transmitir, a través del lenguaje simbólico de la heráldica, la excepcional dignidad de su reinado.
Casi nueve siglos después, Alfonso VII continúa descansando junto al altar mayor, formando parte de la historia viva de la Catedral de Toledo y del legado de una de las figuras esenciales de la monarquía medieval hispánica.