09/09/2026
Querido Hermano Templario, considera que cada uno de los pensamientos de nuestro Señor era una antorcha viviente y devoradora, una saeta de fuego puro disparada directamente desde el abismo del amor divino hacia el corazón mismo del Padre. En cada criatura que respiraba, en cada destello de la creación, Él no solo miraba; desgarraba el velo del mundo para contemplar, con una intensidad abrumadora, la majestad infinita, la gloria temible y la sabiduría eterna de Dios. Cada latido de su voluntad era un eco estruendoso de los cielos, una manifestación implacable de Su grandeza.
¿Cómo no comprender que era ese fuego sagrado el que le permitía fundirse en la negrura de la noche en oración ferviente, y permanecer clavado en la presencia de Dios incluso en el estertor salvaje de la batalla? Su alma no conocía la división: con una fuerza serena y sublime, su ser entero se derramaba de la acción a la contemplación, y de la contemplación al combate.
¡Hermanos, despierte el alma! El umbral de nuestra vida interior exige un pacto sellado en el espíritu: ¡imitar con furia sagrada, con cada fibra de nuestro ser, los pensamientos de Jesús! Este miserable torbellino de distracciones que nos arrastra, este océano fangoso de pensamientos vacíos donde nuestras almas naufragan, es la obra misma del enemigo, una trampa mortal diseñada para arrancarnos de la mirada de Dios, incluso bajo los techos sagrados. Y no hablamos solo de la sombra del pecado, sino de esa corriente incesante de trivialidades que ahoga nuestra fe. ¿Cómo osamos proclamar que amamos a Dios con todo nuestro entendimiento, si entregamos nuestra mente, sin resistencia, a la vanidad y al polvo de lo efímero?
¡Jamás conocerás el peso ni el fuego de la oración si tu alma se niega a habitar el silencio sagrado de su sagrario interior!
Pondera, Hermano, con la urgencia y la determinación de un guerrero al borde de la muerte, ¿cuáles eran los juicios del Hijo de Dios sobre el mundo? «Yo juzgo», clamaba Él, «según la verdad». ¿Y cuál era su fuente? Su mente bebía directamente de la voz viva de Dios ante cada rostro, ante cada prueba, ante cada sentencia. Por eso sus palabras cortaban como espadas, absolutamente libres de toda sombra de error.
Nosotros, en cambio, ciegos y miserables, juzgamos atrapados en la carne, en las mentiras de nuestra frágil imaginación y en el veneno de nuestras pasiones desbocadas. ¡Y lo que es peor, nos arrodillamos ante los juicios ajenos, tan ciegos y falaces como los nuestros! ¿Cómo nos atrevemos a extrañarnos de estar tan lejos de Su corazón, de llamar luz a las tinieblas, de despreciar lo que para Dios es un tesoro incalculable? Es una ilusión vana pretender transformar nuestras obras si antes no destrozamos nuestros errores y rectificamos nuestros juicios. Antes de alzar la espada, antes de tomar cualquier decisión, ¡arrodíllate en el polvo y escucha a Dios! Solo así verás la realidad tal como se te revelará en tu último suspenso, cuando estés desnudo ante el tribunal eterno de Jesucristo.
¡Hermanos, que este fuego os devore las entrañas! Recordad a qué habéis sido llamados: amar a Dios hasta el extremo, fundiros con Él, sufrir y luchar exclusivamente para Su gloria. ¡Adoremos con sangre y espíritu los sentimientos más íntimos de Jesús, su celo abrasador por el Padre, la caridad infinita que hacía estallar su pecho! ¡Adorémosle, sí, pero sobre todo, encarnémosle! Amémosle a Él y a todo lo que Él ama con locura; en ese abismo descansa toda nuestra perfección.
Toda la grandeza de un hombre se forja en el yunque de un corazón recto y valiente. Un corazón así, templado a fuego lento como el de Jesús, convierte cada fatiga, cada herida y cada obra en una ofrenda perfecta y digna del Altísimo. Solo entonces, el Espíritu de Dios rugirá, trabajará y orará en ti, convirtiéndote en espada viva de Su voluntad.
FTAT.NNDNN 🌹♥️🌹