27/02/2026
🟣 REFLEXIONES DE QUINARIO
PEDID Y SE OS DARÁ
Cuando rezamos, la actitud que con mayor frecuencia brota de nuestro corazón es la de la petición. Pedimos porque necesitamos, porque sufrimos, porque amamos, porque tememos. Pedimos porque somos pequeños.
Cuántas personas cruzan cada día el umbral de nuestra capilla para elevar sus súplicas al Santísimo Cristo de la Expiración y a su Bendita Madre de las Aguas. Cuántas miradas cargadas de lágrimas, cuántos silencios llenos de angustia, cuántos corazones que susurran: “Señor, ayúdame”.
Y el Señor nos responde en el Evangelio con claridad: “Pedid sin desfallecer”.
La Escritura nos presenta la figura de la reina Ester. Una mujer humilde, que en medio del peligro para su pueblo clama: “Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de Ti”. Esa oración, pronunciada en la debilidad, es también la nuestra. Muchas veces acudimos al Señor cuando las fuerzas nos fallan, cuando la enfermedad golpea, cuando la pérdida nos deja sin consuelo.
Pedimos milagros. Pedimos curaciones. Pedimos soluciones. Y cuando aquello que suplicamos no llega como esperamos, surge la gran pregunta: “¿Por qué a mí no?”. Entonces aparecen la duda, la decepción, el desconcierto.
Pero el hecho de no ver concedida nuestra súplica como deseamos no significa que Dios nos desoiga. No significa que cierre su corazón ante nuestra debilidad. Dios no nos abandona jamás.