31/08/2026
*ABRAMOS LOS OJOS*
Seguramente conocéis la noticia que aparecía en la prensa el pasado martes 25 de agosto. En la calle Tejares, en Triana, un hombre entró en su trastero y percibió un fuerte olor que procedía de otro de los trasteros. Avisó a los servicios de emergencia y, al abrir la puerta, encontraron el cuerpo sin vida de una mujer en avanzado estado de descomposición. Llevaba al menos 48 horas fallecida.
Pero hay un detalle de la noticia que me impresionó especialmente: nadie sabía que aquella mujer estaba allí. Los vecinos decían que nunca la habían visto entrar. Nunca.
Desde entonces, cada vez que entro en mi parking, donde también hay trasteros, me hago una pregunta que antes nunca me había hecho: ¿Vivirá alguien ahí?
Y esa pregunta me lleva a otra mucho más profunda: ¿sabemos realmente qué pasa a nuestro lado? Vivimos demasiado deprisa. Nos cruzamos con personas todos los días, compartimos portal, ascensor, calle, trabajo… pero muchas veces no sabemos cómo están. Vemos sus caras, pero no siempre vemos sus vidas.
Quizá hay alguien cerca de nosotros que está solo. Alguien que lleva días triste. Alguien que necesita una llamada, una visita o simplemente que le pregunten: «¿Cómo estás?» Y creo que esto también tiene mucho que ver con nuestra fe. Jesús nos dice en el Evangelio: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber… estuve enfermo y me visitasteis».
Cristo nos está pidiendo que abramos los ojos. Que miremos a la cara. Que nos demos cuenta. Que no pasemos por la vida sin descubrir a las personas que Él ha puesto a nuestro lado. Porque quizá el prójimo no está lejos. Quizá está en nuestra propia casa, en nuestro portal, en nuestro trabajo, en nuestra parroquia… o en ese vecino al que llevamos años saludando sin saber nada de su vida.
Tal vez un buen propósito para el ritmo cotidiano que se inicia mañana sea precisamente este: Abrir más los ojos. Mirar un poco más a nuestro alrededor. Detenernos. Preguntar. Interesarnos por quienes tenemos cerca. Y, por qué no, hacernos alguna vez una pregunta que, después de leer esta noticia, yo ya me hago al entrar en mi parking: ¿Vivirá alguien junto a mi trastero? Quizá no.
Pero quizá haya alguien muy cerca de nosotros que necesite que simplemente nos demos cuenta de que está ahí.
Abramos los ojos. Porque Cristo sigue esperando que sepamos reconocerlo en las personas que pone cada día a nuestro lado.
Adrián Sanabria, sacerdote