05/09/2026
🛐 DOMINGO XXIII DEL TIEMPO PER ANNUM 🌟
📜 Comenzamos un nuevo curso pastoral con la llegada de Septiembre.
¿Volvemos animados?, ¿con fuerza física y espiritual después del verano?
Si miramos las noticias, vemos que todo sigue igual o peor: las mismas guerras y conflictos, el hambre y las enfermedades, terremotos y fuegos, el drama migratorio (que ya existía, pero con el que ahora estamos más sensibles por la invasión de Ceuta), etc… Es como para irse de nuevo (quién pudiera!) y desconectar de todo!.
Pero la verdad es que hay muchas buenas cosas que pasan y no salen en los periódicos, porque no venden tanto como las malas cosas, porque el mal hace mucho ruido, y, en ocasiones, aturde.
Ahora bien, como decía el Papa Francisco, qué no nos roben la esperanza.
El creyente en el Resucitado, que ha vencido al mal, tiene que tener ante la realidad una mirada de esperanza y optimismo. Y esto, no huyendo de la realidad ni cayendo en la pasividad.
El profeta Ezequiel nos exhorta al inconformismo, a no sentirnos derrotados ni superados por los malos acontecimientos. Somos atalayas, centinelas de Dios en el mundo y para lis demás. Somos mensajeros de buenas noticias. Y esto conlleva ser solidarios: no podemos decir que los problemas de los demás no son mis problemas, ni que los pecados de los demás no me afectan.
Cuando nos bautizaron, nos convertimos en sacerdotes, profetas y reyes, al estilo de Jesús. Con otras palabras nos lo recuerda también el Evangelio de hoy.
Jesús da el modelo para corregir a los díscolos. Aquellos que, siendo de los nuestros, se han apartado del camino. Cómo corregir a los hermanos. Por experiencia sabemos que la corrección fraterna nunca es fácil. Hay que encontrar la forma de conjugar el amor fraterno con la sensibilidad necesaria para ayudar sin ofender. Exige la humildad por ambas partes; el que corrige, porque sabe que él tampoco es perfecto, y el corregido, para dejarse iluminar por las personas que están cerca y ven lo que puedes hacer mejor.
No siempre gusta cuando te dicen que estás haciendo algo mal.
Siempre podemos ser creativos: una frase en el momento adecuado, una indicación, un gesto de agrado o desagrado…
Todo puede convertirse en un mensaje, una llamada, una conversación cercana…
Mostrarse atento, para que el otro sepa que tiene en ti un apoyo, si le hace falta. Estar cerca, ponerse a tiro, para poder ayudar. Y eso sí, hay que hacerlo todo con amor. Hasta las correcciones.
Uno que ama a su prójimo no le hace daño. Incluso cuando le corrige. Amar es cumplir la Ley entera, y eso incluye corregir – con amor – al que se ha equivocado. Que no pequemos de omisión.
Un segundo aspecto es tener la certeza de que Dios siempre está con nosotros. Siempre hay cobertura para hablar con Él. Aunque a veces se nos olvide. Nos juntamos a menudo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, para rezar, para celebrar, para hacer presente el Misterio en nuestra vida. No importa si somos pocos o muchos, son suficientes dos o tres para que Cristo se haga presente. Es un consuelo para todos. La cantidad no es más importante que la calidad. Estamos acostumbrados a ver grandes multitudes en los conciertos, en las celebraciones deportivas, a valorar las cuentas en las redes sociales según la cantidad de seguidores… Cuantos más, mejor. Incluso en la vida espiritual aplicamos esos criterios. Claro que impresiona ver una celebración en la Jornada Mundial de la Juventud, o las multitudes en una visita del Papa. Es un buen refuerzo para mucha gente, ver que no están solos en la fe.
Y, sin embargo, “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy Yo”. Porque a los vecinos del banco de la iglesia no los eliges tú, te los coloca en el camino el mismo Señor.
Aunque nos cueste a veces entenderlo, nuestra fuerza está en la comunidad. A través del perdón y de la reconciliación podemos restablecer las relaciones comunitarias, y, juntos, pedirle al Padre que siga acompañándonos en el camino. Porque no somos simplemente un conglomerado de personas. Somos una comunidad de creyentes, en la que todos dependemos de todos para poder ser mejores.
Tenemos el mejor ejemplo en Cristo. Él supo perdonar a los “traidores” de los apóstoles, que le abandonaron, y les hizo colaboradores en la propagación de su mensaje, por todos los confines del mundo. Que sepamos imitarlo, para amar más y más a nuestros hermanos, corrigiéndolos y perdonándolos siempre.
Juntos, podemos. Juntos, somos más fuertes. Aunque cueste, merece la pena.
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