16/08/2026
Esta es la historia anual
que se vive y se celebra
como un remanso de paz,
como una fiesta en la fiesta,
como un refugio del alma,
como una luz en la niebla.
Se celebra en hermandad
y se vive en la presencia
anual y reiterada,
como un rito que se espera,
con el ansia del que sabe
que todo pasa y que llega,
cada año tan fugaz,
tan jubilosa y tan tierna.
Es una historia que un día
cambió y se volvió más bella
con sólo una levantá,
una arriá y una vuelta.
Unos minutos de gloria,
una plegaria, una ofrenda,
unos vivas, unas flores.
Unos abrazos que sellan
una promesa anual.
Un compromiso sin letras.
Una visita obligada.
La alegría más inmensa.
Es un puñal y una salve,
una oración y un poema,
unas rosas, unos nardos,
dos virgencitas pequeñas.
Son dos coronas de oro,
dos amores, dos enseñas
dos devociones de siglos,
dos caricias, dos emblemas,
dos bastiones de fervor,
dos sentimientos que llenan,
dos corazones que laten
en una misma frecuencia,
con la gloria y el dolor:
la fe de un pueblo que encuentra
en estos dos simulacros
su fe más pura y su esencia.
Es un instante en el tiempo,
es un susurro que quiebra
el espíritu y que pasa
cada año por la puerta.
Y aunque se queda allí mismo
-aunque el dintel no franquea-
el aroma de los nardos
por los rincones penetra.
Y se respira en el aire,
la admiración que atraviesa,
y que cruza por la plaza,
y con premura se apresta,
y se pierde por las calles
entre la noche agosteña.
Es un tributo al pasado.
Es el presente que tiembla
en un ocaso de agosto.
Es encuentro entre dos Reinas,
que se miran y se hablan,
que se buscan y se alegran
de encontrarse una vez más
cual si fuera la primera.
Es la vida en diez minutos.
Una alianza perpetua.
Es un regalo de Dios.
Excepcional convergencia.
Allí se vive un prodigio.
Cuando la una se acerca,
la otra desde su altar
le brinda una reverencia,
antes de entrar en Regina
de camino hacia la iglesia,
que es una puerta del cielo
donde otras madres que rezan
viven contemplando a Dios
en castidad y pobreza.
Ese momento glorioso
esa cita tan perfecta,
se revive con anhelo
y con placer se recuerda.
Viene y se va en un suspiro,
viene y se va sin sorpresas,
Viene y se va sin alardes
Viene y se va sin reservas
viene y se va sin remedio,
removiendo las conciencias.
Viene y se va tan sublime,
pero su aroma se queda
por siempre en la Trinidad,
cuando en agosto regresa.