18/08/2026
Buda entra en el nirvana
En el Buddhacharita de Ashvagosha (los actos de Buddha) se lee la siguiente historia:
Se volvió entonces el Buda a sus discípulos y les dijo: "Todo llega a su término, aunque dure un eón entero. Por fin está a punto de llegarme la hora de la partida. Hice ya cuanto pude hacer, por mí mismo y por los demás. No tendría ya objeto alguno permanecer aquí a partir de este momento. He formado, en el cielo y en la tierra, a todos los que pude formar, y los he situado en la corriente. De aquí en adelante, mi Dharma, oh monjes, permanecerá por generaciones y generaciones entre los seres vivos. Reconoced, pues, la verdadera naturaleza del mundo viviente y no estéis angustiados, pues no es posible evitar la separación. Reconoced que toda vida está sujeta a esta ley, y esforzaos desde hoy por que ya nunca tenga que ser así”.
“Cuando la luz del conocimiento ha dispersado las tinieblas de la ignorancia, cuando se ha visto que toda existencia carece de sustancia, la paz se impone al llegar una vida a su término, como si una larga enfermedad se curase por fin. Todas las cosas, fijas o móviles, están destinadas a perecer finalmente. ¡Estad, pues, atentos y vigilantes! Me ha llegado el tiempo de entrar en el nirvana. Estas son mis últimas palabras”.
Después, inigualable en su dominio de los trances, entró en el primer trance, salió de él y penetró en el segundo, en su debido orden, fue entrando en todos ellos sin omitir ninguno. Al final, cuando ya había recorrido las nueve etapas de la meditación, el Tathãgata invirtió el proceso de retornó nuevamente al primer trance. Salió también de este y fue subiendo otra vez de uno a otro hasta el cuarto trance. Cuando hubo practicado también este, llegó cara a cara ante la paz eterna.
Y cuando el Sabio entró en el nirvana, la tierra tembló como un navío sacudido por un escualo, y del cielo cayeron llamas de fuego. Los cielos se llenaron de un fuego sobrenatural, que ardía sin quemar nada, sin humo, sin ser agitado por el viento. Sobre la tierra restallaron truenos horribles y en el cielo se desataron vientos huracanados. Se apagó la luz de la luna y, a pesar de estar el cielo sin nubes, por todas partes se derramaron unas tinieblas misteriosas. Los ríos, como arrebatados de dolor, se llenaron de agua hirviente. Hermosas flores se abrieron fuera de tiempo en los árboles sobre el lecho de Buda, y los árboles inclinaron hacia él sus troncos y sembraron con flores su cuerpo dorado. Al igual que los muchos dioses, los nagas de cinco cabezas se quedaron inmóviles en el cielo, con sus ojos enrojecidos de dolor, con sus caperuzas cerradas y sus cuerpos quietos, mientras con gran devoción dirigían sus miradas al cuerpo del Sabio. La congregación de los dioses en torno al rey Vaishravana, bien instruido en la práctica del Dharma supremo, no dio muestras de dolor ni derramó lágrimas, tanta era su adhesión al Dharma.
Los dioses de los cinco mundos celestiales del reino de la forma, aunque sentían gran reverencia hacia el Bhagavãn, permanecieron serenos, sin que sus ánimos se vieran afectados, pues tenían las cosas de este mundo en el mayor de los desprecios.
Los reyes de los gandharvas y de los nagas, así como los yakshas y los devas que se gozan en el Dharma verdadero, todos ellos se levantaron en el cielo, afligidos y anegados en el más profundo dolor. Pero las huestes de Mara sintieron que habían logrado su mayor deseo. Arrebatados de alegría lanzaron fuertes risotadas, danzaron, silbaron como serpientes y provocaron un ruido ensordecedor al batir sus tambores, gongos y batintines. Y el mundo, cuando el Príncipe de los Vientos desapareció, parecía como una montaña cuya cumbre ha sufrido una sacudida. Se quedó como un cielo sin luna, como un estanque cuyos lotos ha marchitado el hielo o como el saber inútil por falta de compasión...
Imagen: bajorrelieve del parinirvana de Buda en la cueva de Ajanta en Maharashtra, India. De dominio público