03/06/2026
Caminos de la Paz · junio 2026
LA PAZ que se manifiesta en la naturaleza
El ser humano en el mundo que lo rodea
Cuando la mirada se vuelve insensible
La paz no se manifiesta solamente en nuestro interior ni únicamente en la relación con otras personas, sino también en la manera en que nos relacionamos con el mundo en el que vivimos.
La naturaleza atrae a muchas personas. Les gusta caminar por los bosques, sentarse junto al agua, contemplar el cielo, buscar silencio entre el verdor o amplitud en el paisaje. A menudo no hace falta mucho: un sendero iluminado por la luz del atardecer, el viento entre los árboles, el juego de las nubes, el aroma de la lluvia o la luz de una mañana temprana.
¿Por qué nos conmueve tan a menudo? Porque la belleza puede actuar sin palabras. No todo tiene que ser ruidoso para mover algo dentro de nosotros. Muchas de las cosas que encontramos en la naturaleza son sencillas sin ser vacías, silenciosas sin ser frías, ordenadas sin parecer artificiales.
Por eso, muchas personas encuentran en la naturaleza algo que echan de menos en la vida cotidiana: paz, amplitud, claridad o la experiencia, cada vez más rara, de poder simplemente ser.
Y, sin embargo, no siempre lo vivimos así. Muchas personas salen al exterior, pero por dentro permanecen ocupadas por preocupaciones, planes, enfados o costumbres. Están fuera y, al mismo tiempo, lejos. Miran, pero en realidad no perciben.
Así, incluso la belleza puede llegar a convertirse en algo habitual. Un árbol pasa a ser parte del decorado, el cielo se convierte en un fondo y un camino en una simple ruta. No porque la naturaleza haya perdido algo de sí misma, sino porque nuestra mirada se ha vuelto más insensible.
Esto no se aplica solamente a los bosques, los caminos y los paisajes. De la misma manera, las personas suelen pasar de largo ante otras cosas: las relaciones, la gratitud, las oportunidades y, no pocas veces, ante sí mismas.
La paz con la naturaleza empieza allí donde vuelves a aprender a ver: no solamente el mundo que te rodea, sino también a ti mismo; quién eres y cómo te relacionas con aquello que te rodea.
A menudo se trata de cosas pequeñas: de si dejas algo tirado por descuido o lo recoges, de si tomas únicamente aquello que te resulta útil o también percibes lo que simplemente está ahí, de si solo atraviesas un lugar o estás verdaderamente presente por un instante.
Y quizá también forme parte de ello volver a sentir que la naturaleza no existe solamente fuera de ti.
Cuando vivimos en contra de nosotros mismos
Tal vez la naturaleza te conmueva porque te recuerda algo que también vive dentro de ti.
La naturaleza no es solamente bosque, agua, viento y estaciones del año. La naturaleza también incluye al ser humano, con sus necesidades, sus fuerzas, sus límites, su deseo de vinculación y sus ritmos, que no surgieron ayer.
Muchas de estas realidades han crecido a lo largo del tiempo y están arraigadas en nosotros más profundamente de lo que nos gustaría admitir. Sin embargo, muchas personas viven como si pudieran ignorarlas a voluntad, desprenderse de ellas o incluso elevarse por encima de ellas. Aquello que despreciamos termina por dejar de ser comprendido.
Por eso las personas vuelven una y otra vez a los mismos conflictos: porque no comprenden cómo funcionan ellas mismas ni tampoco cómo funciona el otro. Esperan de la vida, de los demás y de sí mismas algo que está en desacuerdo con su propia naturaleza y con la realidad.
A menudo luchan contra algo que no es un enemigo, sino una parte de nuestra propia naturaleza. Muchas relaciones fracasan no por mala voluntad, sino porque las personas quieren cambiar su propia naturaleza o la del otro antes siquiera de haberla comprendido.
Quien vive en contra de su propia naturaleza suele perder mucho más que la tranquilidad y la paz interior. Sufre, a veces en silencio, y en ocasiones, de manera visible.
No todo lo que ha sido puesto en nosotros debe ser superado, redefinido o explicado constantemente. Hay cosas que necesitan ser reconocidas, aceptadas y vividas con responsabilidad.
Quien quiere cambiarlo todo corre el riesgo de perder de vista aquello que desde hace tiempo es verdadero y, con ello, también la paz.
La paz con lo que es
A la naturaleza también le pertenece el hecho de que la vida tiene su propio ritmo. No todo puede cambiarse, y algunas cosas no son como son porque las hayamos elegido, sino porque forman parte de la vida. El invierno es frío y el verano es caluroso.
La paz empieza allí donde aceptamos lo que es, porque comprendemos que no todo está en nuestra contra simplemente porque no lo hayamos elegido. Muchas cosas forman parte de la vida: el paso de las estaciones, nuestra condición mortal y nuestras limitaciones, las necesidades que pertenecen a nuestra naturaleza, las verdades interiores que no pueden ser eliminadas con el pensamiento y también ciertas cosas que Dios nos ha concedido.
Podemos agotarnos luchando contra ello una y otra vez. O podemos aprender a aceptarlo sin quebrarnos interiormente. No todo se vuelve fácil por ello, pero muchas cosas llegan a ser difíciles precisamente por nuestra resistencia constante. Quien no lucha contra todo aquello que de todos modos no puede cambiarse, obtiene libertad y paz interior.
Precisamente esto resulta difícil para muchas personas hoy en día. Nos hemos acostumbrado a considerar casi todo como algo negociable, susceptible de optimización constante, de ser rediseñado o cuestionado interiormente. Con el tiempo, incluso lo evidente deja de parecer evidente.
No es difícil hablar de lo natural. Lo difícil es vivirlo de verdad. Porque muchas cosas se vuelven artificiales precisamente cuando nacen únicamente de la mente. Quien intenta forzar la naturalidad suele alejarse de ella.
Muchas cosas no pueden cambiarse rápidamente y algunas no pueden cambiarse en absoluto. Sin embargo, el hecho de que luches contra ellas, te distancies interiormente de ellas o aprendas a aceptar lo esencial te moldea. Moldea tu manera de vivir, la forma en que influyes en el mundo y aquello en lo que te conviertes con el paso del tiempo.
Donde empieza la paz
La paz con la naturaleza no significa hacerlo todo correctamente. Comienza allí donde una persona deja de vivir en contra de aquello que pertenece a la vida, tanto exterior como interiormente.
Cuando ya no es necesario combatirlo todo, renegociarlo todo o rechazarlo interiormente, lo primero que suele cambiar no es el mundo, sino la manera de estar en él. La persona se vuelve más serena, más clara y nuevamente más receptiva a aquello que siempre ha estado presente.
Entonces la atención crece casi por sí sola. Ya no se trata simplemente de pasar por la vida, sino de estar más presente en aquello que sale a nuestro encuentro. Lo que antes pasaba desapercibido vuelve a revelarse: un instante de silencio, un árbol movido por el viento, una mirada amable o un pensamiento propio que durante mucho tiempo no había sido escuchado.
También dentro de nosotros muchas cosas pueden volver a ocupar su lugar. Lo que es natural puede volver a ser natural. Lo que realmente nos pertenece —quienes somos en verdad— no necesita ser combatido constantemente ni reinventado una y otra vez. Y algunas cargas pierden peso cuando dejamos de luchar interiormente contra ellas.
Así, la paz rara vez crece de forma ruidosa o repentina. Más bien crece en silencio. Se manifiesta en la forma en que una persona se relaciona con los demás y en cómo vive con aquello que la vida le ofrece.
Porque la paz rara vez permanece solamente en una persona. Continúa irradiándose más allá de ella.
József Lödi
Cardenal, Arzobispo Nacional de Hungría
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