20/11/2022
Estamos ante ti Jesús, reunida toda la comunidad, delante de la cruz.
Parece que arrodillarnos delante de la Cruz es un gesto de otro momento del año: de Viernes Santo por ejemplo. Pero no, hoy y siempre tiene todo el sentido ponernos de rodillas delante de ti, crucificado.
Hoy toda la Iglesia celebra la fiesta en la que te reconocemos como Rey. ¿Y qué quiere decir esto? ¿Qué tipo de Rey eres tú, Jesús?
Rey de toda la creación, Rey de toda la familia humana. Hoy celebramos que tú eres la plenitud, el destino de toda la humanidad, la persona a la que entregar nuestra vida.
El único en quien merece la pena creer y el único al que merece la pena seguir. Tú, Jesús, eres el único al que merece la pena escuchar.
Celebramos esta fiesta de Cristo Rey porque tú eres el único que puede dar sentido a nuestra vida. Tú, Jesús, nos marcaste con tu manera de vivir el buen camino en la vida, la manera en la que vivir tiene sentido y merece la pena.
Jesús, tú nos enseñaste cómo ser hermanas y hermanos, tú nos enseñaste a compartirlo todo, a perdonarlo todo, nos enseñaste el camino del Amor.
Jesús, tú eres la esperanza de quienes ya la perdieron, el consuelo de los que viven en medio de dificultades, parecidas a las que tú pasaste. Cuando esas personas te miran a ti crucificado, encuentran ánimo, fuerza y esperanza para seguir adelante.
Jesús, tú eres la fuerza de quienes luchan hasta el final, de quienes se entregan sin medida, de quienes queremos vivir el amor hasta sus últimas consecuencias, igual que lo hiciste tú.
Venga a nosotros tu Reino, el Reino de Dios. Ayúdanos a acogerlo, a construirlo, a reconocer el reino en nuestra vida y en la de los demás. Te pedimos, Jesús, que nos enseñes a encontrar tu Reino de hermandad, que nos ayudes a acogerlo y trabajar por él.
Danos tu sabiduría, que ella nos abra los ojos del corazón para distinguir con claridad tus propuestas, las que llevan a la liberación y salvación de todas las personas. Ayúdanos a actuar desde ahí, desde tu fe, desde el amor.
Tu, nuestro rey, no eres un rey cualquiera. Como decía aquel escolapio que entregó su vida por los niños y niñas de México, Chinchachoma: Eres un rey escupido, ninguneado, que te entregaste por todos hasta el final, que nos amaste en la cruz. Ayúdanos Señor a amar como tú amas, ayúdanos a entregarnos a quienes son escupidos y ninguneados. Perdónanos por todas las veces en las que actuamos desde el egoísmo, el miedo, olvidando este amor tan grande.
¡Qué paradoja la de tu reinado! La invitación que nos haces a servir incondicionalmente, muchas veces, nos asusta. Pero es desde la cruz, desde abajo, y no desde el poder, como llega tu Reino. La flaqueza de tu cruz es la fuerza y el poder de Dios.