07/06/2026
Primera etapa cumplida. Las calles abarrotadas de fe y entusiasmo para recibir cálidamente al Santo Padre. Había ganas de salir en multitud para elevar el canto de la gratitud ante alguien que merece la pena, que viene con su paz desarmada y desarmante para poner en los corazones la Buena Noticia. Pero la cita primordial de la mañana estaba en el Palacio Real. El rey como anfitrión junto a la familia real, abrió las puertas del impresionante y emblemático edificio que tantos secretos custodia, tuvo unas palabras de bienvenida que fueron verdaderamente elocuentes. Trazó la geografía y la historia de España, que desde hace dos mil años rezuma su clave cristiana: la fe de un pueblo, la cultura que nos identifica, aquello que nos une junto a la lengua de Hispania, tiene ese inequívoco marchamo que se deriva del hecho católico de nuestra gente porque tenemos desde hace veinte siglos unas raíces cristianas. Ha glosado el rey el valor que supone esta connivencia y convivencia entre España y la Iglesia Católica a través del tiempo. El compromiso eclesial de sacerdotes y diáconos, de religiosos y religiosas, de jóvenes y voluntarios: ¡qué enorme labor social, educativa, asistencial, pastoral y misionera en tantos lugares donde la Iglesia se hace presente con sus hijos! Felipe VI se hace portavoz del reconocimiento y gratitud de todo un pueblo. No ha querido obviar el contrapunto que puede suponer el tema de los abusos de menores, pero ha señalado con audacia y valentía, que esa minoría de abusadores no representa la inmensa comunidad eclesial, frente a los que se ensañan focalizando sólo en la Iglesia esa desgracia de crímenes terribles.
Subrayando la sólida formación científica del Santo Padre, el rey ha querido mencionar la primera encíclica del papa para reivindicar que la persona debe estar siempre en el centro de la vida, sin que sea eclipsada, desplazada o sustituida por anónimos y artificiales algoritmos. Y como colofón de ese vibrante discurso de un rey católico que da la bienvenida al Sucesor de Pedro, ha recordado su Majestad las primeras palabras del que estrenaba su pontificado minutos después de ser elegido con aquella humilde petición: “ayudadnos a construir puentes con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un único pueblo siempre en paz”. Ha sido un oportuno recordatorio ante un auditorio con todas las autoridades políticas y diplomáticas de nuestro país: construir los puentes de la concordia y convivencia, y no cavar las trincheras de la insidia y la confrontación que se derivan de las corrupciones y las mentiras.
Con una sintonía preciosa, el Santo Padre ha dejado en su primera intervención un claro sabor de esperanza y de ánimo moral. También el papa ha señalado el vínculo histórico de España con el Evangelio, que a través de los dos mil años ha dejado una profunda huella espiritual, cultural y social en nuestro pueblo desde la siembra apostólica de Santiago el Mayor: la fe popular como auténtica dramaturgia de la salvación, el patrimonio artístico y musical, las cofradías y las asociaciones caritativas… son un testimonio vivo del encuentro entre Cristo y el pueblo español, un pueblo lleno de pasión que ama la vida y lo manifiesta.
No viene el papa como un mandatario a una cumbre de políticos, sino como él ha afirmado, viene para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, pero también para facilitar y acompañar la reconciliación y cooperación profunda entre las distintas fuerzas de nuestra Nación. Por eso ha revalidado también el papa que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, lo que genera una sólida convivencia próspera y estable. Y ha recordado cómo la verdad es siempre mas grande que nosotros, hasta el punto de sorprendernos y atraernos a una reconciliación purificada, capaz de entablar un diálogo con los otros y con Dios.
Pero ha querido poner dos referencias inmediatas de dos hijos de la Iglesia que marcaron el rumbo de la honda renovación en una coyuntura histórica complicada como fue el siglo XVI. De San Juan de la Cruz ha citado su poemario de la noche oscura cuando se nos apagan hoy día tantos caminos que no conducen a nada. Es en esa penumbra donde nace el reconocimiento de que hemos nacido para la luz a pesar de las negruras del momento actual, y la sociedad necesita hombres y mujeres en la vid pública, que intuyan esa luz desde la oscuridad, que poco a poco nos traerá el don de la paz y la civilización del amor.
En este sentido, con Santa Teresa de Ávila, nos ha adentrado en el castillo interior, avanzando de habitación en habitación hasta llegar a lo más íntimo del corazón: allí la mente se abre, las contradicciones se resuelven, las tensiones se disuelven y el universo se convierte en hogar. La Iglesia católica, ha dicho está al servicio de esta sed del corazón humano, desde el testimonio evangélico de los mártires y los santos, trabajando por el futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz.
De ahí su incisiva y valiente invitación, por amor a la verdad, a abandonar narrativas divisivas y polarizantes en nuestra historia remota y actual. Así podríamos aportar algo precioso para la construcción de nuestra vocación de Europa, en la que España ha tenido un protagonismo especial siempre en el viejo Continente. No levantando muros ni usando las armas, sino usando el diálogo, la convivencia sin traicionar las propias raíces, como España demostró en el encuentro entre judíos, cristianos y musulmanes. Elegir, como hizo San Ignacio de Loyola, la paz en lugar de las armas, los santos en vez de los poderosos, transformando así las crisis en gracia.
Las palabras del papa León XIV han caído en una tierra que estaba necesitada de esa semilla cordial de verdad que no traiciona, de bondad que no se embrutece y de belleza que embelesa. Es el paso del Evangelio que nuevamente nos trae su heraldo como Sucesor de Pedro en esta tierra de raíz cristiana, en esta tierra de María.