01/10/2020
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Cuando estuve en el ejército atendí a un soldado moribundo, al cual yo conocía, y le pregunté si quería enviar a su madre algún mensaje conmigo. Me contestó: “Sí. Por favor dígale que muero con toda felicidad”. Le pregunté otra vez si quería algo más, y me dijo: “Sí. Escriba usted, por favor, a mi maestra de la escuela dominical y dígale que muero con toda felicidad.” Le pregunté otra vez si quería algo más, y me dijo: “Sí. Escriba usted, por favor, a mi maestra de la escuela dominical y dígale que muero como cristiano, fiel a Cristo; y que nunca olvidé las buenas enseñanzas que ella me dio”. Yo conocía a esa maestra; y le escribí. Pocas semanas después me contestó:”...¡Que Dios me perdone! ¡Que Dios me perdone! Pues hace un mes renuncié a mi cargo de maestra de escuela dominical, porque yo pensaba que mi trabajo con esos niños no servía ni valía para nada... e impulsada por mi cobarde corazón, y por falta de fe, abandoné a mis alumnos... y ahora recibo la carta de usted en la que me dice que mi enseñanza fue un medio para ganar un alma para Cristo... ¡Estoy decidida a trabajar otra vez en el nombre de Cristo, y le seré fiel hasta el fin de mi vida! -ANÓNIMO Etiqueta a tu maestro de escuela dominical