05/05/2026
Los tardos
Estas malignas criaturas son un tipo de duendes de la mitología gallega que pueden llegar a confundirse con los relativamente inofensivos trasnos. Sin embargo, si nos fijamos bien, podremos ver que su aspecto, como ellos mismos, es mucho más perverso y cruel que el de sus primos.
Los tardos comparten con los demás duendes el hecho de ser pequeños y de tener ese aspecto humanoide desgarbado y achaparrado que los caracteriza. Pero lo perturbador está en las diferencias. Comencemos con ellas:
Su piel es verdosa, malsana.
Sus ojos están muy hundidos en su pequeño cráneo y son negros, pequeños, crueles e inexpresivos como los ojos de un tiburón.
Tienen muchos dientes, muy afilados y de color verdoso a causa de la suciedad.
Todos los tardos poseen una espada pequeña y afilada. Son los únicos duendes en toda la península con este rasgo.
Los tardos no tienen un agujero en ninguna de las dos manos.
Estos seres son, en general, peludos y desastrados. Además, tienen la costumbre de dejarse crecer una larga barba que siempre siempre tienen descuidada y sucia. Visten ropas viejas y rotas. El único elemento de la vestimenta que parece repetirse en todos ellos es un gorro que, independiente de lo descuidado y sucio que esté, es rojo.
Los tardos son criaturas de hábitos nocturnos y acostumbran a vivir bajo tierra, en cuevas no muy lejanas a las casas de los pueblos. Esto contrasta con las costumbres de los trasnos, sus primos. A ellos les gusta vivir dentro de las casas, pues viven como marqueses a espensas de sus ocupantes y, por si eso fuese poco, disfrutan continuamente con su pasatiempo favorito: vacilar al ser humano.
Los tardos también acostumbran a visitar las casas, pero lo hacen con un propósito mucho más oscuro. El primer paso es excavar pequeños túneles o agujeros que utilizan para colarse dentro de las viviendas de una manera bastante tétrica: a través del suelo.
Una vez dentro, curiosean y fisgan por todos lados, pero no revuelven nada. Desastrados y perversos como son, ¡No soportan el desorden! Si cogen algo, si mueven algo, después lo vuelven a dejar cómo estaba. También sienten curiosidad por el contenido de las jarras y recipientes que hay por la casa. Tienen que inspeccionarlo todo o no se quedan tranquilos.
Un detalle curioso es que, según algunas narraciones, les encantan las devanaderas. Si tenemos una en casa, hay que dejarla a la vista, pues se ponen a darle vueltas y se pasan así toda la noche.
Dos son las características que diferencian radicalmente a los tardos de otros duendes. La primera es la pequeña y afilada espada que tienen todos y cada uno de ellos, pero la realmente importante es la segunda: provocar pesadillas. Los tardos tienen el poder de provocar pesadillas sentándose sobre el pecho de las personas mientras duermen. Y lo malo es que les encanta. Es su cruel y malsana aficción favorita.
Se acercan a los durmientes en silencio y se suben a sus pechos, causandoles opresión, dolores, una desagradable sensacion de ahogo y terribles pesadillas.
Los tardos suelen cuidarde mucho de que los humanos los vean. El motivo es sencillo: son muy cobardes. Si son descubiertos o se ven en una situación peligrosa no se defenderán, ni se revolverán. Ni siquiera emprenderán la huida, sinó que llorarán y suplicarán pidiendo perdón.
Cómo deshacernos de ellos.
Los tardos son invisibles a los ojos de los seres humanos a no ser que deseen lo contrario, cosa que rara vez sucede. Sin embargo, los perros y los gatos si que pueden verlos con completa nitidez. Es por este motivo que los tardos, como cobardes que son, les tienen auténtico terror.
De aquí sacamos la primera manera de librarnos de estos seres: tener perros y gatos en casa y, sobre todo, dejarles que duerman en nuestra habitación. Otra manera de evitar las indeseables atenciones nocturnas de los tardos es dejarles por la casa un cuenco con cualquier tipo de grano. Ya sabemos que son muy curiosos y querrán inspeccionar el cuenco y su contenido.
Cuando ven que este contenido se puede contar, se les mete en la cabeza saber la cantidad exacta de granos que hay y comienzan a contarlos de uno en uno. Desgraciadamente para ellos, sólo saben contar hasta cien (o hasta diez, depende de la historia).
De esta manera, se confudirán una y otra vez y les irá pasando la noche. Cuando el amanecer se acerque, como no soportan la luz, se apresurarán en volver a sus refugios subterráneos sin haber llegado a importunar a los durmientes.