31/07/2026
Hoy la Compañía de Jesús está de celebración. Celebra, con memoria agradecida, la figura de su fundador, san Ignacio de Loyola. No podía acompañarnos un evangelio más oportuno. Jesús nos recuerda que ser discípulo suyo significa ponerle en el primer lugar de la vida, dejar que Él oriente nuestras decisiones y recorrer su camino con libertad y confianza. La vida de Ignacio es una hermosa encarnación de este Evangelio. Aquel hombre bueno que decidió entregarse a Dios después que la bala de una bombarda le rompiera sueños y futuro. Soñaba con ser un hombre de armas, caballero enamoradizo de nobles damas en la corte de los reyes de España; pero sus sueños caen como un castillo de naipes con el soplo de aquel viento que le trajo un futuro inesperado que transitaría por caminos y con compañeros también nuevos. Aquella herida, que parecía un fracaso, se convirtió en el comienzo de una vida nueva, porque Dios fue capaz de escribir esperanza sobre las ruinas de sus proyectos. Se puede decir que Ignacio supo ver cómo el misterio de Dios está en todas las cosas y habla en todos los acontecimientos, incluso en aquellos que parecen irreversibles; aunque no sería la única vez que aprendería a interpretar el camino por el cual Dios le iba dirigiendo: los escrúpulos en Manresa, la Inquisición, la frustración de no poder ir a Jerusalén, su larga preparación en letras y teología... Así, san Ignacio nos enseña que incluso los grandes fracasos y los cambios abruptos de la vida pueden transformarse en llamadas profundas a un sentido mayor. Y su proceso de conversión, marcado por rupturas y renuncias, es ejemplo de cómo la fragilidad humana puede ser el lugar donde germina la esperanza. Como el hombre prudente del Evangelio, aprendió a discernir antes de decidir, buscando siempre la voluntad de Dios y no la propia. En su búsqueda incansable de Dios, Ignacio descubrió la belleza de dejarse moldear por el Espíritu, aprendiendo que la verdadera grandeza no está en los honores terrenales, sino en la entrega generosa al servicio de sus semejantes, bajo la bandera del Reino y siguiendo con el modo de proceder de Jesús. Descubrió que solo un corazón libre puede seguir de verdad a Cristo y que nada merece ocupar el lugar que solo corresponde al Señor. Nada parecía parar a aquel hombre, amante de la Iglesia, que quería dar su vida desde la identificación e imitación de Cristo; primero siguiendo el ejemplo de aquellos santos que había leído en los libros, y, luego, dejando que fuera el mismo Señor el que le fuera enseñando como un maestro a un alumno en una escuela. Y, ciertamente, el Señor le irá hablando a través de los acontecimientos de la vida, porque todo acontecimiento es el momento oportuno para aprender el lenguaje de Dios a través de la oración, el discernimiento y el examen cotidiano, sabiendo elegir aquello que más le pudiera conducir a su fin, que es el principio y fundamento de la vida del compañero de Jesús: amar y servir a Dios en el amor y el servicio encarnado en nuestros hermanos más pequeños. Ahí reside la actualidad del mensaje de Ignacio: aprender a escuchar a Dios en la vida concreta y responder con generosidad a su llamada. Su legado nos invita a mirar nuestra vida con ojos de asombro y gratitud, sabiendo que en lo cotidiano también se esconde lo divino. Al igual que él, estamos llamados a discernir, a escuchar el susurro de Dios en medio del ruido y a responder con valentía a la invitación de amar más y mejor. Que su ejemplo inspire nuestro deseo de encontrar a Dios en todas las cosas, y de vivir una fe comprometida que se traduzca en gestos concretos de justicia y compasión. Finalmente os pido, humildemente, que elevéis vuestra oración por aquello que él fundó junto a sus compañeros: la Compañía de Jesús. Que el Señor nos conceda, por intercesión de san Ignacio, la gracia de seguir a Cristo con un corazón libre, de buscar siempre su mayor gloria y de servir con alegría a nuestros hermanos allí donde más nos necesiten. Buenos días!!! (Juanjo Martínez, sj)