03/06/2026
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«Reaviva el don de Dios que hay en ti […], pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza», le dice Pablo a Timoteo. Recogiendo ese consejo dirigido a nosotros, reconocemos que hemos de poner nuestro corazón en clave de agradecimiento por tanto que Dios ha hecho por nosotros, sobre todo por habernos entregado a su propio Hijo, que entregó su vida para que nosotros tengamos vida. Porque en Cristo intuimos, experimentamos con una certeza inextinguible, que nuestro Dios «no es Dios de mu***os, sino de vivos», que apuesta por la vida y quiere, antes que todo, nuestro bien y nuestra felicidad. Como le decía Jesús a Nicodemo, Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar y condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él desde la fe. Y es Él el que nos ha llamado, perdonado y enviado a ser «apóstoles llamados a anunciar la promesa de la vida que hay en Cristo». Nos toca levantarnos, llenos del ánimo y la fuerza de la vida que hay en nosotros para dar testimonio de la misericordia del Viviente, y, así, que otros también se levanten, tomen sus camillas y retomen el camino de una vida nueva en el Espíritu. Es ésta la huella que deja el Evangelio de hoy en nuestros corazones, en el que un grupo de saduceos se acerca a Jesús para plantearle una pregunta absurda derivada de la ley del levirato, desconfiando de él y ridiculizando la resurrección. No se acercan a él desde la fe, ni siquiera desde la legítima duda ante el misterio de la muerte, sino desde la cerrazón ideológica y manipuladora, que intenta reducir la imagen de Dios a sus propios esquemas. Ante esta pregunta, Jesús nos transmite que quien está en Dios tiene Vida, ahora y después de esta existencia terrena, y transmite Vida, encarnada en la esperanza y la alegría que se pueda transmitir. Porque es el Dios que apuesta por la humanidad, apuesta por cada uno de nosotros. El verdadero problema, aunque no deja de serlo, no es morir sino vivir en Dios, que es en esencia la Resurrección, que no podemos observarla con categorías meramente temporales y limitadas, ni tan siquiera como algo a vivir después de esta vida solamente, es algo que hemos de gustar aquí y ahora, creando ámbitos de resurrección que nos hagan pregustar lo que puede ser vivir en la presencia de Dios, aunque limitadamente. Oremos esta mañana para que el Señor que derrame su gracia sobre nosotros para que seamos capaces de transmitirles la vida que el Señor nos ha llamado a vivir. No dejemos de esforzarnos por crear espacios de vida, espacios de resurrección en nuestras realidades cotidianas. Viviendo nuestro propio sufrimiento y acompañando el sufrimiento de los demás desde una certeza y una luz nuevas. Porque la Vida que estamos llamados a comunicar no es simplemente una promesa, sino una gracia que actúa desde un amor apasionado por el bien de mis hermanos. Buenos días!!! (Juanjo Martínez, sj)