03/08/2026
En el Evangelio de hoy, Jesús acaba de enterarse de la muerte de Juan el Bautista y se retira a solas a un lugar desierto. Pero la gente lo sigue, y cuando desembarca y los ve, no se encierra en su propio dolor, sino que se compadece y se entrega. Es un detalle que dice mucho de cómo debemos entender el amor, no hay que esperar a tener todo en orden para entregarse.
Además, cuando los discípulos ven que la gente tiene hambre, su reacción parece la más lógica del mundo. Pero Jesús les pide algo completamente diferente, que sean ellos quienes den, con lo poco que tienen. Y lo hace porque sabe algo que ellos todavía no conocen: que lo que se pone en sus manos siempre alcanza, siempre llena.
De hecho, no hubo justo lo suficiente, sino que sobró. Eso es lo que pasa cuando ponemos lo que tenemos en manos de Cristo, que la escasez deja de ser el límite, por poco que sea. Hoy merece la pena preguntarse qué estamos guardando por miedo a que no sea suficiente, porque puede que sea exactamente eso lo que él está esperando recibir.