13/10/2024
15. AGAR.
Introducción. Hoy os presento a Agar, que es la madre del primogénito de Abraham, de Ismael, aquel que: «Bendecirá a todos los pueblos de la tierra» (Gen 12,3). Agar significa “recompensa”, “la que emigra”, “la huida. Quizá su vida no coincida con la nuestra, pero resuena en nuestras propias emociones y experiencias de dolor, de búsqueda, de Dios, de la felicidad. Toda la Biblia está en cada persona. Somos Adán y Eva, el mal y el bien, y también somos Agar. La experiencia religiosa supone un viaje de ida y vuelta, un camino interior, a lo profundo y un camino hacia la realidad, hacia el mundo, hacia el encuentro y el compromiso. Agar está relacionada íntimamente con Sara, ella era la esclava, y Sara la señora. Esclava es una palabra que no precisa adjetivo. Deja de ser persona, es un objeto. Era una egipcia esclava, curiosamente siglos después los esclavos en Egipto serán los israelitas, los descendientes de Abraham. La vida da muchas vueltas y los primeros a veces se vuelven últimos, y muchos últimos serán primeros. Agar siendo esclava llegó a ser matriarca de sangre y espíritu de un gran linaje que se ha desplegado por los siglos y por toda la tierra. Es la matriarca directa y única de la etnia árabe, y del Islám. Es la mujer que saliendo de la casa donde es maltratada y donde entran en conflicto por su linaje, superando los peores problemas, alcanza la tierra de liberación y un agua sin final.
Lo que Dios nos dice. «Al ver que el hijo de Agar, la egipcia, y de Abrahán jugaba con Isaac, Sara dijo a Abrahán: «Expulsa a esa criada y a su hijo, pues no va a heredar el hijo de esa criada con mi hijo Isaac». Abrahán se llevó un disgusto, pues era hijo suyo. Pero Dios dijo a Abrahán: «No te aflijas por el muchacho y la criada; haz todo lo que dice Sara, porque será Isaac quien continúe tu descendencia. Pero también al hijo de la criada lo convertiré en un gran pueblo, pues es descendiente tuyo». Abrahán madrugó, tomó pan y un odre de agua, lo cargó a hombros de Agar y la despidió con el muchacho. Ella marchó y fue vagando por el desierto de Berseba. Cuando se agotó el agua del odre, colocó al niño debajo de unas matas; se apartó y se sentó a solas, a la distancia de un tiro de arco, diciendo: «No puedo ver morir al niño». Se sentó aparte y, alzando la voz, rompió a llorar. Dios oyó la voz del niño, y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo; le dijo: «¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha oído la voz del chico, allí donde está. Levántate, toma al niño y agárrale fuerte de la mano, porque haré que sea un pueblo grande» (Gn 21,9-18).
Dios es capaz de acoger la condición de egipcia y de esclava y darle una dignidad común a todo ser humano. Agar es maestra para todos aquellos que nos hemos sentido “la otra”, “el otro”, “los nadie”. Se sentía excluida por extranjera, por esclava, por mujer. Es la que comprende a todos los quer alguna vez nos sentimos extraños, sin encajar en los diferentes ambientes de nuestra vida. Agar es la que emigra, como los millones de refugiados e inmigrantes que en la actualidad se desplazan buscando un futuro mejor. Cada hombre y cada mujer de la historia y del mundo es hijo e hija de Dios, es su imagen viva (Gn 1,26). Somos Teofanías, manifestación viva de Dios. No hay nada más sagrado que una vida humana.
«Saray, la mujer de Abrán, no le daba hijos; pero tenía una esclava egipcia llamada Agar. Saray dijo a Abrán: «El Señor no me concede hijos, llégate, pues, a mi esclava a ver si tengo hijos por medio de ella». Abrán aceptó la propuesta de Saray. Así, a los diez años de habitar Abrán en Canaán, Saray, la mujer de Abrán, tomó a Agar, la esclava egipcia, y se la dio a Abrán, su marido, como esposa. Él se llegó a Agar y ella concibió. Al verse encinta, le perdió el respeto a su señora» (Gn 16,1-4).
En la antigüedad nacer estéril era una maldición. Que una mujer no pudiera engendrar era señal de castigo de Dios. Por eso nace la rivalidad entre Sara y Agar. Sara decidió abandonar a Agar y a su hijo en el desierto.
«Abrán dijo a Saray: «En tu poder está tu esclava, trátala como te parezca». Saray la maltrató y ella se escapó. El ángel del Señor la encontró junto a una fuente en el desierto, la fuente del camino de Sur, y le dijo: «Agar, esclava de Saray, ¿de dónde vienes y adónde vas?». Ella respondió: «Vengo huyendo de Saray mi señora». El ángel del Señor le dijo: «Vuelve a tu señora y sométete a su poder». Y el ángel del Señor añadió: «Haré tan numerosa tu descendencia, que no se podrá contar». Y el ángel del Señor concluyó: «Mira, estás encinta, darás a luz un hijo y lo llamarás Ismael, porque el Señor ha escuchado tu aflicción» (Gn 16,6-11).
Cómo podemos vivirlo. En esta historia de aparente fracaso Agar se muestra como la que se encuentra con Dios de forma experiencial. Muchas veces los caminos intrincados y complejos son los que nos hacen acercarnos existencialmente a la fe. Dios nos encuentra a través de sus ángeles. Convierte el desierto en un oasis, en pozos de agua viva. Dios sale a nuestro encuentro, como al de Agar y nos da un nombre y una nueva dignidad. De la huida a la aceptación confiada de unos caminos que nos trascienden, pero que Dios habita.