18/08/2026
Pequeñas luces para cada día.
La cruz cotidiana:
El Señor podría haberse defendido o haber pedido que lo defendieran. Podría haber pronunciado palabras que justificaran su inocencia: «Soy inocente, ¿por qué habría de padecer?» Pero no lo hizo. Aceptó la cruz sin protesta, sin huida, sin negociar con el dolor. La aceptó porque Él es Amor, y el Amor no se excusa: se entrega.
La cruz es cada segundo de la vida. Puedes aceptarla o rechazarla, puedes huir de ella o caminar hacia ella. Él la aceptó. Y ahora sabes dónde encontrarlo: en la cruz que te toca, en la cruz que te espera, en la cruz que Él ya abrazó antes que tú.
Nuestra fuerza no está en la huida, sino en la decisión silenciosa de dejar lo nuestro para seguirle. Cada segundo exige ese abandono interior, ese “sí” que abre el alma y la vuelve fecunda.
Pocos reconocen esta cruz. Muchos buscan cruces extraordinarias, visibles, heroicas; pero la cruz verdadera está aquí: en la aceptación de lo cotidiano, en lo que nadie ve, en lo que nadie aplaude.
Por la cruz que aceptas, recibes grandes gracias, y tu fe crece como un arroyo en crecida que se abre paso aun entre las piedras.
Toma tu cruz de cada día: las ofensas, las enfermedades, las críticas, las incomprensiones… Son realidades que el mal intenta usar para desviarte del camino. Pero cuando las enfrentas con Cristo, se convierten en la cruz que debes llevar y en el lugar donde caminas con Él, nuestro Señor.
Reflexión para la vida diaria: José Manuel Rojas G.