10/02/2025
*Quinto domingo del tiempo ordinario (Año C) (09/02/25)*
*Comentario a las lecturas Is 6,1-8; 1Cor 15,1-11; Lc 5,1-11*
Queridos hermanos, el Señor, ayer como hoy, no elige a los capacitados, sino que capacita, purifica, restaura y fortalece a los que elige. Las lecturas de hoy giran en torno a la tensión entre la llamada de Dios a la misión y la conciencia de indignidad del que está siendo llamado.
Isaías, al contemplar la majestad de Dios, se siente impuro, indigno (cf. Is 6,5). Será uno de los serafines quien purificará sus labios con uno de los tizones que ardían en el altar (Is 6,6-7). El cuerpo y la sangre de Cristo, único sacrificio agradable a Dios que entra en contacto con nuestros labios en la Eucaristía es quien, como a Isaías, nos libra del pecado y nos capacita para poder responder a la llamada con las palabras de Isaías: “Aquí estoy, ¡mándame!” (Is 6,8).
Unos 780 años más tarde, San Pablo, al recordar el kerygma; es decir, el núcleo del Evangelio a los corintios, insiste en cómo él fue el último de los apóstoles a quien se apareció el Señor resucitado, y que no lo merecía, puesto que por su comportamiento persiguiendo a los cristianos (cf. 1Cor 15,9) era “como un ser abortivo” (1Cor 15,8). Sin embargo, él mismo se admira de la fecundidad inmerecida que le ha regalado Dios, constatando siempre que “no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Cor 15,10).
Por último, el Evangelio de hoy demuestra una vez más cómo la fuerza de la Palabra de Jesús supera todo cálculo humano. Pedro amaba a Jesús, y por eso deja a un lado sus razonamientos de pescador experimentado y, fuera de horario (las mejores horas para pescar son la noche o la madrugada), cansado de haber bregado toda la noche, con las redes ya casi limpias, vuelve a remar “mar adentro” (Lc 5,4. Lit. ‘hacia lo profundo’ eis to báthos). Vale la pena fiarse de Jesús, si queremos experimentar esa fecundidad absoluta fuera de todo cálculo en el peor de los contextos que nos lleve a arrodillarnos ante la majestad de Dios, que es quien siempre conduce su Iglesia. Pídamosle al Señor afinar el oído y fiarnos de Él, que es más fuerte que nuestro pecado, que nuestra pequeña manera de calcular, y que nos promete la fecundidad. Ante su pregunta renovada: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”, respondámosle, como Isaías: “Aquí estoy, Señor, mándame” (Is 6,8)
Mn Iñaki