15/04/2026
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En el mundo de las cofradías, la figura del capataz debería ser sinónimo de liderazgo sereno, responsabilidad y respeto hacia quienes van debajo del paso. Sin embargo, no es raro encontrarse con quienes convierten ese papel en un pedestal desde el que alimentar su ego.
Hay capataces que olvidan que están ahí para guiar, no para imponer; para coordinar, no para lucirse. Confunden autoridad con soberbia y convierten lo que debería ser un acto de devoción colectiva en un espectáculo personal, donde la voz alta, el gesto exagerado y la necesidad de protagonismo pesan más que el trabajo en equipo.
Se aferran al ma****lo como si fuese un símbolo de poder incuestionable, cuando en realidad es una herramienta de servicio. Y lo peor no es solo la actitud, sino el ambiente que generan: costaleros tratados como piezas reemplazables, decisiones tomadas desde el orgullo y no desde el respeto, y una constante necesidad de demostrar “quién manda”.
Pero la verdad es otra: un buen capataz no es el que más grita ni el que más se hace notar, sino el que sabe escuchar, el que cuida a su gente y el que entiende que sin la cuadrilla no es nadie. Porque debajo del paso no hay egos, hay esfuerzo, compañerismo y confianza.
Quizá algunos deberían recordar que la grandeza en este ámbito no se mide por la autoridad que se ejerce, sino por el respeto que se gana. Y ese respeto no se impone a golpe de voz, se construye con humildad.