07/09/2026
7 DE SEPTIEMBRE DE 1910
LAS PRIMERAS ESTIGMAS DEL PADRE PÍO
Piana Romana, Pietrelcina.
Es aquí, bajo un gran olmo, donde el joven Padre Pío experimenta por primera vez en su vida los signos de la Pasión de Cristo.
Es el 7 de septiembre de 1910, poco menos de un mes después de su ordenación sacerdotal. Francesco Forgione, ya Padre Pío, tiene veintitrés años y se encuentra en Pietrelcina, obligado a permanecer con su familia debido a su delicado estado de salud.
Cuando no está en la iglesia o en la casa paterna, le gusta acudir a Piana Romana, una pequeña finca de la familia Forgione situada en el campo de Pietrelcina. Allí encuentra la soledad que tanto busca para la oración.
En el terreno hay una pequeña construcción rural y, al pie de un gran olmo, una sencilla cabaña hecha de troncos y paja. Padre Pío pasa allí muchas horas, especialmente durante el verano, rezando y recitando el breviario.
Es precisamente en aquella cabaña donde sucede algo que él mismo, durante mucho tiempo, no conseguirá ni explicar ni comprender.
AQUEL DOLOR EN LAS MANOS Y EN LOS PIES
La tarde del 7 de septiembre, Padre Pío siente un intenso dolor en las manos y en los pies.
En las palmas de las manos aparece también una pequeña señal rojiza.
Todavía no se trata de las heridas abiertas y sangrantes que aparecerán ocho años más tarde en San Giovanni Rotondo. El fenómeno de 1910 es, de hecho, diferente: los signos son pequeños, intermitentes y destinados a desaparecer, mientras que el dolor permanece.
Padre Pío no comprende lo que está sucediendo.
No habla inmediatamente de ello con sus hermanos de comunidad ni tampoco con su director espiritual. Al contrario, intenta guardar en silencio esta experiencia que lo perturba profundamente.
El primer testimonio escrito que poseemos es de un año más tarde.
LA CARTA DEL 8 DE SEPTIEMBRE DE 1911
El 8 de septiembre de 1911, Padre Pío escribe a su director espiritual, el Padre Benedetto da San Marco in Lamis, contándole finalmente lo que le está sucediendo.
Sus palabras son extremadamente importantes porque proceden directamente de él.
Escribe:
«Ayer por la tarde me sucedió una cosa que yo no sé ni explicar ni comprender».
Después describe lo que ha visto en las manos:
«En medio de la palma de las manos apareció un poco de rojo, casi del tamaño de una moneda de un centavo, acompañado también de un fuerte y agudo dolor».
Y precisa:
«Este dolor era más sensible en medio de la mano izquierda, tanto que todavía dura. También debajo de los pies siento un poco de dolor».
Pero hay otra frase de la carta que permite comprender que no se trataba de un episodio aislado:
«Este fenómeno lleva casi un año repitiéndose, aunque ahora hacía ya algún tiempo que no se repetía».
Es este testimonio el que permite situar el comienzo del fenómeno en 1910, poco tiempo después de su ordenación sacerdotal. El Portal oficial del Padre Pío conserva y presenta este testimonio del Epistolario I, 234.
LA «MALDITA VERGÜENZA»
Padre Pío explica también por qué esperó tanto tiempo antes de hablar de ello.
Escribe a su director espiritual:
«Siempre me he dejado vencer por aquella maldita vergüenza».
Es un detalle que aparece también en la documentación relativa a las primeras estigmas.
Padre Pío no intenta dar a conocer lo que le está sucediendo. No quiere llamar la atención sobre sí mismo y, sobre todo, teme hablar de una experiencia que él mismo no consigue comprender.
Su actitud es la de quien prefiere el silencio y la obediencia a su director espiritual.
Después de recibir la carta, el Padre Benedetto le recomendará precisamente que no manifieste a nadie las estigmas.
NO SOLO LAS MANOS Y LOS PIES
En la misma carta del 8 de septiembre de 1911, Padre Pío cuenta también otras experiencias físicas y espirituales que acompañan su vida de oración.
Hablando de la celebración de la Misa, describe una intensidad particular que experimenta sobre todo durante la oración:
«En el altar, a veces, siento tal ardor en toda la persona que no puedo describírselo».
Y añade:
«El rostro, sobre todo, me parece que quiere arder completamente».
Estas palabras son importantes porque muestran el contexto en el que se sitúa la primera experiencia de las estigmas: no como un episodio aislado, sino dentro de una vida espiritual ya profundamente marcada por la oración, la celebración de la Eucaristía y la participación interior en la Pasión de Cristo.
LAS ESTIGMAS INVISIBLES
Las manifestaciones de 1910 no permanecen siempre visibles.
Padre Pío hablará posteriormente de una primera experiencia en la que las estigmas fueron inicialmente invisibles o apenas visibles. Según lo que él mismo escribiría, después de pedir al Señor que retirara aquellos signos exteriores, las señales visibles desaparecieron, pero el dolor permaneció.
En su escrito autógrafo recuerda:
«Desde entonces no aparecieron más; pero, desaparecidas las heridas, no por ello desapareció el dolor agudísimo».
Este testimonio es especialmente significativo porque permite comprender la diferencia entre las primeras manifestaciones y lo que sucedería en 1918.
EL DOLOR CONTINÚA
El fenómeno no termina definitivamente en septiembre de 1910.
Durante los años siguientes, Padre Pío continuará hablando de los dolores en las manos, los pies y el costado.
En una carta del 21 de marzo de 1912 escribirá a su director espiritual:
«El corazón, las manos y los pies me parece que están atravesados por una espada».
Son palabras que muestran cómo, incluso después de la desaparición de los signos exteriores, la experiencia dolorosa continúa acompañándolo.
DE PIANA ROMANA A SAN GIOVANNI ROTONDO
Por tanto, hay que distinguir con precisión dos momentos de la vida del Padre Pío.
El primero es el del 7 de septiembre de 1910, en Piana Romana: los primeros estigmas, manifestados inicialmente mediante signos y dolores en las manos y los pies, que después desaparecen en su manifestación exterior.
El segundo es el del 20 de septiembre de 1918, en el convento de San Giovanni Rotondo.
En 1918, Padre Pío, durante la acción de gracias después de la Misa, vive otra experiencia mística. Ante él aparece una figura misteriosa con las manos, los pies y el costado ensangrentados.
Después de aquella visión aparecen en su cuerpo las cinco llagas de la Pasión: las estigmas permanentes.
Esta vez las heridas permanecerán visibles durante cincuenta años, hasta la muerte del Padre Pío, ocurrida el 23 de septiembre de 1968.
La distinción entre ambos momentos también ha sido recordada por la Santa Sede. En 2008, el cardenal Tarcisio Bertone, hablando en Pietrelcina, recordó los «primeros estigmas» recibidas bajo el olmo de Piana Romana el 7 de septiembre de 1910, mientras que en 2018 la visita del Papa Francisco a Pietrelcina y San Giovanni Rotondo estuvo relacionada precisamente con el centenario de la aparición de las estigmas permanentes de 1918.
EL OLMO DE PIANA ROMANA
Todavía hoy, Piana Romana conserva la memoria de este momento de la vida del Padre Pío.
En el lugar donde se encontraba el antiguo olmo se construyó una capilla y, precisamente delante de aquel árbol, el Papa Francisco, durante su visita a Pietrelcina el 17 de marzo de 2018, se detuvo para rezar.
La Santa Sede recuerda que el Papa permaneció en la Capilla de San Francisco, delante del olmo de las estigmas, en el lugar donde la memoria del Padre Pío conserva el recuerdo de la primera manifestación de las estigmas.
Piana Romana sigue siendo así uno de los lugares fundamentales de la historia del Padre Pío.
Aquí, en el silencio del campo de Pietrelcina, incluso antes de que sus manos fueran conocidas en todo el mundo, comenzó aquel particular camino mediante el cual Padre Pío sería llamado a vivir en su propia carne el misterio de la Pasión de Cristo.
El 7 de septiembre de 1910 no es, por tanto, la fecha de las estigmas permanentes, sino la fecha de las primeras estigmas del Padre Pío: el primer signo exterior de una experiencia que, ocho años después, encontraría su manifestación definitiva el 20 de septiembre de 1918 en San Giovanni Rotondo.
PIANA ROMANA – PIETRELCINA
En la pequeña capilla de Piana Romana, en Pietrelcina, se encuentra una estatua de madera que representa al joven Padre Pío, arrodillado en oración ante el Crucifijo.
La obra fue inaugurada y bendecida en junio de 2013 y representa al Padre Pío a la edad de unos 24 años, durante el período en que, recién ordenado sacerdote, acudía a Piana Romana para rezar bajo el olmo de la familia Forgione. Precisamente en este lugar, el 7 de septiembre de 1910, se manifestaron por primera vez los signos de las estigmas.
La capilla conserva, además, lo que queda del antiguo olmo bajo el cual Padre Pío rezaba y que la tradición y las fuentes locales relacionan con la primera manifestación de sus estigmas.
La estatua y el Crucifijo recuerdan así al joven fraile recogido ante Cristo, en el lugar donde comenzó esta particular experiencia de su vida.