Ministerio Ley de Vida

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Cuando Jesús habla, Su Reino nos visita y algo cambia en nosotros. El estado del corazón es lo que determina si oyes Su ...
01/06/2026

Cuando Jesús habla, Su Reino nos visita y algo cambia en nosotros. El estado del corazón es lo que determina si oyes Su voz o si terminas conversando contigo mismo.

Jesús dijo: “Arrepentíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado”, y luego, cuando llamó a Pedro y Andrés, “al instante dejaron la barca y le siguieron” (Mateo 4:17‑22). No cuestionaron nada y obedecieron la voz de Dios: soltaron todo sin mirar atrás. Pero debemos saber cuál es la voz de Dios, sino empezamos a hablar con nosotros mismos y esa manifestación de Su Reino solo queda en la memoria.

Muchas veces, como el fariseo de Lucas 18:9‑14, confiamos en lo que hicimos bien o mal y terminamos orando “con nosotros mismos”. En cambio, el publicano, golpeándose el pecho, dijo: “Sé propicio a mí, pecador”, y él fue justificado. La humildad abre el corazón para oír a Dios. Hechos 9:1‑16 cuenta que Saulo respiraba amenazas contra la Iglesia, pero una luz del cielo lo rodeó y oyó: “Saulo, ¿por qué me persigues?” Era Cristo, a quien en realidad perseguía. En un instante dejó su vida pasada y dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Y se quedó en esa posición de corazón, esperando la voz de Dios. Después de esto para Pablo no había nada más importante ni necesario que conocer a Jesús (Filipenses 3:8).

Tenemos necesidad de información, pero de lo que nosotros queremos. En cambio, Pablo no quería saber nada más que lo que Dios quisiera revelarle, y eso hacía que hablara con poder; con el respaldo de Dios (1 Corintios 2:1‑5). Para ser un discípulo que vive por fe debemos soltar todo lo viejo, todo lo que forma parte de la naturaleza humana para edificar así nuestra vida por el Espíritu en la voluntad de Dios (Lucas 14:25‑30). Filipenses 3:4‑14 declara que esto fue lo que hizo Pablo, y hasta el día de hoy su vida da fruto.

No tienes que estar convencido por tu razón; tienes que estar convertido por la fe. Lo que el Espíritu te revela es extraordinario: no necesitas más información; necesitas volver a ese momento donde el Espíritu obró en ti y permanecer en ese estado de tu corazón.

Muchos hemos sido llenos del Espíritu Santo y luego sentimos que esa llenura se desgasta, como si quedara solo un recuer...
20/05/2026

Muchos hemos sido llenos del Espíritu Santo y luego sentimos que esa llenura se desgasta, como si quedara solo un recuerdo. Pero la Palabra dice que debemos negarnos a nosotros mismos para vivir en el Reino. El discípulo camina en la voluntad y en el tiempo de Dios, no en lo que piensa o razona.

Jesús quiere darte en abundancia hasta rebosar, pero no te dará algo que pueda destruirte. Por eso hay cosas que no debes saber antes de tiempo. Hay tiempo para todo: para reír, llorar, avanzar, esperar... El tiempo de Dios es perfecto, y la obediencia a la Palabra en Su tiempo trae el respaldo de Su poder.

En 1 Samuel 13:8-14 vemos que Saúl perdió su bendición porque dejó de oír a Dios y empezó a hablar consigo mismo. Miró las circunstancias y desobedeció una orden simple: esperar a Samuel siete días. Dios había transformado su corazón y lo había llenado de poder, pero él no esperó el tiempo de Dios (1 Samuel 10:6-8).

Marta no esperó en Dios y terminó culpando a Jesús de la muerte de Lázaro. El dolor nubló su corazón y no entendió cuando Jesús le decía “tu hermano resucitará” (Juan 11:17-27).

En Juan 7:1-9 los hermanos de Jesús le incentivaban a salir y hacer lo que veían que Él hacía, pero Él les contestó que ellos tenían el tiempo presto para cualquiera cosa a cualquier hora, pero que a Él no le había llegado la hora. Así nosotros: nuestro tiempo no debe estar presto para todo, pues somos de Dios y Dios es Dios del tiempo. Debemos trabajar en estar atentos para oír la voz de Dios y permanecer en obediencia (Timoteo 2:3-6).

Cuando estás en el tiempo de Dios —sea para esperar o para actuar— no estás solo, estás en Su Presencia. Así que, antes de hacer, asegúrate de que Él es quien te está impulsando; y cuando esperes, espera en Él.

Que tu corazón se aferre a Su Palabra y tu viejo hombre quede en silencio por tu devoción a obedecerla, en el Poderoso Nombre de Jesús.

Dios quiere hacer cosas extraordinarias en tu vida, pero necesita acceso al lugar más secreto del hombre: el corazón. Mu...
14/05/2026

Dios quiere hacer cosas extraordinarias en tu vida, pero necesita acceso al lugar más secreto del hombre: el corazón. Muchas veces lo cubrimos con argumentos, costumbres y formas de pensar que nos impiden vernos con claridad a nosotros mismos y a Dios. La Palabra quiere leerte, pero si no eres sincero contigo mismo, tu corazón permanece cerrado.

Mical en 2 Samuel 6:12-23 vio a David danzando con toda su fuerza delante de Jehová y lo menospreció en su corazón. Mientras la gloria de Dios entraba a su casa, ella estaba atrapada en su vieja forma de ver las cosas. Así pasa cuando dejamos que la ofensa, el orgullo o la crítica entren al corazón: la Presencia de Dios llega, pero no puede obrar.

La fe fluye desde un corazón limpio, sin prejuicios. Nos llenamos de expectativas y donde hay más expectativas hay más dolor. Jesús no pudo hacer milagros en Su tierra porque la incredulidad estaba en la forma en que le miraban, no en lo que decían (Marcos 6:1-6). Tú puedes decir “tengo fe”, pero tu manera de ver y reaccionar habla más que tus palabras. En Lucas 4:16-30 incluso procuraron matar a Jesús porque Sus Palabras no encajaban con su manera de pensar. Siendo Él el Mesías que esperaban, no lo pudieron ver. Aun así, Jesús no se fue ofendido, porque no tenía expectativas de las personas, sino solo de Dios.

La mujer sirofenicia era extranjera y no se ofendió cuando Jesús la probó, sino que pasó por encima del agravio para tocarlo (Marcos 7:24-30). La fe siempre encuentra la forma de llegar a Jesús. Primero crees y luego piensas y razonas según lo que has creído.

Examínate: ¿Estás guardando tu corazón o dándole lugar a la ofensa? Tu corazón es el punto de contacto con Dios; busca el estado correcto para ser localizado por Jesús y que el Espíritu Santo te haga fuerte en tu debilidad a través de la Palabra.

Los verdaderos creyentes no son aquellos que solo vieron un milagro o sintieron alivio un día, sino los que han tenido u...
07/05/2026

Los verdaderos creyentes no son aquellos que solo vieron un milagro o sintieron alivio un día, sino los que han tenido un encuentro real con Jesús, un encuentro que cambia el corazón, que rompe el miedo, que abre el oído espiritual y nos hace nacer
de nuevo por el Espíritu Santo.
Muchos vimos a Dios, pero seguimos nuestros caminos. Muchos oímos Su voz, pero aún decimos: “Las cosas se hacen como yo quiero”. Nuestro corazón es el punto de contacto, y Jesús te pide tu corazón.

Ante una manifestación espiritual, la reacción de Pedro fue hablar lo que le pareció oportuno y lógico, mientras el Padre decía: “Este es mi Hijo amado; a Él oíd” (Mateo 17:1-6). Esa es la lucha: nuestra reacción humana quiere razonar, construir “enramaditas” y hacer a nuestra manera, mientras Dios quiere hablarnos. Pero Dios silencia la voz del hombre y posiciona la voz del Espíritu.

Los discípulos también fallaban, pero tenían algo: un corazón enseñable, sin amargura, sin rebeldía. Por eso Jesús los corrigió, los formó, los llevó a ver lo
invisible. En Lucas 9:51-56, cuando quisieron mandar fuego como Elías, Jesús les confrontó diciendo: “No sabéis de qué espíritu sois”. La Palabra en la carne
destruye, pero la Palabra en el Espíritu nos sobrepone a lo natural.
Otro ejemplo fue Tomás, que quiso ver para creer, pero Jesús declaró: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Juan 20:24-29). Esos son los
verdaderos creyentes: los convencidos por el Espíritu Santo, no por los sentidos.
El corazón malo de incredulidad está atado al miedo, al rencor, a las cosas de la tierra. Necesitamos un corazón que oye a Jesús y persevera en oración, pero esto solo es posible cuando tenemos un encuentro real con Jesús.

Hoy tenemos la oportunidad de indagar en nuestro corazón y ver si realmente queremos ese encuentro. Debemos estar dispuestos a escuchar y ver lo que no queremos o lo que nos parece ilógico; dispuestos a negarnos a nosotros mismos para encontrarnos de todo corazón con Jesús. Si tu corazón quiere, lo recibe ahora, y el Espíritu Santo confirma en ti esta Palabra y te hace un verdadero creyente.

06/05/2026

¡JESÚS SACIA TU CORAZÓN!

Somos insaciables; nada nos conforma: cuando obtenemos algo, queremos más. Anhelamos comida, trabajo, personas, casas, v...
06/05/2026

Somos insaciables; nada nos conforma: cuando obtenemos algo, queremos más. Anhelamos comida, trabajo, personas, casas, vehículos… pero cuando los tenemos, ya no nos sacian. Por eso la Palabra dice: “No améis al mundo... porque todo lo de este mundo pasa, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1Juan 2:15-17). Dios nos creó con un vacío que nada de este mundo puede llenar, porque ese vacío tiene Su forma.

Como el pueblo de Israel en el desierto, que menospreció el maná y deseó lo que tenía en Egipto, también nosotros a menudo nos mezclamos con los deseos del mundo y dejamos de valorar lo que Dios nos da (Números 11:4-8).
Pero vemos en Juan 4:10-14 que Jesús nos ofrece algo distinto: agua viva para no tener sed jamás. Somos insaciables, pero si estás en la Presencia de Dios y Él es tu fuente de agua, tu fuente de recurso, no vas a tener sed, no necesitas ni quieres nada más.
La fuente que Él pone en tu corazón es el Espíritu Santo. No hay agua que sacie más que el Espíritu Santo y no hay alimento que sacie más que la Palabra. La Palabra y el Espíritu son uno.

Si eres un enviado de Dios, no estás aquí para hacer tu voluntad, sino la voluntad del que te envió. Si Él te puso en esa situación, aférrate a Su Presencia porque es de la única forma que vas a avanzar (Juan 6:35-40).

Si buscas a Jesús, Él te llena primero… y luego te añade lo demás. No para que dejes de quejarte, sino para que aprendas a caminar donde Él camina: bajo la lluvia, en el desierto, o en la bendición, pero siempre en Su Presencia. Él lo llena todo en todos.

Somos insaciables y Dios nos creó así para solamente ser llenos de Su Espíritu Santo. Así que no vas a estar saciado hasta que estés lleno del Espíritu Santo. Deja de buscar en el mundo lo que solo Dios te puede dar. Aférrate a Él, síguelo, y no tendrás necesidad de nada más.

10/04/2026

¡TU PROBLEMA NO ES MÁS GRANDE QUE JESÚS!

La duda es un proceso que puede madurar a la fe o la incredulidad, según cómo la gestiones.En la Palabra de Dios hay eje...
10/04/2026

La duda es un proceso que puede madurar a la fe o la incredulidad, según cómo la gestiones.

En la Palabra de Dios hay ejemplos que enseñan esto. En Marcos 4:35-41, los discípulos, en medio de la tormenta, dejaron que el temor madurara su duda hacia la incredulidad: miraron la tormenta y no a Jesús, pensando que Él no cuidaba de ellos. En cambio, Juan el Bautista, preso y a punto de morir, también dudó, pero llevó su duda a Jesús, y Él la maduró en fe confirmado por los milagros y prodigios (Lucas 7:18-23).

Gedeón estaba escondido y temeroso. Su duda lo llevaba a la incredulidad, pero se aferró a las Palabras de Dios, y queriendo resolver su duda, pidió confirmación reverentemente varias veces, y Dios fortaleció su corazón para enfrentar lo imposible (Jueces 6:11-17; 36-40). Así mismo, cuando tememos, nos medimos a nosotros mismos, pero si buscamos la convicción de Dios, nos posicionamos en la fe.

Santiago 1:5-8 enseña que, si no tenemos fe, podemos pedirle a Dios, pero no debemos actuar con duda, porque seremos de doble ánimo; inconstantes. Estar firmes en la fe es ser convencidos por el Espíritu Santo, por eso debemos trabajar en fundamentarnos en la revelación de la Palabra.

Alguien posicionado en la incredulidad está afirmado en su razón, pero quien vive por fe, ante la duda, busca la confirmación de Dios. Como el padre del joven endemoniado en Marcos 9:14-29, cuando nos enfocamos en las situaciones, sabemos más lo que el enemigo  hace que lo que Dios puede hacer. Esto produce temor, la fe decae y nos posicionamos en la incredulidad. Pero al pedirle ayuda a Jesús, pasamos de la duda a la fe y vemos el milagro.

Los prejuicios hacia las personas alimentan la incredulidad. Aun a Jesús, Su pueblo le cuestionaba, y esto les impidió recibir Sus milagros (Mateo 13:53-58).

Hebreos 3:10-13; 18-19 advierte que si la duda guía el corazón, este se vuelve duro e incrédulo y nos impide entrar en el reposo de Dios. 

No dejes que la duda te lleve a la incredulidad; llévala a Jesús para que Él  levante tu fe. Mantente firme en Su Palabra, y Dios te dará plena certidumbre de fe y te sostendrá hasta que Él haga la obra.

04/04/2026

QUE LA DUDA TE LLEVE A DIOS

25/03/2026

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