07/04/2026
La cofradía atesora, sin lugar a dudas, un valioso patrimonio material, reflejo de años de historia, arte y devoción que se manifiestan en cada uno de sus enseres, imágenes y detalles. Sin embargo, por encima de toda riqueza tangible, existe un tesoro aún más sublime y conmovedor: su patrimonio humano, ese conjunto de corazones entregados que dan vida, sentido y alma a cada instante compartido.
Y es precisamente dentro de ese patrimonio humano donde resplandece con luz propia la figura silenciosa y abnegada de los costaleros de nuestra Madre, de nuestra Señora, la Santísima Virgen de la Soledad. Ellos, que no buscan aplauso ni reconocimiento, se convierten, con humildad y firmeza, en los pies que la sostienen, en la fuerza invisible que la eleva, meciéndola con ternura y respeto por cada rincón que atraviesa en la noche sagrada del Viernes Santo.
Bajo el peso del paso, pero también bajo el peso de la emoción, la fe y la responsabilidad, han sabido, tras interminables semanas de ensayos y sacrificios, aprender el difícil arte de hacer andar a la Señora. Y lo hacen con una solemnidad que sobrecoge, con una elegancia que acaricia el alma, con una precisión que parece dictada por el propio latir del corazón.
Gracias a su esfuerzo incansable, a su fe profunda, a su devoción sincera y a su entrega sin medida, la Virgen no solo avanza: se eleva, se engrandece, se convierte en un suspiro colectivo que recorre las calles y se clava en lo más hondo de quienes la contemplan.
Porque en cada paso que dan, en cada levantá, en cada instante de silencio roto por el compás de sus andares, no solo camina la Virgen… camina también el amor de un pueblo entero que, a través de ellos, la acompaña, la honra y la eleva hasta el cielo.
📷 Francisco Javier Ruiz Casado