05/04/2026
Lo efímero que permanece: recuerdos de un Viernes Santo
Hay instantes que, aunque pasan fugaces ante nuestros ojos, permanecen para siempre en el corazón. Así fue nuestro Viernes Santo: un suspiro de fe, silencio y entrega que recorrió las calles de Cabra y que ya forma parte de nuestra memoria más íntima.
Cada paso, cada mirada al Señor y a su Madre, cada golpe del ma****lo que abría camino, nos recordaba que la vida —como la estación de penitencia— es un instante que se escapa entre luces de cera y aromas de incienso. Lo efímero se hizo eterno mientras avanzábamos por las calles, acompañados por el murmullo de un pueblo que reza, que siente, que se emociona.
Hubo un momento en el que el tiempo pareció detenerse: cuando el cortejo avanzaba y el silencio lo envolvía todo. Entendimos entonces que nuestra estación de penitencia es una lección de humildad, de servicio y de amor. Un regalo que Dios nos concede apenas por unas horas, pero que transforma el alma durante todo un año.
Hoy, cuando el tramo final de la Semana Santa se va desvaneciendo lentamente, nos queda ese poso dulce de lo vivido. Sabemos que el Viernes Santo es efímero, sí, pero también es promesa. Promesa de volver, de reencontrarnos, de sentir de nuevo ese latir compartido que solo nace cuando nuestra Hermandad camina unida tras sus Titulares.
Y así, casi sin darnos cuenta, ya empezamos a mirar al horizonte. La nostalgia se mezcla con la esperanza mientras aguardamos la llegada de una nueva Cuaresma, ese tiempo que vuelve a llamarnos a preparar el corazón, a afinar los sentidos, a soñar con un nuevo Viernes Santo que, aunque aún lejano, ya empieza a despertarse en nosotros.
Porque la fe es así: un ciclo que termina solo para volver a empezar. Una historia que escribimos cada año con devoción, con trabajo y con amor.
Y mientras esperamos ese amanecer sagrado que marcará nuestro próximo camino penitencial, guardamos en silencio lo vivido… sabiendo que lo efímero, cuando se vive con el alma, nunca muere.