13/02/2024
NUEVA TUNICA BORDADA PARA NUESTRO PADRE JESÚS DE LA SANGRE
La nueva túnica proyectada para la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Sangre, sagrado titular de nuestra Hermandad del Císter, es una obra artística concebida para responder a la excelencia que demanda la Semana Santa del siglo XXI. El diseño nace de un trabajo pluridisciplinar, donde la creatividad artística se ha centrado en plantear una traza coherente, proporcionada y con marcada plasticidad y refinamiento para articular un discurso teológico completo en torno a la Redención. Esta oración está escrita mediante la ubicación estratégica de más de veinte especies vegetales dotadas de una profunda carga simbólica con milenios de antigüedad en la historia del arte sacro.
El programa iconográfico ha sido redactado por José León Calzado, historiador del arte, y el diseño artístico corresponde a Gonzalo Navarro Ambrojo.
Estilísticamente, es palpable la inspiración barroca basada en bordados de la primera mitad del siglo XVII. Los elementos decorativos, de carácter plenamente vegetal, están plasmados con un propósito naturalista, persiguiendo posibilitar una interpretación técnica rica en volúmenes, hilos y puntadas. Esta pretensión entronca con los postulados estéticos de finales del siglo XIX, aunque con una interpretación gráfica totalmente personal en cuanto al concepto compositivo marcado por el orden y la simetría, únicamente roto por el desarrollo naturalista de diversidad vegetal que centran los espacios.
El proyecto muestra una túnica de terciopelo, previsiblemente corinto, con bordados en oro fino al realce agrupados en la parte inferior de la túnica, el pectoral y las bocamangas. La parte principal es la falda de la túnica, tradicionalmente denominada delantal, donde la decoración se articula en ejes verticales que le aportan un sentido ascendente. Cuatro módulos de mayor desarrollo en anchura se sitúan en el frontal, la trasera y los laterales, dejando tramos intermedios para otros cuatro patrones más reducidos. Todos ellos se presentan separados, estableciendo un ritmo de alternancia, pero a la vez unidos por líneas paralelas y diagonales, que marcan un orden de lectura.
En general y con objeto de imponer una unidad estilística, el programa ornamental se resuelve mediante hojas de acanto (Resurrección) y cardos (compasión amorosa en la Pasión) en sinuosos roleos, cuyo recorrido obedece a una estricta geometría. Como notas distintivas, en el módulo central encontramos, además, el álamo, que prefigura la Crucifixión como punto de inflexión entre ambos momentos y el llantén que identifica la aludida Cruz como signo redentor del que parte el camino hacia Dios. Esta parte se abre en su centro para alojar distintos ramos con los que se rompe la simetría y se evita la repetición, logrando un efecto innovador. En la parte frontal acoge unas pasifloras (emblema de la Pasión y Muerte de Cristo como cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento), en la trasera se representa los lirios, que anuncian la venida de Cristo (el principio de las profecías). A ambos lados, como pilares fundamentales de la fe, se manifiesta la doble naturaleza humana y divina de Cristo mediante el jacinto (prudencia) y la rosa (realeza) respectivamente.
Los intermedios se expanden mediante ramas de hiedra (vida eterna), laurel (triunfo, eternidad y castidad) y el olivo (paz), preconizando el sentido verdadero de la redención obtenida en la Cruz. En el centro una alcachofa, que asocia los sufrimientos de la Pasión con sus terminaciones puntiagudas y la Resurrección con su forma de corazón conduce la mirada hacia las granadas, que aparecen tal y como son descritas en el pórtico del templo de Jerusalén, simbolizando a la Iglesia que al agruparse en tres encarna a las Iglesias militante, purgante y triunfante.
En el pectoral se glosa la Eucaristía como sacrificio redentor, de ahí las espigas de trigo y las uvas. Los espinos inciden en el carácter salvífico como distintivo del Nuevo Adán que redime a la humanidad del pecado original.
Cristo manifestó su poder divino mediante los milagros que obraba imponiendo sus manos, de ahí que la simbología de las bocamangas está asociada a las manos, en la que sus fieles depositan sus peticiones y las que testimonian su condenan al mostrarse atado. El roble refleja su poder, significa la fuerza de la fe y de la justicia, que proclama Jesús, aludiendo también a la vida y a la virtud que prefigura la Cruz. El tulipán justifica los milagros, pues es símbolo de amor divino, entendiendo así que son muestras de amor divino para hacer el bien. Los tréboles señalan a Cristo como parte de la Santísima Trinidad. Finalmente, un clavel en el centro anuncia las llagas, pues sus pétalos preconizan la Crucifixión debido a su forma de clavo, mientras que las margaritas lo identifican como un inocente, anulando el castigo que se evidencia en la figura a través del cordón.
Todo este planteamiento, en su configuración compositiva y en su articulación visual, se encamina a completar la imagen teniendo en cuenta la multiplicidad de puntos de vista con la que fue concebida, ya sea en el interior del templo o en el exterior, tanto en la Estación de Penitencia de cada Martes Santo como en el rezo público del Vía Crucis que, anualmente, los Viernes de Dolores, celebra la Cofradía. La túnica asume el sentido barroco del rito al que se incorpora en su contenido y fin catequético, respondiendo a las necesidades de su tiempo a través de la pluridisciplinaridad y de la singularidad forjada por detalles innovadores como el fin narrativo, la ruptura de la simetría, el rigor matemático y la plasticidad de sus elementos.