04/09/2026
REFLEXIÓN PARA HOY VIERNES 4 DE SEPTIEMBRE - LA FIDELIDAD DEL SERVIDOR Y LA NOVEDAD DEL EVANGELIO
1. LA MISIÓN DEL BUEN ADMINISTRADOR Y LA FIDELIDAD A DIOS
Seguimos meditando en la Primera Carta del apóstol San Pablo a los Corintios. En esta oportunidad, Pablo nos sigue recordando algo que ya hemos venido repitiendo a lo largo de toda esta semana: que todos somos servidores del Señor y administradores de los misterios de Dios. Por lo tanto, ninguno de nosotros puede tomarse el atrevimiento de atribuirse responsabilidades o méritos que no le pertenecen. Desde el Papa hasta los cardenales, obispos y sacerdotes —ocupen el cargo que ocupen—, todos son servidores del resto de sus hermanos. Aunque existe una jerarquía eclesiástica dentro de la Iglesia que debemos respetar, jamás debemos considerar a sus miembros como los dueños de la Iglesia, pues ellos, al igual que nosotros, tienen una misión y un deber sagrado que cumplir.
Esto le da pie a Pablo para hablar sobre la administración de aquello que a cada uno le corresponde realizar. Habiendo dejado claro que nadie es más importante que el otro y que todos hemos sido llamados a administrar una parte de la viña del Señor, Pablo enfatiza que debemos ser buenos administradores, cumpliendo siempre con nuestras responsabilidades. Debemos comprender que, en cualquier ámbito de la vida, actuamos como administradores: en la Iglesia, en la familia, en el hogar y en la sociedad; sabiendo siempre que todo le pertenece a Dios. San Pablo señala que la virtud principal del buen administrador es la fidelidad. Eso es lo primero que nos debe distinguir a los cristianos: no qué tan bonito predicamos, qué tan bien hablamos ante los demás o qué tan hermoso cantamos o nos expresamos, sino nuestra fidelidad en la misión recibida.
El sacerdote debe ser fiel a su ministerio. Los padres de familia deben ser fieles a su hogar. Los profesionales deben ser fieles a su labor en la sociedad. Ser siempre fieles es, precisamente, una de las exigencias centrales del Evangelio. Cuando leemos los pasajes escatológicos —donde se nos habla sobre el final de los tiempos y el Juicio Final—, descubrimos que lo que Dios va a examinar es nuestra fidelidad. De eso nos hablan parábolas como la de las vírgenes con sus lámparas, la de los talentos o la de los administradores que actúan bien o mal en ausencia de su señor. Todas ellas giran en torno a lo mismo: la fidelidad con la que esperamos el regreso de nuestro Señor. Por eso, para Pablo y para cada uno de nosotros, la fidelidad debe ocupar siempre el primer lugar.
2. BUSCAR EL JUICIO DE DIOS Y NO LA APROBACIÓN HUMANA
Asimismo, Pablo afirma que no le preocupa ser juzgado por los demás, ni siquiera se juzga a sí mismo; lo único que le interesa es el juicio de Dios y cómo será hallado ante el tribunal divino. Estas palabras deben calar profundamente en nuestro corazón, porque en el día a día nos preocupa demasiado lo que piensen los demás sobre nosotros, cómo nos ven, o si nos van a criticar o a aplaudir. A veces, cuando prestamos un servicio en la Iglesia, lo hacemos más pendientes del ojo humano que de la mirada de Dios. Por ejemplo, si estamos en el coro, buscamos cantar mejor para ser alabados por la asamblea y no para darle la gloria a Dios; o si ejercemos un liderazgo, nos preocupa parecer importantes ante los demás y no cómo nos está viendo el Señor. Nos inquieta en exceso el juicio ajeno y también nuestro propio juicio, pues a veces somos extremadamente duros con nosotros mismos o, por el contrario, caemos en un orgullo exagerado, justificando todos nuestros actos como si fuéramos perfectos. Debemos evitar ambos extremos. Lo único que realmente nos debe importar es cómo vamos a ser juzgados por Dios.
Por ello, Pablo nos invita a no vivir pendientes de los juicios humanos, sino a esperar con fidelidad el juicio divino. El mismo Apóstol lo aclara: para Dios no hay nada oculto; Él lo sabe y lo conoce todo. Cuando llegue el momento del juicio divino, no podremos engañarlo. En este mundo podemos aparentar una fachada e impresionar a los demás mientras en secreto somos personas muy distintas, pero a Dios no lo podemos engañar. Si en este mundo hicimos las cosas solo para figurar ante los hombres, sin importarnos si agradábamos a Dios, Él nos lo pedirá cuentas en el Juicio Final. Por eso, la invitación de este día es enorme: seamos fieles administradores de aquello que Dios nos ha confiado, tanto en la sociedad como en la Iglesia.
Cumplamos con nuestro deber buscando siempre que el Señor se alegre con nuestras acciones, sin preocuparnos por complacer al mundo, sino procurando que todo lo que hagamos le dé gloria y honor a su Santo Nombre. El Juicio Final y el juicio particular de cada alma llegarán, y Dios le dará a cada uno según sus obras. El hipócrita y el falso recibirán su merecido, pero al administrador fiel le espera una recompensa eterna. A Dios no le podemos dar excusas ni pretender confundirlo, porque su justicia prevalecerá. A ejemplo de Pablo, vivamos cumpliendo nuestros deberes con fidelidad y rectitud, esperando ese juicio no con miedo o temor, sino con la esperanza y el gozo de quien sabe que ha cumplido la voluntad del Padre.
3. LA ALEGRIA DE LA PRESENCIA DE CRISTO Y EL AYUNO
En el Evangelio de hoy, escuchamos que un grupo de fariseos critica a Jesús porque sus discípulos no ayunan como sí lo hacían los seguidores de Juan el Bautista. Esta crítica le da la oportunidad al Señor de transmitirnos una serie de enseñanzas preciosas, las cuales podemos resumir en tres puntos principales: En primer lugar, Jesús responde utilizando la metáfora de una boda: los amigos del novio no pueden estar tristes mientras el novio está con ellos, pero llegará el día en que les arrebaten al novio, y entonces ayunarán. ¿Qué significa esto para nuestra vida? La Iglesia, en su peregrinar por este mundo rumbo a la patria celestial, vive entre dos realidades.
Contamos con la presencia real y viva de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía. El Novio está siempre con nosotros, y por eso el cristiano no puede andar aburrido, triste o cabizbajo; al contrario, debe caracterizarse por una sana alegría al saberse acompañado por su Señor. Pero la Iglesia aún no goza de la visión plena de Dios en el Reino Celestial. Nuestros ojos humanos no han contemplado todavía esa Gloria que esperamos alcanzar. Mientras vamos de camino al cielo, debemos practicar el ayuno, una disciplina espiritual que no debe reducirse únicamente al tiempo de Cuaresma, sino mantenerse presente en nuestras vidas como preparación para cuando contemplemos al Señor cara a cara. Hoy lo tenemos bajo las especies eucarísticas y nos gozamos en su presencia, pero nuestra felicidad será plena solo cuando lo contemplemos rodeado de sus ángeles en el Reino Celestial.
4. RENOVACIÓN INTERIOR: EL HOMBRE NUEVO Y LA GRACIA DE DIOS
En segundo lugar, el Señor nos enseña que no se puede poner un parche de tela nueva en un vestido viejo, porque la tela nueva tira de la vieja y la rotura se hace peor. Con esto nos da a entender que no podemos pretender mezclar la vida de gracia que Él nos ofrece con una vida de pecado. Muchas personas pretenden llevar una vida cómoda cayendo deliberadamente en la falta a los mandamientos, e intentan «tapar» esa vida vieja poniéndole los parches de ir a misa los domingos o dar una ofrenda de vez en cuando. Eso no es correcto. No podemos encubrir con prácticas piadosas una vida de pecado. Encontrar la gracia de Dios significa despojarse del vestido viejo y revestirse de la prenda nueva que Cristo nos da. Como nos dice San Pablo en su Carta a los Efesios: «En cuanto a la vida que antes llevaban, despójense del hombre viejo, que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, renuévense en el espíritu de su mente y revístanse del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad».
Finalmente, Cristo nos habla de que el vino nuevo no se debe echar en odres viejos, porque los odres se rompen y el vino se derrama. Aquí se nos habla nuevamente de la gracia divina que recibimos desde el Bautismo y que viene a nosotros continuamente. Esa gracia no puede ser depositada en un recipiente viejo o dañado, porque se perdería. No podemos estar pidiendo la asistencia del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, aferrarnos a una mala vida. Dios, en su infinita generosidad, nos concederá su Espíritu, pero si este encuentra un corazón viejo, reseco y endurecido por el pecado y el orgullo humano, la gracia no podrá dar fruto. Para que la gracia de Dios habite en plenitud en nosotros, debemos recibirla en odres nuevos: con un corazón limpio, puro y dispuesto a la acción de Dios.
Que el Señor nos ayude a poner en práctica sus enseñanzas: a vivir con el gozo de saberlo presente en la Eucaristía, pero conscientes de que nos espera la plenitud de la vida eterna; a vivir con honestidad, sin intentar tapar nuestras faltas con parches de falsa espiritualidad; y a dejar atrás al hombre viejo para asumir la naturaleza nueva que Él nos regaló con su muerte y resurrección. De este modo, cada vez que pidamos la gracia divina, el Santo Espíritu de Dios encontrará en nosotros un recipiente limpio y dispuesto para llenarlo con su Vino Nuevo.