24/08/2026
Flores de Victoria.-
Dicen que una madre sufría mucho, porque su hijo necesitaba imperiosamente encontrar trabajo, y no lo conseguía. Pocos días antes de la Semana Santa, el muchacho volvió a presentarse a unos exámenes que podrían darle la ansiada plaza. Y su madre -¿qué no haría una madre?- redobló sus rezos y oraciones, porque sabía que no iba a ser fácil.
Pero llegó el Martes Santo. La madre y una amiga suya, ambas grandes devotas del Cautivo, acompañaron al Señor en su pueblo un buen rato y después, como solían hacer cada año, se acercaron a Bollullos, a ver a la Virgen de arrebatadora belleza que un día les había conquistado el corazón, y, tras ver pasar la silente cofradía entera, se colocaron como solían hacer, tras el manto que San Juan abraza, donde no pueden ver el rostro de dolor más hermoso, ni donde la Virgen podría tampoco verlas, en su silencio y en sus rezos.
Pero la Virgen las había visto. Y entonces, en una calle cualquiera, ante una puerta cualquiera, los costaleros alzaron al Cielo a la Reina de la Victoria en una nueva levantá. Con la fuerza del impulso, unas flores se desprenden del paso y van a caer a los pies de las dos mujeres. Una de ellas se agacha a cogerlas y se las da a la otra, a la madre del chico, quien se apresura a dárselas a uno de los capataces. "Estas flores se han caído del paso", dice ella al capataz. Pero el capataz le dice: "No, las flores no se han caído. La Virgen quería que fueran para usted".
Desconcertada y emocionada por la respuesta, la mujer siguió un rato más acompañando a la Victoria en su transitar con aquellas flores en sus manos. Luego, como siempre, volvieron a su pueblo, y ella puso las flores en su casa.
Pocos días después de la Semana Santa salieron las notas de aquellos exámenes. El joven hijo de aquella mujer había aprobado, y pudo empezar a trabajar.
Desde aquel Martes Santo, ella y su amiga no faltan nunca acompañando un ratito a la Virgen tras su palio. Los que no creen pensarán que fue una casualidad, una mera coincidencia. Pero los que tenemos la suerte de ser creyentes, sabemos que no fue ninguna coincidencia, porque esa noche, sin que nadie lo supiera, la Virgen regaló sus flores a una madre angustiada, que caminaba tras la estela celeste de Sus ojos claros.
Juan Ignacio Pérez Díaz