Església Evangèlica de Betlem

Església Evangèlica de Betlem Som una comunitat multiètnica, acollidora, segura del que creu, esperançada, útil en el seu context, oberta als canvis... de tots els colors de Terra

Som una comunitat multiètnica, acollidora, segura del que creu, esperançada, útil en el seu context, rejovenida, oberta als canvis... de tots els colors de la terra.

14/06/2026
13/06/2026

Dios nos bendice en medio de la fidelidad
Rut 3: 1–18; Mateo 7: 7–8
(Barcelona, domingo 14 de junio de 2026)
Víctor Hernández Ramírez
Para hoy 3º domingo después de Pentecostés, nuestras lecturas bíblicas son: Rut 3: 1–18 y Mateo 7: 7–8.

Seguimos con el relato de Rut. Estamos ante esta historia que nos presenta una situación trágica que acabará bien, de hecho, acabará mucho muy bien, con un final feliz. Pero es el modo en que se van conduciendo las cosas lo que importa. Son las decisiones y las acciones de los personajes lo que nos llama más la atención. Porque tales decisiones y acciones muestran una determinación muy especial, en medio de todas las adversidades.

Y esa determinación, ese carácter, ese coraje, se nos muestra lleno de astucia y atrevimiento, por parte de estas mujeres, por parte de Noemí y de Rut. Ellas son las mujeres que están en el margen, en las orillas de la marginación y exclusión, como mujeres.

Y esa exclusión viene dada por su condición de mujeres, en un mundo patriarcal, en un mundo dominado por los hombres y que está hecho para los hombres. Pero ellas serán capaces de cambiar su tragedia, su situación de desamparo, en algo muy diferente, en una situación radicalmente opuesta.

Lo que el relato nos muestra es cómo el desamparo se expresa con la carencia de lo más básico: la carencia de pan y de casa. En el primer capítulo vimos que la familia de Noemí había emigrado por la situación de hambre, por la escasez de pan (Rut 1: 1), y es en la tierra de Moab donde lo perderá todo, pues Noemí se quedará sin marido y sin hijos, es decir que se queda sin casa.

Aquí la idea de casa es algo más profundo que un techo físico, pero también incluye lo material. Pues la casa se asocia con un terreno, con un techo, y también con una familia, donde se pueda vivir y se puedan criar las nuevas generaciones, en un lugar seguro. Y eso es lo que Noemí no tiene más.

Y en el capítulo 2, el relato nos muestra cómo Rut halla una consideración atenta y respetuosa por parte de Booz, lo que dijimos que era una forma nueva, distinta, de masculindad, y el efecto de ello es que Rut vuelve con su suegra con la cebada, con lo que permite tener pan. Pero ese pan material era también algo profundamente espiritual, porque expresaba la acogida respetuosa. El pan que le es dado a Rut es el pan compartido desde el respeto y el reconocimiento.

Ahora el capítulo 3 nos lleva a la parte más interesante y la que está más llena de atrevimiento, por parte de estas mujeres. Y en este atrevimiento, y en la manera como Booz responderá, veremos que se va a jugar el sentido más profundo de la fidelidad.

¿Por qué hablamos aquí de ver el sentido profundo de la fidelidad? Porque lo más común es considerar la fidelidad en términos superficiales o en términos de una simple obediencia a las reglas. Y ese modo en realidad consiste en supeditarse a las apariencias, porque se trata de una fidelidad que se comprende en términos de mostrar una imagen ante los demás, donde todo parezca bien ordenado y limpio.

Pero, muchas veces, ese tipo de fidelidad, centrada en la imagen de algo inmaculado, es algo lleno de hipocresía. Y las traiciones y las desviaciones se esconden o se disimulan, pero todo consiste en guardar la buena imagen ante el público. Pero la fidelidad, en lo profundo, es algo diferente.

Porque la fidelidad, en su verdad profunda, es la manera como se responde a una promesa. Y esa respuesta solamente ocurre en medio de las circunstancias y en medio de las equivocaciones y en medio de las injusticias. Es precisamente en la historia, en la vida real donde hay cambios inesperados, desventuras y malas decisiones, donde se pone a prueba nuestro carácter y se pone a prueba la fidelidad hacia aquello que hemos prometido a otros, o que nos hemos prometido a nosotros mismos.

Y en esta historia de Rut, vemos que Noemí alcanzará a vivir la bendición de Dios, porque esa bendición estaba prometida por Dios mismo. Pero la historia nos muestra que Noemí y Rut van a luchar por esa promesa, van a tomar decisiones atrevidas y van a arriesgarse mucho, para que la promesa de Dios pueda hacerse realidad. Y esa bendición de Dios consiste en llegar a tener una casa, en poder habitar una casa, porque esa era la promesa de Dios.

El relato nos dice que Noemí tiene claridad con respecto a esa promesa, con respecto a lo que busca. Le dice un día a Rut, su nuera:

Un día, Noemí le dijo a Rut:
–Hija mía, yo debo buscarte un esposo que te haga feliz. (3: 1)

En el texto hebreo le dice literalmente: “¿no debo buscarte un lugar de reposo que sea bueno para tí?”. La palabra מָנֹ֖וחַ manóakj, se refiere a un lugar de descanso, y tiene el sentido de un sitio concreto, donde se puede tener reposo y tranquilidad [la Reina Valera de 1909 así lo traduce: «Y díjole su suegra Noemi: Hija mía, ¿no te tengo de buscar descanso, que te sea bueno?»]. Algunos traducen “esposo”, porque el contexto patriarcal del mundo antiguo suponía que una mujer solamente podía formar un hogar si estaba casada con un hombre.

Pero el término manóakj, tiene el sentido de hogar, es decir de ese lugar físico que es también un espacio de paz, de refugio, donde hay porvenir porque pueden crecer las nuevas generaciones. Eso es lo que aquellas dos mujeres no tenían, pues las dos eran viudas y, además, una de ellas era extranjera.

Pero contra esa condición se levanta la estrategia de Noemí, que le señala a Rut exactamente lo que deberá hacer:

Mira, nuestro pariente Booz, con cuyas criadas estuviste trabajando, va a ir esta noche al campo a aventar la parva de la cebada. Haz, pues, esto: báñate, perfúmate, ponte tu mejor vestido y vete allá. Pero no dejes que Booz te reconozca antes que termine de comer y beber. Fíjate bien en dónde se acuesta a dormir. Entonces ve, destápale los pies y acuéstate allí, y luego él mismo te dirá lo que debes hacer.
Rut contestó:
–Haré todo lo que me has dicho. (vs. 2–5)

El relato nos ofrece una descripción que es muy atrevida. En realidad se trata de un plan de seducción en toda regla. Pero la estrategia se encamina para que la seducción ocurra de cierta manera, donde la parte más íntima permita una respuesta de parte de Booz, que es evidente que Noemí espera que esa respuesta sea algo que vaya más allá de lo sexual. Ella espera que vaya hasta una respuesta de redención, que permitirá que ellas, Noemí y Rut, puedan tener una casa, una casa en el sentido más profundo.

Las cosas ocurren de acuerdo el plan de Noemí, y también según la acción obediente de Rut, que también toma la iniciativa de expresar el objetivo de aquel estratagema de seducción:

Rut se fue al campo e hizo todo lo que su suegra le había mandado. Booz comió, bebió y se mostró muy contento. Luego se acostó a dormir junto al montón de grano. Más tarde Rut llegó sin hacer ruido, le destapó los pies y se acostó allí. A medianoche, Booz se despertó de pronto, y al darse una vuelta se sorprendió de que una mujer estuviera acostada a sus pies.
–¿Quién eres tú? –preguntó Booz.
–Soy Rut, tu servidora –contestó ella–. Tú eres mi pariente más cercano y tienes el deber de ampararme. Quiero que te cases conmigo. (vs. 6–9)

El texto tiene algunos eufemismos, como por ejemplo “destapar los pies”, que se refiere al órgano sexual masculino, lo que expresa con claridad que la seducción tiene que ir hasta el final. Pero además, en el relato leemos esa metáfora de “extender el manto” sobre Rut [v. 9], que quiere decir hacer un pacto de matrimonio. Es una expresión que también leemos, por ejemplo, en el profeta Ezequiel, cuando Dios habla de su relación con el pueblo de Israel:

Pasé otra vez junto a ti y te miré, y ya estabas en la edad de enamorarte. Entonces extendí mi manto sobre ti y cubrí tu desnudez; te hice juramento y entré en pacto contigo, dice el Señor, y fuiste mía. (Ez 16: 8)

Esa es la redención que le pide Rut, que se expresa como “quiero que te cases conmigo”, pero que en el fondo está reclamando la fidelidad de una promesa. Porque se trata de ser fieles a algo que es más grande, se trata de responder con fidelidad a algo que está por encima de todos ellos, pero que les afecta de manera directa en sus vidas.

Pues en eso consiste la redención: en cumplir la promesa de Dios, que es una promesa de vida, de dar una vida buena para su pueblo, para sus hijas, para ellas también, por supuesto. No solamente para los hombres, no solamente para algunos y para otros no. Aquí es donde se suele pensar que solamente algunos se merecen la bendición. La bendición de Dios solamente es para quienes aparecen como buenas personas, como personas con una fidelidad intachable.

Pero el relato de Rut nos muestra que la bendición es para todos, incluyendo a estas mujeres, que aparecen en el relato como mujeres muy atrevías. Aparecen como mujeres que no serían muy santas a los ojos de muchos. Incluso puede ser que los lectores, nosotros, no les veamos como santas mujeres. Ellas serían, como unas “santas del escándalo” [así lo dice el escritor italiano Erri de Luca].

Pero Booz no las mira desde el escándalo. Booz no se aprovecha de la situación para simplemente disfrutar y abusar de la situación, y de aquellas mujeres. Lo que hace Booz es reconocer en Rut una fidelidad que es más profunda:

–¡Que el Señor te bendiga! –dijo Booz–. Ahora más que nunca has mostrado que eres fiel a tu difunto esposo. Bien podrías haber buscado a otro más joven que yo, pobre o rico, pero no lo has hecho. No tengas miedo, hija mía, que todos en mi pueblo saben ya que eres una mujer ejemplar. Por eso, yo haré lo que me pidas. Sin embargo, aunque es verdad que soy pariente cercano tuyo, tú tienes otro pariente aún más cercano que yo. Quédate aquí esta noche. Si mañana él quiere cumplir con sus deberes de pariente, que lo haga; pero si no lo hace, te prometo delante del Señor que yo lo haré. Ahora duérmete hasta que amanezca. (vs. 10–13)

Booz es quien declara a Rut como una mujer virtuosa, en contra de cualquier opinión externa, porque reconoce en ella una fidelidad que va más allá de las apariencias. Booz se compromete a redimirla, es decir a casarse con ella para darle un hogar, a ella y a Noemí.

Incluso aquí el relato nos muestra algo que es muy llamativo, pues por la mañana Booz le entrega a Rut “seis medidas de cebada” (v. 15), y eso es lo que Rut le dirá a su suegra: “Para que no vuelvas a la casa de tu suegra con las manos vacías” (v. 17). Esa cebada son como unas arras, como una señal del compromiso de Booz, para mostrar que se esforzará todo lo que pueda, para cumplir con su promesa, para darles a ella una redención (porque ese es el sentido del término גֹאֵ֖ל goel, un libertador, un redentor).

Y así es que vemos el sentido que tiene la fidelidad: comprometerse para que la promesa se pueda convertir en una realidad. Y aquí se trata de la promesa de una casa, donde haya pan y donde se pueda concebir la vida. Y esto se hace en una lucha cotidiana, que requiere toda la determinación, toda la entrega, para que eso pueda cumplirse.

Y los adversarios son muchos, y muy potentes: luchamos contra fuerzas del caos, contra la nada, contra la hipocresía, contra las inercias que nos dejan en la pasividad. Porque lo más fácil para aquellas mujeres era rendirse y quedarse pasivas. Lo más fácil para Booz era actuar como un amo y señor y olvidarse cualquier promesa a aquellas mujeres desamparadas. Pero no es esa su respuesta. Ellas y él responden de otra manera.

Y esa respuesta es lo que llamamos la fidelidad, la fidelidad que nace de la confianza en quien nos ha dado su palabra, en quien nos da la promesa.

Es por eso que acogemos las palabras del evangelio, cuando Jesús nos dice:

“Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre. (Mateo 7: 7–8)

Porque se trata de la promesa que el Padre nos ha dado, se trata de la entrega de su palabra. Y entonces la respuesta fiel es aquella que no acepta con resignación la injusticia ni la exclusión, sino que lucha y espera en Dios. Las dos cosas: el trabajo y la iniciativa, por un lado, y la espera confiada en Dios, porque se trata de su promesa, y Dios es siempre fiel a sus promesas.

Que el Señor nos inspire con el testimonio de estas mujeres, con su atrevimiento y su confianza total en la promesa de Dios. Que su Espíritu nos ayude a responder como Booz, con esa integridad que nace del respeto y del honor que se ofrece a quien está en la condición de fragilidad y vulnerabilidad, porque es el amor de Dios que nos mueve a esa fidelidad. Que así sea. Amén.

07/06/2026

El Señor recompensa a quienes se refugian bajo sus alas
Rut 2: 1–23; Lucas 6: 36–38
(Barcelona, domingo 7 de junio de 2026)
Víctor Hernández Ramírez

Para hoy 2º domingo después de Pentecostés, nuestras lecturas bíblicas son: Rut 2: 1–23 y Lucas 6: 36–38.

Estos domingos de junio nos toca leer el relato de Rut (hasta el 3r domingo, y luego dos domingos leeremos del libro de Ester… las lecturas para el verano, son de estas dos mujeres, y luego las cartas pastorales).

La historia de Rut es un relato muy bonito, porque de entrad lo entendemos como una historia trágica que acaba con un final feliz. Pero es la manera como es narrada lo que nos cautiva, porque hallamos allí la esperanza y la persistencia, así como el ingenio y la resiliencia de unas mujeres que nos enseñan mucho, que nos muestran la fuerza y entereza de carácter para afrontar las peores adversidades.

El primer capítulo nos introduce en la situación trágica de esa mujer llamada Noemí (su nombre, נָעֳמִי, significa “mi delicia, mi dulzura”). Ella tiene que emigrar con su esposo y sus dos hijos, debido al hambre en su país, pero en aquellas tierras de Moab les visita una desgracia tras otra, pues muere su esposo y Noemí se quedó sola, con sus dos hijos. Los hijos se casaron con mujeres moabitas, pero pasaron diez años y ellos murieron, sin tener hijos. Así que Noemí termina en la desgracia, sin marido, sin hijos y sin nietos.

Ella solamente tiene el amor de sus nueras, pero eso no basta y vuelve a su tierra, a Belén, arrastrando toda su desdicha. Por eso dice que no llamen más Noemí (mi dulzura), sino Mara (amargura). Y claramente se expresa toda su pena en la expresión “el Todopoderoso me ha llenado de amargura”.

Ya en el cap. 2 veremos cómo esa profunda desgracia no será el final de la vida de aquellas dos mujeres, Noemí y Rut. Y en ese nuevo capítulo se nos va revelando la manera como esas mujeres resisten y luchan, la manera como hacen posible que la bendición de Dios vuelva a caer sobre sus vidas.

Porque es una historia que nos muestra una cierta sinergia, una correlación entre su resiliencia y la bendición de Dios, que se expresa en la manera como las dos mujeres no dejan de buscar, no se cansan de buscar esa bendición, por medio de sus esfuerzos y su creatividad, por medio de una tenacidad que se orienta hacia la vida, hacia una mejor vida.

Pero lo hacen en un mundo que era muy duro. Especialmente para las mujeres. Porque ellas vivían todas las consecuencias de una sociedad patriarcal, en el cual las mujeres no contaban para nada, sin la presencia de un hombre. No tenían derechos propios, al estar solas. Y, sin embargo, ellas no se sumieron en aquella amargura, sino que resistieron y siguieron luchando para tener una vida mejor, para tener un porvenir.

Aquí tenemos que pensar en nuestro tiempo, en nuestra sociedad, en donde ya ha tenido lugar una gran revolución que ocurrió sin un levantamiento armado, y que fue y es el feminismo. Es la más importante revolución de la era Moderna, que se hizo sin armas, pero sí se hizo con muchas luchas. Luchas muy arduas, que han permitido algunos cambios muy importantes, para que las mujeres puedan tener derecho de igualdad, como los hombres, y para que esos derechos se expresen en leyes y en una cultura que permite reconocer la violencia que había estado allí, por milenios, como algo naturalizado, como algo que se consideraba “normal”.

Pero esos avances han tenido como respuesta una guerra desde sectores muy conservadores, desde lugares de poder, en contra del feminismo, porque precisamente se han levantado los miedos a la pérdida de privilegios, o al cambio de una sociedad sin ese orden patriarcal, machista.

Porque el problema es que el feminismo nos conduce a cuestionar la masculinidad de modo radical, y nos coloca ante la fragilidad que está presente también del lado de los hombres.

Por eso es muy importante la figura de Booz, en la historia de Rut. Booz es el modelo de un hombre que no se comporta al modo patriarcal, que no responde como un macho alfa, que teniendo en su mano el poder, lo use ante aquella mujer forastera, que era Rut.

Booz muestra respeto por aquella mujer extranjera, y también tendrá una atención considerada hacia aquella mujer viuda, que era Noemí. Y ese respeto, y esa atención considerada, hacia las mujeres en condición de vulnerabilidad nos muestran que Booz era capaz de mostrar otra forma de masculinidad. Se trata de una masculinidad que no se tiene que mostrar dominante ni impositiva, sino que es capaz de reconocer la dignidad de aquella mujer.

Esto se refleja en los diálogos del relato, en la atención que Booz despliega ante Rut:

Luego Booz le preguntó a su criado, el encargado de los segadores:
—¿De quién es esta joven?
El criado encargado de los segadores respondió:
—Es la joven moabita que volvió con Noemí de los campos de Moab. Me ha dicho: «Te ruego que me dejes espigar y recoger tras los segadores entre las gavillas». Llegó esta mañana y ha estado trabajando desde entonces hasta ahora, sin descansar ni un solo momento.
Entonces Booz dijo a Rut:
—Oye, hija mía, no te vayas, ni recojas espigas en otro campo; te quedarás aquí junto a mis criadas. Fíjate en qué campo cosechan y síguelas; pues he mandado a los criados que no te molesten. Y cuando tengas sed, ve a las vasijas, y bebe del agua que sacan los criados. (2: 5–9)

Y no solamente es capaz de darle ese respeto, sino que Booz es capaz de reconocer en la determinación de aquella mujer, un valor de fidelidad y de esperanza:

Booz le respondió:
—He sabido todo lo que has hecho con tu suegra después de la muerte de tu marido, y cómo has dejado a tu padre y a tu madre, y la tierra donde naciste, para venir a un pueblo para ti desconocido. Que el Señor te recompense por ello, y que recibas tu premio de parte de Dios el Señor de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte. (vs. 11–12)

Aquí lo más impresionante es cómo Booz es capaz de ver y oír aquello que tenía delante, sin guiarse por prejuicios sociales o culturales. Booz no mira a aquella mujer extranjera como un enemigo, que les viene a quitar el trabajo a los locales, ni le mira con los ojos del racismo ni le coloca etiquetas ni la define con estereotipos. Booz comprende la experiencia de exilio de aquella mujer, y comprende que su capacidad de lealtad es admirable.

Esto es lo que indica una forma de masculinidad que no es común. Porque es capaz de ir más allá de sí mismo, porque es capaz de reconocer la fuerza y el valor en aquella mujer que trabaja y que lucha para salir adelante y para ayudar a su suegra, sin que sean del mismo pueblo.

Es el reconocimiento, por parte de Booz, de que aquella mujer moabita tenía una verdadera fe en el Dios de Israel, al modo en que lo dicen los Salmos:

Oye, Señor, una causa justa;
atiende a mi clamor.
Escucha mi oración
[…] Guárdame como a la niña de tus ojos;
escóndeme bajo la sombra de tus alas (Salmo 17: 1, 8)

Y esa masculinidad novedosa de Booz va más allá, porque es capaz de ofrecerle una hospitalidad que va más allá de la caridad, que va más allá de una compasión superficial, puesto que le comparte su plato:

A la hora de comer, Booz le dijo:
—Ven aquí, come del pan, y moja tu bocado en el vinagre.
Se sentó ella junto a los segadores, y él le dio del guiso; comió hasta quedar satisfecha, y aun sobró. (v. 14)

¿Por qué hablo de una masculinidad novedosa o que es diferente? Pues porque en el mundo antiguo, la masculinidad “normal” se expresaba con la dominación, con gestos que mostraban claramente la posición superior y de más fuerza, de control y dominio. Y el riesgo de darle a una mujer, y extranjera, tantas atenciones, lo que reflejaba era más bien la debilidad.

Esto es algo que también pasa en la actualidad, cuando la masculinidad se refleja como dominación, como rechazo a formas de igualdad, como lo que reclama el feminismo. Esto es algo que explica bien la antropóloga Rita Sagato, cuando dice que los hombres que ejercen violencia contra las mujeres, lo hacen para tener el reconocimiento de otros hombres, para ser reconocidos como “hombres verdaderos”. Son los ojos de los demás hombres, su mirada, lo que se quiere complacer. Por eso, ante esos ojos de otros hombres, la masculinidad de Booz aparecería como “debilidad”, como una ternura que no llena la medida de lo que se espera de un “jefe verdadero”.

Pero estas acciones de Booz son lo que refleja la manera “masculina” de la acción de Dios, porque se trata del Dios que nos redime, que nos salva, en ese modo de la ternura, que es una manera bastante femenina, por decirlo así.

Porque Dios es esa gallina o esa ave que nos esconde bajo las alas de sus alas, como dice el Salmo. Y no es la imagen del Dios guerrero, del Dios Todopoderoso que nos defiende con su fuerza, sino que Dios es “masculino” de ese otro modo, que son las alas en las que encontramos refugio en los momentos más oscuros. Ese es el consuelo que Dios nos otorga.

Entonces, lo que pasa es que Rut es la mujer que nos acerca a ese Dios, porque su capacidad de resistencia y de trabajo, su tenacidad para luchar, es lo que hace posible que veamos la respuesta de Booz, llena de una ternura y de un cuidado respetuoso, que nos acerca al modo en que Dios nos redime.

Y desde aquí podemos comprender mejor las palabras de Jesús en el evangelio, cuando nos dice:

Sed, pues, misericordiosos como también vuestro Padre lo es.
No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: medida buena, apretada, remecida y rebosante os revertirá en vuestro regazo, porque con la misma medida con que medís os medirán. (Lucas 6: 36–38)

Se trata de una misericordia que es como la que vemos en Dios, expresada en la vida y la muerte de Jesús: que perdona al enemigo, que no recurre a la venganza, que no se impone a los demás, sino que perdona.

Y vemos como eso se aleja del ejercicio de una masculinidad que se autodefine por la fuerza y la dominación, por la coacción y la condena del otro. Esa no es la manera como Dios se nos muestra en Jesús, sino que Dios se nos muestra en esa ternura y en ese respeto a quienes son más vulnerables o más frágiles, como vemos en el caso de esas mujeres, en la historia de Rut y de Noemí, en quienes se había cebado el infortunio.

Pero ellas no se rindieron. Y Booz fue el hombre que supo responder desde la fuerza de la ternura, que es la masculinidad que se atreve a no ser masculina, sino femenina. Es la acción de bondad, que se expresa en el respeto y la consideración más atenta, más tierna, que ofrece la esperanza de una vida mejor para los demás.

Que Dios nos ayude y nos guíe, para seguir el ejemplo de esas mujeres y de ese hombre, como el modelo de nuestro Dios que nos acoge, que nos da el refugio de sus alas, que nos da la ternura de su abrazo, en todo momento. Amén.

30/05/2026

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24/05/2026

El Espíritu Santo se derrama para que nos podamos comunicar y para podernos alegrar
Hechos 2: 1–21; Filipenses 4: 4–7
(Barcelona, domingo 24 de mayo de 2026)
Víctor Hernández Ramírez

El Leccionario Narrativo, hoy domingo de Pentecostés, nos propone leer: Hechos 2: 1–21 y Filipenses 4: 4–7.

Hoy celebramos el Pentecostés, que es la fiesta del comienzo, del nacimiento de la iglesia, porque es cuando fue derramado el Espíritu Santo sobre todos. Y ese nacimiento es siempre algo que surge de la acción del Espíritu Santo sobre la comunidad de creyentes, incluyendo a todos, a todas, de una manera extraordinaria, que hace posible el milagro de la comunidad del Espíritu, es decir donde se halla presente la paz de Cristo.

Y tenemos dos lecturas para celebrar el Pentecostés: por un lado el relato de Hechos 2, donde se relata el derramamiento del Espíritu y, además, tenemos los versos de Filipenses 4, donde Pablo habla de la alegría y de la bondad que nacen de esa vida movida por la fuerza del Espíritu Santo.

Entonces, estos dos textos bíblicos nos llaman a dos miradas, una mirada que se dirige al inicio de todo, a la ocasión del derramamiento del Espíritu Santo, y la segunda mirada se dirige hacia nosotros mismos, para que podamos darnos cuenta de la manera como ese Espíritu nos sigue llenando y empujando. Entonces, vayamos a esas dos miradas.

La primera mirada nace del relato de Hechos, donde se nos dice que todo ocurrió en el día de la fiesta de Pentecostés. Era una fiesta religiosa judía, en la que muchísimos judíos peregrinaban a la ciudad de Jerusalén, para celebrar en plena primavera su gratitud a Dios, por las cosechas y por esa alianza que Dios había hecho con ellos.

Y en ese día, los creyentes están reunidos en una casa. No sabemos cuántos eran, además de los 12 apóstoles, estaban más discípulos, y había mujeres y hombres. Pero lo más importante es la manera como ocurre todo: el estruendo del viento que baja del cielo, que es la manera como se expresa la llegada, la irrupción del Espíritu Santo. Y, además, sobre la cabeza de cada uno, de cada una, se posa una lengua de fuego, y esto señala cómo el Espíritu viene a cada persona, de manera individual, de modo que son todos y es cada uno, cada una. Es una experiencia colectiva pero también es personal.

Pedro explicará más adelante (vs. 14–21), que allí se estaba cumpliendo la promesa dada por Dios, por medio del profeta Joel, de que se derramaría el Espíritu de Dios sobre toda la humanidad, y sobre hijos e hijas, y sobre jóvenes y ancianos.

Pero el efecto más importante de este derramamiento del Espíritu es el milagro de la comunicación a los demás, por medio de lenguas o idiomas, que hacen posible que ellos compartan con todos las maravillas de Dios.

Este es el milagro, este es el gran acontecimiento que produce el Espíritu Santo por medio de cada creyente. Es el milagro de poderse comunicar, de darse a entender, en el sentido de que haya una comprensión y por tanto haya en verdad un encuentro con los demás.

Porque el problema consiste precisamente en que haya esa forma de comunicación: no sólo de la trasmisión de una información, sino la comunicación que consiste en que haya una conexión, una comprensión, una vivencia de compartir aquello que tiene valor, que nos concierne de manera común, y que nos hace sentirnos unidos en una misma esperanza.

Porque en eso consiste que se hable de modo comprensible de las maravillas de Dios: que podamos experimentar la gracia y la paz de Dios, que podamos hallar alivio y consuelo común para las angustias, que podamos mirarnos con una paz que nos hace sentirnos unidos. Esto es lo que hace el evangelio, hace posible esa reconciliación, pero eso es posible por la acción del Espíritu Santo.

Esto es lo que deja a todos asombrados:

Atónitos y maravillados, se decían:
—Mirad, ¿no son galileos todos los que hablan? ¿Cómo, pues, los oímos nosotros hablar a cada uno de ellos en nuestra lengua materna? Partos, medos, elamitas y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes. Todos los oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. (2: 7–11)

Porque ocurre muchas veces que hablando el mismo idioma, no haya ningún entendimiento verdadero. Porque muchas veces se habla y se habla, pero no se escucha en verdad. Se puede incluso aprender un idioma nuevo, y puede haber una buena traducción, pero eso no es garantía de entendimiento verdadero.

Porque aquí la clave está en la expresión de “nuestra lengua materna”: quiere decir que uno llega a sentirse comprendido cuando volvemos a ese origen del lenguaje, que fueron las palabras de la madre, que acompañó sus palabras con una mirada que reconocimiento, de modo que pudimos hablar desde la experiencia de la confianza y del amor.

Y eso es lo que hace en nosotros el Espíritu Santo: es el viento de Dios que nos hace capaces de reconocer al prójimo como hermano o hermana. Es la acción del Espíritu que nos empuja a saltar los prejuicios y romper con las barreras que nos separan o que nos alejan de la otra persona.

Fijémonos que esto puede pasar incluso en las relaciones más cercanas, e incluso hablando la misma lengua. Pasa en las relaciones de padres e hijos, o en las relaciones de pareja: hablamos y hablamos, pero no nos entendemos. Y nos herimos mutuamente con los malentendidos. Y nos sentimos aislados o en soledad, porque no nos sentimos comprendidos. Nos decimos palabras que no son amorosas, o nos decimos frases impacientes o llenas de rencores… y no logramos hallar reconciliación ni paz, los unos con los otros.

Eso cambia por la acción del Espíritu Santo. Es la experiencia de Pablo y de los creyentes de Filipo, como leemos en la carta a los Filipenses:

Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez os digo: ¡Regocijaos! Que vuestra bondad sea conocida por todas las personas. El Señor está cerca. (4: 4–5)

Esto que Pablo les dice a los creyentes de Filipos es lo que nace de la acción del Espíritu Santo: es decir que pueden vivir la experiencia de la alegría, del gozo, del contentamiento, como algo que nace de sentir la cercanía de Jesucristo. Porque es una alegría que nace de un modo extraño y misterioso, que nace de recordar las palabras del evangelio, que nace de sentir la fuerza de una esperanza que viene de Jesucristo.

Pero esta alegría tiene que ver con la actitud y la relación con los demás, con cada una de las personas con quienes nos topamos y con quienes nos relacionamos. Por eso Pablo dice que todas las personas conozcan nuestra “bondad” (ἐπιεικὲς, epieikés = amabilidad, afabilidad, gentileza, moderación). Y esto quiere decir que tengamos un trato cuidadoso, atento, amable, con cada uno, con todos.

Simone Weil decía que hemos de ejercitar la “atención” a los demás, con mucho cuidado. Y ella se refería a un ejercicio cuidadoso para mirar y reconocer a la otra persona, para tener un tacto y un cuidado con respecto a la otra persona, de una manera que ese trato es como una oración, como una manera de relacionarse con toda dedicación al otro. Y que en ese mirada, se debía formular siempre la pregunta: “¿Qué te atormenta?, ¿cuál es tu tormento?” Y que no debíamos presuponer la respuesta, sino que debemos esperar la respuesta. Si estamos ante un cojo, no hemos de dar por sentado que le atormenta su cojera, sino que hemos de mirarle con atención, y que nuestra actitud ha de hacer esa pregunta y que esperemos, que tengamos la consideración suficiente para escucharle, con toda atención.

Y si nos damos cuenta, aquí no estamos ante formas de espiritualidad que se expresan en las relaciones carismáticas de tipo espectacular o centradas en la admiración a personajes carismáticos o líderes espirituales. No se trata tampoco de experiencias espirituales centradas en nuestras meras necesidades interiores o en ciertas emociones bajo el “chute emocional” de la música o de las luces, o de las imágenes que admiramos en las pantallas. Lo que Pablo escribe, tiene que ver con otro tipo de experiencia bajo la acción del Espíritu Santo.

Se trata de la acción del Espíritu Santo que se expresa en esa alegría que nace de reconocer al prójimo como un misterio que viene de Dios, del mismo modo que la vida que nos regala Dios es un enigma que solamente vamos comprendiendo bajo la gracia de Dios.

Esa alegría se relaciona siempre con una acción del Espíritu Santo que nos lleva a reconocer la presencia de Cristo en las relaciones con los demás. Por eso, es clave la epieikés, esa afabilidad, esa gentileza, hacia cada persona. Y es una actitud llena de alegría, de un gozo que viene del Señor.

Y, entonces, esa experiencia espiritual es la que nos llena de la paz de Dios:

No estéis preocupados por nada, sino más bien, dad a conocer vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. (4: 6–7)

Esto es diferente a lo que enseñaban los estoicos o los epicúreos, que pedían que cada uno alcanzara una ataraxia, ese estado de serenidad, que era el resultado de un ejercicio individual.

Lo que Pablo dice es algo diferente: es la experiencia comunitaria de compartir juntos las preocupaciones, que llevamos juntos a la oración comunitaria. Y en esa oración se ejercita también la acción de gracias, confiados siempre en que podemos esperar en Dios, en cada momento, en todo momento, incluso cuando todo es oscuro o amenazante.

Esa es la paz de Dios: es la paz que viene a nosotros como la espera que puede descansar en la fidelidad de Dios, que puede esperar en la confianza de que Dios no nos abandona, en una espera que puede sentir que la mano de Dios nos sostiene cada día. Y eso se hace de manera comunitaria, en esa mirada amable y atenta hacia el otro, hacia cada mujer y cada hombre, que es mi hermano, mi hermana, en Jesucristo.

Es una paz que representa la presencia de Dios, por medio de ese Espíritu que nos da fuerza en medio de la debilidad, que nos ilumina en medio de las tinieblas, que nos da aliento, que nos llena de esa extraña alegría, que es una alegría que se expresa en el canto, en la oración, en la confianza de sabernos acogidos en el perdón y en el amor del Señor.

Hoy es Pentecostés. Celebramos el aniversario de toda la iglesia, su nacimiento. Y lo hacemos llenos de la alegría que viene del Espíritu de Dios, que se nos dio para podernos comunicar y para podernos alegrar, siempre. Demos gracias al Señor y cuidemos los unos de los otros. Amén.

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