Església Evangèlica de Betlem

Església Evangèlica de Betlem Som una comunitat multiètnica, acollidora, segura del que creu, esperançada, útil en el seu context, oberta als canvis... de tots els colors de Terra

Som una comunitat multiètnica, acollidora, segura del que creu, esperançada, útil en el seu context, rejovenida, oberta als canvis... de tots els colors de la terra.

06/09/2026
05/09/2026

De la codicia a la gratitud
Éxodo 20: 17; Mateo 22: 34–40
(Barcelona, domingo 6 de septiembre de 2026)
Víctor Hernández Ramírez

Para hoy, 15º domingo después de Pentecostés, nuestras lecturas bíblicas son éstas: Éxodo 20: 17; Mateo 22: 34–40.

El texto bíblico es Éxodo 20: 17, que es el décimo mandamiento. Los domingos pasados, vimos los anteriores mandamientos: primero Éxodo 20: 1–11, los primeros 4 mandamientos, luego Éxodo 20: 12–16, los siguientes 5 mandamientos. Y, ahora tenemos el último, el décimo mandamiento:

“No codicies la casa de tu prójimo: no codicies su mujer, ni su esclavo o su esclava, ni su buey, ni su a**o, ni nada que le pertenezca.”

Como se dijo en los domingos anteriores, los diez mandamientos son palabras (en hebreo dice: דְּבָרִ֥ים, debarim = palabras) que da Dios. Son sus palabras para el pueblo, es decir, para nosotros, nosotras. Y son palabras de libertad, es decir nos son dadas para que alcancemos una vida en libertad, lo que es igual a decir una vida buena, una vida digna, una vida que tenga plenitud.

Y, como se dijo también, los mandamientos nos hablan de nuestra relación con Dios y de la relación con el prójimo, porque ambas cosas equivalen a lo mismo: tener una buena relación con Dios equivale a tener una buena relación con los demás, con el prójimo. Y tener una buena relación con el prójimo, equivale a tener una buena relación con Dios. Y si tenemos una buena relación con Dios y con el prójimo, entonces quiere decir que vivimos la libertad, construimos una vida que está bien, que es plena, que tiene armonía y que vale la pena de vivirse.

Pero aquí tenemos el último, el décimo mandamiento, que tiene algo especial, pues no habla de acciones, sino de deseos. En los demás mandamientos se prohíbe hacer, pero aquí se prohíbe codiciar. Se ha debatido mucho sobre esta diferencia, y se ha señalado que el verbo hebreo (חָמַד, jamad) está muy cerca de la acción, es decir que habla de una codicia que suele ir seguida de la acción.

Pero, con todo, este mandamiento habla del deseo codicioso, de algo que nace en el corazón humano, de algo que puede también decirse con otras palabras, como querer, envidiar, anhelar… pero qué?

Y aquí vemos que el mandamiento habla de aquello que pertenece al prójimo, algo que es de otra persona: su casa, su esposa o esposo, su sirviente, su a**o, es decir, se refiere no solamente a lo suyo (y aquí, claro, tenemos que reconocer esa diferencia entre el mundo antiguo y el mundo moderno, porque para nosotros está claro que la esposa o el esposo no son una propiedad), que también, sino que se refiere a lo que le permite vivir tranquilamente o vivir confiadamente. Se trata del mundo propio, que se deriva de tener un espacio propio, de tener ciertas cosas y de sentirse confiado en que no vendrá alguien a arrebatarte lo tuyo.

Los especialistas nos dicen que el sentido que tiene el mandamiento, el décimo, tiene que ver con evitar la amenaza de aquellos robos que pueden hacer los poderosos, los ricos, en contra de la gente más pobre o débil. Aquí estamos hablando de los robos “legales”, que por medio de la corrupción, o de la coacción, o de la imposición por el gran poder de otros, se puede realizar por parte de los ricos.

Un ejemplo de ello, como vimos el domingo pasado, es el caso del rey Acab (1Reyes 21), que codició la viña de su vecino, de Nabot, y que por consejo de su esposa, hizo que lo mataran y se quedó con aquella viña. Esa narración nos ofrece el mejor ejemplo de la fuerza de la codicia: Acab no es capaz de ver la infamia que nace de la codicia, solamente puede ver la viña codiciada, y pierde el apetito y no quiere comer. Su codicia lo consume.

Otros profetas hablan de cómo la codicia produce ese tipo de “robos legales”, que son las acciones de quienes pueden aprovecharse de otros:

¡Ay de aquellos que incluso en sus sueños / siguen planeando maldades, / y que al llegar el día las llevan a cabo / porque tienen el poder en sus manos! / Codician terrenos, y se apoderan de ellos; / codician casas, y las roban. / Oprimen a los hombres, / y a sus familias y propiedades. (Miqueas 2: 1–2)

Y se trata de una fuerza que nace del interior, de una intimidad que está llena de esa codicia. Esto lo expresa muy bien el salmista:

La maldad habla al malvado / en lo íntimo de su corazón. / Jamás tiene él presente / que hay que temer a Dios. / Se cree tan digno de alabanzas, / que no encuentra odiosa su maldad. / Es malhablado y mentiroso, / perdió el buen juicio, dejó de hacer el bien. / Acostado en su cama, planea hacer lo malo; / tan aferrado está a su mal camino, / que no quiere renunciar a la maldad. (Salmo 36: 1–4)

Seguramente estos versos del Salmo nos parecerán muy actuales, porque expresan bien lo que vemos en la actualidad, pues incluso en la TV y en muchos videos, vemos hoy en día a hombres poderosos que expresan su codicia sin ninguna vergüenza y tuercen la verdad y se aferran a su poder y su fuerza para seguir adelante con sus planes.

Pero el mandamiento también nos habla a nosotros. Nos habla a todos. Lo que significa que cada uno somos capaces de la codicia que nos conduce a dañar al prójimo. Esto es algo que nos enseña Pablo, cuando explica el evangelio en la carta a los Romanos, y nos habla de la ley, y menciona precisamente este mandamiento:

¿Vamos a decir por esto que la ley es pecado? ¡De ninguna manera! Sin embargo, yo no habría conocido el pecado si no hubiera sido por la ley. En efecto, jamás habría sabido lo que es codiciar si la ley no hubiera dicho: “No codicies.” Pero el pecado, valiéndose del propio mandamiento, despertó en mí toda clase de malos deseos; pues mientras no hay ley, el pecado es cosa mu**ta. Hubo un tiempo en que, sin la ley, yo tenía vida; pero cuando vino el mandamiento cobró vida el pecado, y yo morí. Así resultó que aquel mandamiento que debía darme la vida me llevó a la muerte, porque el pecado, aprovechándose del mandamiento, me engañó, y con el mismo mandamiento me dio la muerte. (Rom 7: 7–11)

Codiciamos. Todos. Siempre. Es decir, que en nuestro corazón anidan los buenos deseos, pero también los malos deseos. Nuestros ojos miran y de esa mirada nacen siempre los deseos, que pueden ser buenos, pero que también pueden ser deseos de envidia, de codicia, de un dolor o de algo que produce sufrimiento, porque quiere aquello que tiene el otro, el prójimo.

Y precisamente porque eso es algo humano, que nos ocurre a todos, a todas, es que Dios nos dirige esas palabras. Dios nos ha dado cada una de sus diez palabras, y la décima es una palabra que nos dice que es verdad, es verdad que nuestros ojos nos hacen desear lo que miramos y que esos deseos pueden ser constructivos y pueden llevarnos a establecer relaciones sanas con los demás.

Pero también nuestras miradas pueden volverse oscuras o llenas de la codicia que nos conduce a la amargura, a la tristeza, al dolor envidioso o celoso, que nos hace sentir un vacío y una pena, porque queremos lo que la otra persona tiene y yo no tengo, porque quiero lo suyo, porque quiero su felicidad o quiero su vitalidad. Y no tolero que lo tenga ella o él, y que yo no lo tenga.

Por eso aparece el mandamiento, la décima palabra, que nos dice “no codicies lo que es de tu prójimo”, y esa palabra nos empuja hacia Jesús. Y nos empuja a que estemos a su lado, a que le sigamos.

Y, si seguimos a Jesús, vamos aprendiendo a educar nuestros ojos. Si caminamos con Jesús, si escuchamos sus palabras, entonces nuestra mirada aprende a mirar a la manera de Jesús. Y si caminamos con Jesús y nos sentamos a comer con él, y vemos cómo parte el pan y nos lo da, y cada uno le toca un pedazo, y se come y se bebe en compañerismo. Entonces nuestros ojos se van transformando.

Y el cambio que Jesús produce en nosotros es el nacimiento de la gratitud. El Señor nos ayuda a ser capaces de tener una mirada agradecida. La gratitud es otra mirada, muy distinta a la mirada codiciosa. La gratitud nace del Espíritu del Señor, que nos muestra que somos objeto del amor de Dios. Es una mirada que mira lo pequeño y no lo ve pequeño. Mira el trozo de pan y lo que ve es la abundancia que nace de compartir lo que se tiene. Mira el pan y ve el trabajo compartido, el esfuerzo común, para que podamos comer del fruto de la tierra.

Eso es algo que va naciendo de caminar y de escuchar a Jesús. Como cuando nos dice:

“No tengáis miedo, pequeño rebaño, que el Padre, en su bondad, ha decidido daros el reino. Vended lo que tenéis y dad a los necesitados; procuraos bolsas que no envejezcan, riquezas sin fin en el cielo, donde el ladrón no puede entrar ni la polilla destruye. Pues donde esté vuestra riqueza, allí estará también vuestro corazón. (Lucas 12: 32–34)

Y, entonces, vemos cuál era la intención del décimo mandamiento, que nos hablaba de no codiciar lo que es del prójimo. Y, por medio de Jesús, nos vuelve a decir algo nuevo: que ya lo tenemos todo, todo. Que nada falta, porque nos ha sido dado el reino de Dios. Que solamente la gratitud nos hace ver la riqueza de la gracia de Dios. Que todo nos pertenece, aún cuando no tengamos casi nada, porque la riqueza está en haber recibido a manos llenas el amor del Señor.

Que Dios nos bendiga con la gratitud que nos enseña el Señor. Amén.

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