18/02/2026
Querida comunidad:
Comenzamos la Cuaresma. Y este año siento con fuerza que no podemos vivirla de cualquier manera, ni como una costumbre más, ni como un simple cumplimiento religioso. No hay más pretensión que hacerte llegar mi reflexión al inicio de este tiempo, en el marco del mensaje del Papa León XIV para esta cuaresma.
En primer lugar, te agradezco que me des la oportunidad de dirigirme a ti. Lo hago desde el deseo de compartir como pastor de esta comunidad que la Iglesia me ha encomendado.
El Papa en su mensaje de Cuaresma nos invita a volver a poner el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre impulso y nuestro corazón deje de dispersarse en tantas cosas que nos distraen, necesidad de recentrarnos, necesidad de volver a lo esencial.
La Cuaresma es una ocasión para escuchar la voz del Señor y renovar nuestra decisión de seguir a Cristo, y en ese camino estamos. Hago uso de las tres palabras que el Papa usa en la estructura de su mensaje: escuchar, ayunar y juntos.
Escuchar: el primer paso para entrar en relación
La escucha es el primer signo de que queremos entrar en relación con el otro. Sin escucha no hay comunidad. Sin escucha no hay acompañamiento. Sin escucha no hay transmisión de la fe.Pero escuchar no es solo oír palabras. Es abrir espacio interior. Es dejarse afectar. Es permitir que el otro tenga lugar en mi vida.
Si escuchamos de verdad la Palabra de Dios, eso nos llevará necesariamente a una escucha más verdadera de la realidad: del hermano, del que sufre, del que piensa distinto, del que está herido. Escuchar nos libera de esclavitudes: del individualismo, del orgullo, de la autosuficiencia, en definitiva nos saca de lo que nos divide.
Ayunar: crear espacio para Dios y para el hermano
El Papa dice que el ayuno no es solo una práctica exterior, es una disposición del corazón. Nos predispone a la acogida de la Palabra y nos capacita interiormente.
Pero reconozco que me ha causado impacto escuchar del Papa la llamada concreta de “ayunar de palabras que dañan”: palabras hirientes, juicios rápidos, calumnias, comentarios que dividen, que en muchas ocasiones ocultan un deseo de poder, “de manejar”, de ser el centro. Por eso, hoy más que nunca es tiempo de que las palabras de dureza den paso a palabras de esperanza, que las palabras de crítica den paso a palabras de paz.
No podemos decir que escuchamos a Dios si nuestras palabras ofenden al prójimo. No podemos proclamar el Evangelio si nuestro lenguaje no construye comunión y a veces, el lenguaje también son silencios, ausencias.
Juntos: la dimensión comunitaria de la conversión
Os confieso que me ha encantado ver en su mensaje esta última palabra: juntos. Si de algo estoy convencido es de que no estamos llamados a vivir la fe cada uno por su cuenta. No se trata de una espiritualidad aislada, intimista, cómoda. La fe cristiana es comunitaria o no es plenamente cristiana.
Corremos el riesgo de una fe vivida como cumplimiento: voy a misa, me confieso, rezo… y todo eso es bueno y necesario. Pero si no me dejo interpelar por el hermano, si no escucho la realidad, si no me implico en la vida común, puedo caer sin darme cuenta en una espiritualidad falsa, incluso soberbia: clamar a Dios mientras ignoro al prójimo, porque no me cae bien, porque “no es de mi cuerda” o porque simplemente “las cosas no son como antes”.
Sin duda alguna, Dios nos habla también en la comunidad y no siempre lo que escuchamos nos resulta cómodo, y os lo digo desde mi propia experiencia. Pero la Iglesia hoy más que nunca nos invita a caminar en sinodalidad, que significa caminar juntos, unidos a pesar de las diferencias, pero en escucha constante de la voluntad de Dios y del clamor del pueblo.
También ahora es momento de agradecer que en nuestra parroquia ya existen espacios donde esto se hace realidad, y quizá necesitamos ponerlos más en valor y potenciarlos: los momentos de adoración comunitaria, la Eucaristía dominical, especialmente la misa de las 12h, la atención a los hermanos de la calle en los desayunos de los domingos, entre otras muchas acciones y momentos que ocurren cada semana en la comunidad.
En este sentido vivo con esperanza y me produce alegría ver como nuestra comunidad se ve enriquecida con una implicación y presencia muy activa de las comunidades de vida consagrada de nuestra parroquia. Es un gran regalo con el que Dios nos ha bendecido. Doy gracias por este regalo de comunión con la familia Salesiana, por las comunidades de hermanos salesianos y hermanas salesianas, por la comunidad de hermanas Franciscanas, la comunidad de los hermanos Maristas y por la presencia de la Fraternidad Seglar en el Corazón de Cristo que se hace presente en la comunidad a través de Ruth. Ahí el Señor nos está hablando. Siento que Dios nos pide seguir avanzando en ello y seguir fortaleciendo esta comunidad, esta fraternidad.
Por tanto, en medio de tantas gracias vividas, no nos engañemos pensando que “cumplir” basta. No debería bastarnos. La Cuaresma nos invita a algo más profundo: a dejarnos transformar como comunidad.
Deseo que nuestra parroquia sea un hogar donde especialmente quien sufre encuentre acogida, donde la escucha de la Palabra y el clamor de los pobres y de la tierra formen parte de nuestra vida común.
No vivamos de espaldas a la realidad, no tengamos miedo de dejarnos interpelar.
Que reconozcamos qué es lo que realmente orienta nuestros deseos, tanto como comunidad como en nuestra propia vida.
Si escuchamos de verdad, si ayunamos de lo que nos divide, si caminamos juntos, esta Cuaresma no será un tiempo más. Será un verdadero camino de conversión.
Os invito, con sencillez y con cariño de pastor, a que recorramos estas semanas así:
poniendo a Dios en el centro,
aprendiendo a escucharnos,
cuidando nuestras palabras,
huyendo del individualismo,
y fortaleciendo los espacios donde ya somos comunidad.
Caminemos juntos hacia la Pascua. Que el Señor nos conceda un corazón disponible, humilde y fraterno y que jamás permita que nos separemos de Él.
Con afecto y oración,
Vuestro párroco.