07/06/2026
No pensábamos publicar esto, pero después de escuchar la homilía de hoy del Papa, creo que tenemos que dar testimonio:
*Los ojos del banco de piedra*
A veces la vida viaja a una velocidad tan absurda que nos nubla la vista. Caminamos ensimismados, devorando los minutos, lidiando con nuestros propios mundos, sin darnos cuenta de que a nuestro alrededor hay otros universos latiendo. Nos cruzamos con decenas de personas al día, pero no las vemos. Solo son sombras que pasan.
Este fin de semana prometía ser uno de esos torbellinos. Eran los días de nuestra fiesta local. Teníamos mil frentes abiertos, preparativos que organizar, risas que compartir y la prisa habitual de las celebraciones. Nada, absolutamente nada en nuestra agenda, nos hacía presagiar que el verdadero centro de gravedad de esos días se concentraría en una sola mirada.
Apareció el viernes. Al entrar a la iglesia por la tarde, allí estaba. Lo primero que te atrapaba eran sus ojos azules: limpios, serenos, que saludaban con un "buenas tardes" educado y casi invisible. No pedía nada. Tal vez por timidez, tal vez por ese orgullo digno de quien no quiere convertirse en una molestia para los demás, se guardaba las ganas de pedir ayuda para poder comer. Sin embargo, no le hizo falta hablar. A todas nosotras, desde ese primer cruce de miradas, se nos movió algo por dentro. Una intuición, un pellizco en el corazón.
El fin de semana avanzó festivo para el pueblo, pero para él fue una sucesión de pequeñas crueldades. Nos contó que la noche anterior, unos chavales le habían tirado bebida por encima. Quizá lo hicieron por la diversión estúpida del alcohol, por echarse unas risas fáciles, incapaces de comprender que allí, encogido en un banco, no había un estorbo, sino un ser humano. Alguien con sentimientos, arrastrando la profunda tristeza de no poder volver a su hogar, con el duelo atragantado por no haber podido despedir a su hermano, y sin un solo recurso en los bolsillos.
Intento ponerme en su piel y siento vértigo. Con solo una de sus vivencias, yo no sabría cómo gestionar mi vida. Y sin embargo, él no se enfrentó. No gritó, no se alteró. Calló, tragó saliva y, con la inocencia vulnerable de un niño, nos terminó contando su pena.
El domingo la situación no mejoró. Al revés, la hipocresía dolió más. Vimos cómo el sistema o la burocracia le ponían la miel en los labios, prometiéndole una ayuda institucional que jamás llegó.
Quiero pensar que todo esto no ocurrió por azar. Pasó por algo. Algo nos iluminó. Fue Pili quien dio la voz de alarma al ver que la ayuda prometida se evaporaba. Nos unimos. Nos acercamos a él, rompimos la barrera de la prisa y nos pusimos a hablar. En ese instante, aquel hombre nos tocó el corazón y nos obligó a poner los pies en el suelo de golpe.
A veces pensamos que la tragedia y la necesidad están lejos, que hay que cruzar mares o mirar las noticias de las pateras para conmoverse. Pero no hace falta irse tan lejos. Aquí mismo, en Ciudad Real, a menos pasos de los que imaginamos, tenemos a alguien que sale de su pueblo en busca de algo mejor, de un trabajo, de una oportunidad, y se encuentra con personas que viven rápido, que pasan de largo sin mirar.
Por suerte, esta vez, decidimos detener el tiempo. Juntas, tomamos una decisión: le pagaríamos el billete de vuelta a su hogar.
Al decírselo, aquellos ojos azules se iluminaron de golpe, con la misma ilusión pura de los niños cuando reciben su regalo la mañana de Reyes. Había algo en su mirada que desbordaba un agradecimiento infinito, una bondad que te desarmaba. Con ese instinto de madres que cuidan de los suyos, le acompañamos a la estación. No nos movimos de allí, permanecimos a su lado vigilantes y unidas, hasta que subió al autobús y le vimos sentarse en su asiento, por fin a salvo, rumbo a casa.
Antes de partir, nos prometió que llamaría. Y ha cumplido su palabra. Cuando nos habla, se nota que siente que tiene una deuda enorme con nosotras. Pero se equivoca. La deuda no es suya; la tenemos nosotras con él. Y, sobre todo, la tenemos con la Virgen de las Flores. Ella fue quien nos hizo parar en medio del ruido de las fiestas, la que nos impidió mirar hacia otro lado. Fue su manto de madre el que nos cubrió y nos guio en el momento exacto para poder salvar a Santiago.
Por ello, nos quedamos con el lema de la visita del Papa León XIV "ALZAD LA MIRADA"