04/05/2026
Este domingo nuestro hermano Lalo García nos compartió la siguiente reflexión durante el tiempo de predicación:
¿Qué harías con 20.000€?
Imagina por un momento que abres tu aplicación bancaria y, de repente, aparecen 20.000€ con los que no contabas. ¿Qué sería lo primero que harías? Quizás pensarías en cambiar finalmente ese coche viejo que ya parece una «tostadora con ruedas», o tal vez decidirías liquidar esa deuda que te quita el sueño. Algunos optarían por asegurar la universidad de los hijos o simplemente guardarían ese dinero como un «colchoncito» de seguridad ante la incertidumbre.
Esta pregunta nos sitúa en el corazón de Juan 12:1-8. El escenario es Betania, y la atmósfera es de una tensión eléctrica. Por un lado, las élites religiosas ya han decidido que Jesús debe morir; por otro, en la mesa de la cena, se sienta Lázaro. Su presencia es un testimonio vivo y silencioso del poder de Jesús sobre la muerte, pero también el detonante del odio del Sanedrín. En ese espacio donde el aroma de la vida (la resurrección) choca con el hedor de la conspiración (la muerte inminente), surge un acto de devoción tan extravagante que rompe todos los esquemas de la lógica humana.
Para entender la magnitud de lo que ocurrió aquella tarde, debemos hablar de números. El texto menciona que el perfume valía 300 denarios. En el siglo I, un denario era el salario de una jornada completa. Estamos hablando de casi un año entero de sueldo; 300 días de labor sin descanso.
En términos actuales, ese frasco representaba aproximadamente 20.000€. Para una mujer de la época, este perfume no era un simple cosmético; era su red de seguridad, su herencia o su dote en una sociedad donde las mujeres solas eran extremadamente vulnerables. El envase mismo, un frasco de alabastro, no fue elegido al azar: este material era valorado por su capacidad única para preservar intacta la esencia y el aroma de lo que contenía.
El primer impacto es este: la verdadera devoción no sabe calcular. María no midió las gotas ni reservó un poco para el futuro. Al romper el frasco, eliminó cualquier posibilidad de dar marcha atrás. Para los ojos del mundo, aquello fue un desperdicio. Para María, era la única respuesta proporcional ante aquel que había devuelto la vida a su hogar.
El acto de María no solo fue costoso económicamente, sino también socialmente escandaloso. El relato detalla que ella no se limitó a ungir a Jesús; se soltó el cabello y enjugó los pies del Maestro con él.
En el contexto judío, el cabello de una mujer era considerado su «honra». Soltarse el cabello en público era un gesto reservado exclusivamente para la más absoluta intimidad. Al hacerlo frente a un grupo de hombres, María estaba cruzando una línea social peligrosa; estaba realizando un gesto «indecoroso» a ojos de la cultura de su tiempo.
María decidió llevar su adoración privada al centro de un escándalo público. En ese momento, se volvió indiferente al «qué dirán» y a su propia reputación. Ella entendió que cuando se reconoce la verdadera identidad del Señor, el orgullo propio es lo primero que debe derramarse.
El evangelista Juan utiliza un recurso casi cinematográfico, poniendo el foco sobre dos personajes que representan polos opuestos de la experiencia humana ante Dios.
Judas Iscariote interviene con un argumento que suena razonable, incluso piadoso: «¿Por qué no se vendió este perfume... y se dio a los pobres?». Es la voz de la piedad lógica, pero el texto nos revela que mientras pronunciaba estas palabras, Judas estaba «calculando el comentario más aceptable» para ocultar su verdadera naturaleza. Su objeción no nacía del amor por los necesitados, sino de su propia avaricia.
Este contraste es una advertencia para nosotros: es posible usar argumentos «espirituales» o «socialmente responsables» para enmascarar un corazón que no desea rendirse.
«Mientras Judas calculaba la fortuna que, a su juicio, se estaba desperdiciando, María se entregaba en un acto de rendición total. El corazón de uno estaba en la bolsa; el de la otra, a los pies del Maestro».
Jesús sale en defensa de María con una distinción teológica profunda. En el original griego, la palabra para unción que suele usarse para reyes o sacerdotes es "chrio". Sin embargo, aquí se utiliza el término "aleipo", que se refiere al acto de untar aceites con fines medicinales o, específicamente, para preparar un cuerpo para la sepultura.
María, movida por una intuición espiritual que iba más allá de su entendimiento intelectual, no estaba coronando a un rey en su gloria; estaba preparando un cuerpo para la muerte. Su acto fue una acción profética: el aroma de aquel nardo se mezcló con el anuncio de la crucifixión.
Cuando Jesús dice que «a los pobres siempre los tendréis», no está minimizando la justicia social, sino subrayando que ese momento era único e irrepetible. María entendió que la oportunidad de honrar al Salvador en su humanidad antes del sacrificio no volvería. La ruptura del frasco de alabastro anticipaba poéticamente la ruptura del cuerpo de Jesús en el Calvario.
La adoración no es un sentimiento pasajero, sino la rendición de la voluntad. Al adorar, alineamos nuestra vida con el propósito del Creador. Jesús es digno de esta entrega total no solo por su poder sobre la tormenta o la muerte, sino porque Él se entregó primero.
Al cerrar esta reflexión, surge una pregunta que nos interpela en nuestra modernidad: ¿Qué nos estamos guardando que le pertenece a Él? Muchas veces buscamos nuestra seguridad en esos «20.000€» simbólicos —nuestra comodidad, nuestra reputación o nuestros planes a largo plazo— olvidando que la verdadera estabilidad no está en lo que poseemos, sino en a quién pertenecemos.
* ¿Es tiempo de calidad en la oración lo que retenemos?
* ¿Es nuestra reputación social lo que no queremos «desperdiciar»?
* ¿Es alguna parcela de nuestra voluntad que aún no hemos quebrado?
María rompió un frasco para derramar un perfume, pero Jesús se quebraría en la cruz para derramar su vida por nosotros. No hay mejor lugar para poner nuestra existencia, con todos nuestros tesoros y miedos, que a los pies del Crucificado.