18/04/2026
Reflexión III Domingo de Pascua Ciclo A 2026
Del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35
Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Palabra de Dios.
Reflexión:
Los textos litúrgicos del tiempo pascual buscan iluminar el horizonte de la fe cristiana mediante una serie de testimonios veraces y dignos de crédito de quienes confiesan rotundamente: ¡es verdad, el Señor ha resucitado! Son experiencias vivas que, desde diferentes prismas, van descorriendo la cortina de nuestros ojos para abrirlos al mundo trascendente, tan insospechado como enigmático, del más allá de la muerte.
Por eso, el relato evangélico de este domingo empieza recordándonos lo acontecido a los discípulos camino de Emaús. Estos dos discípulos, el primer día de la semana, abandonan Jerusalén, abandonan la comunidad y se marchan a su pueblo, a Emaús, para volver a su vida rutinaria, a su vida de siempre, recordando sí lo vivido con Jesús de Nazaret, pero tristes, desilusionados, y sin esperanza. A ellos les queda tan solo el recuerdo; en sus corazones sienten que lo vivido con Jesús de Nazaret no pasó de ser un bonito sueño, pero un sueño que acabó en el Gólgota con la muerte en cruz. Para ellos, la pasión del Reino de Dios y el anhelo profundo de un mundo nuevo de justicia, paz y fraternidad, ha terminado.
Sin embargo, desde el lado de Dios todavía no estaba dicha la última palabra. Lo interesante del relato es que “mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado” (Lc 24,15). Pero, como nos dice Lucas, “sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle” (Lc 24, 16). Será el mismo Jesús quien “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas” (Lc 24, 27) les explique lo que había sobre él en todas las Escrituras. Pero no sólo les explicará las Escrituras, sino que, aceptando la invitación de estos caminantes, se hospedará en su casa por haber llegado el día a su ocaso. Y, estando Jesús “sentado a la mesa con ellos” (Lc 24,30), hará que se les abran los ojos y lo reconozcan al partir el pan.
Esta experiencia de reconocimiento la posibilita el mismo Jesús. Jesús sabía la desilusión que invadía el corazón de sus discípulos y por eso entra de nuevo en sus vidas con lo que tiene de más íntimo y personal para devolverles la esperanza: su presencia, las Escrituras, la eucaristía. A ese corazón triste, abatido, decepcionado y frío Jesús lo llenará nuevamente de espíritu y de vida con su presencia y con su Palabra al punto que serán los mismos discípulos quienes digan: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras”? (Lc 24,32).
Con el corazón reconfortado y lleno de esperanza por haber contemplado y escuchado a su Maestro Resucitado, regresarán a Jerusalén, volverán a la comunidad que tan de prisa habían abandonado y contarán al resto de discípulos “lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan” (Lc 24,35).
La liturgia pues nos recuerda dónde hoy reconocemos al resucitado. El relato de Lucas está escrito con toda la intención para animarnos a todos nosotros que no hemos tenido la suerte de ver y oír y tocar al Maestro.
Lo podemos reconocer en la fracción del pan, o sea, en la Eucaristía, el sacramento más inefable que pensó Jesús para seguir siendo él mismo alimento para el camino de los suyos "hasta que venga" al final de los tiempos.
Le podemos reconocer en la celebración de la Palabra: "les explicó las Escrituras... ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?". Cuando en nuestra celebración se proclaman las lecturas bíblicas, sobre todo el evangelio, es Jesús mismo, aunque no le veamos ni nos parezca oírle directamente, quien nos comunica su mensaje, más aún, quien se nos da él mismo, porque él es la Palabra definitiva de Dios.
Le podemos reconocer en la comunidad. Cuando los dos de Emaús llegaron a donde estaba el grupo de Jerusalén, oyeron la Buena Noticia: "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón".
Le podemos reconocer en la caridad fraterna. Ellos, aunque estuvieran tan desanimados, tuvieron el gesto de invitar al "peregrino" desconocido a cenar con ellos. Y allí es donde se les abrieron los ojos. La caridad fraterna es la mejor clave y ambiente para reconocer la presencia del Señor en nuestras vidas.
Todos nosotros, iglesia de Dios, estamos invitados a ser testigos también del Resucitado con nuestras propias vidas. Para poder dar testimonio de la vida de Jesús Resucitado le pedimos a nuestro Señor que también a nosotros nos abra el corazón y la inteligencia para comprender su Palabra y poder proclamarla con nuestras obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo (Lc 24,19). Que así sea. (La Reflexión está tomada de los apuntes para la Homilía del P. Carlos Zúñiga S.J.)