Parroquia de Alburquerque

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Retiro de Fin de Semana Emaús El retiro ofrece una oportunidad para que todo aquel que esté buscando, que no conozca a J...
19/04/2026

Retiro de Fin de Semana Emaús

El retiro ofrece una oportunidad para que todo aquel que esté buscando, que no conozca a Jesús, que lo conozca y no lo quiera o se haya peleado con él o que simplemente vive en el mundo de hoy sumergido en el consumismo, el yo, el ansia de poder y todo lo que da el mundo de hoy… vivan una jornada transformadora producto del encuentro con el amor de Jesús. No hay nada más impresionante que sentir como Dios te ama.
Una cita íntima y muy personal con el Amor de Dios. Emaús no es un movimiento, sino un
apostolado parroquial impulsado por laicos de la comunidad, de acuerdo con el movimiento de la nueva evangelización que implica a los laicos en la Iglesia. Cuenta con el acompañamiento espiritual de sacerdotes de las parroquias. Su finalidad es llevar almas al encuentro con Cristo. Emaús supone una renovación espiritual basada en la lectura del Evangelio de san Lucas 24, 13-35.
¡¡¡Ven y vive esta experiencia!!!

Reflexión III Domingo de Pascua Ciclo A 2026Del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35Aquel mismo día (el primero de ...
18/04/2026

Reflexión III Domingo de Pascua Ciclo A 2026

Del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35
Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Palabra de Dios.

Reflexión:
Los textos litúrgicos del tiempo pascual buscan iluminar el horizonte de la fe cristiana mediante una serie de testimonios veraces y dignos de crédito de quienes confiesan rotundamente: ¡es verdad, el Señor ha resucitado! Son experiencias vivas que, desde diferentes prismas, van descorriendo la cortina de nuestros ojos para abrirlos al mundo trascendente, tan insospechado como enigmático, del más allá de la muerte.

Por eso, el relato evangélico de este domingo empieza recordándonos lo acontecido a los discípulos camino de Emaús. Estos dos discípulos, el primer día de la semana, abandonan Jerusalén, abandonan la comunidad y se marchan a su pueblo, a Emaús, para volver a su vida rutinaria, a su vida de siempre, recordando sí lo vivido con Jesús de Nazaret, pero tristes, desilusionados, y sin esperanza. A ellos les queda tan solo el recuerdo; en sus corazones sienten que lo vivido con Jesús de Nazaret no pasó de ser un bonito sueño, pero un sueño que acabó en el Gólgota con la muerte en cruz. Para ellos, la pasión del Reino de Dios y el anhelo profundo de un mundo nuevo de justicia, paz y fraternidad, ha terminado.

Sin embargo, desde el lado de Dios todavía no estaba dicha la última palabra. Lo interesante del relato es que “mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado” (Lc 24,15). Pero, como nos dice Lucas, “sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle” (Lc 24, 16). Será el mismo Jesús quien “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas” (Lc 24, 27) les explique lo que había sobre él en todas las Escrituras. Pero no sólo les explicará las Escrituras, sino que, aceptando la invitación de estos caminantes, se hospedará en su casa por haber llegado el día a su ocaso. Y, estando Jesús “sentado a la mesa con ellos” (Lc 24,30), hará que se les abran los ojos y lo reconozcan al partir el pan.

Esta experiencia de reconocimiento la posibilita el mismo Jesús. Jesús sabía la desilusión que invadía el corazón de sus discípulos y por eso entra de nuevo en sus vidas con lo que tiene de más íntimo y personal para devolverles la esperanza: su presencia, las Escrituras, la eucaristía. A ese corazón triste, abatido, decepcionado y frío Jesús lo llenará nuevamente de espíritu y de vida con su presencia y con su Palabra al punto que serán los mismos discípulos quienes digan: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras”? (Lc 24,32).

Con el corazón reconfortado y lleno de esperanza por haber contemplado y escuchado a su Maestro Resucitado, regresarán a Jerusalén, volverán a la comunidad que tan de prisa habían abandonado y contarán al resto de discípulos “lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan” (Lc 24,35).

La liturgia pues nos recuerda dónde hoy reconocemos al resucitado. El relato de Lucas está escrito con toda la intención para animarnos a todos nosotros que no hemos tenido la suerte de ver y oír y tocar al Maestro.

Lo podemos reconocer en la fracción del pan, o sea, en la Eucaristía, el sacramento más inefable que pensó Jesús para seguir siendo él mismo alimento para el camino de los suyos "hasta que venga" al final de los tiempos.

Le podemos reconocer en la celebración de la Palabra: "les explicó las Escrituras... ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?". Cuando en nuestra celebración se proclaman las lecturas bíblicas, sobre todo el evangelio, es Jesús mismo, aunque no le veamos ni nos parezca oírle directamente, quien nos comunica su mensaje, más aún, quien se nos da él mismo, porque él es la Palabra definitiva de Dios.

Le podemos reconocer en la comunidad. Cuando los dos de Emaús llegaron a donde estaba el grupo de Jerusalén, oyeron la Buena Noticia: "era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón".

Le podemos reconocer en la caridad fraterna. Ellos, aunque estuvieran tan desanimados, tuvieron el gesto de invitar al "peregrino" desconocido a cenar con ellos. Y allí es donde se les abrieron los ojos. La caridad fraterna es la mejor clave y ambiente para reconocer la presencia del Señor en nuestras vidas.

Todos nosotros, iglesia de Dios, estamos invitados a ser testigos también del Resucitado con nuestras propias vidas. Para poder dar testimonio de la vida de Jesús Resucitado le pedimos a nuestro Señor que también a nosotros nos abra el corazón y la inteligencia para comprender su Palabra y poder proclamarla con nuestras obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo (Lc 24,19). Que así sea. (La Reflexión está tomada de los apuntes para la Homilía del P. Carlos Zúñiga S.J.)

Reflexión Domigo II de Pascua - Divina Misericordia Ciclo A 2026Del Santo Evangelio Según San Juan (20,19-31)Al anochece...
12/04/2026

Reflexión Domigo II de Pascua - Divina Misericordia Ciclo A 2026

Del Santo Evangelio Según San Juan (20,19-31)
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz esté con ustedes» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «La paz esté con ustedes». Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío.» Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «La paz esté con ustedes.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. Palabra del Señor.

Reflexión:
En el año 2000 el papa Juan Pablo II estableció el II Domingo de Pascua como la Fiesta de la Divina Misericordia, promovida por Santa María Faustina Kowalska a quien Jesús en sus experiencias místicas le encomendó predicar este atributo esencial de Dios revelado en Él, iniciar nuevas formas de devoción como la Coronilla de la Divina Misericordia, e impulsar un movimiento renovador de lo que significa ser misericordioso.

1. “La paz esté con ustedes…”
Tres veces menciona el Evangelio este saludo de Cristo resucitado. La paz es el bienestar pleno que Él quiere para sus discípulos, sumidos en la tristeza y el miedo después de lo sucedido en el Calvario. También nosotros somos invitados, desde la fe pascual, a recibir ese mismo don que Jesús nos ofrece y nos exhorta a compartir inmediatamente antes de recibir la sagrada comunión. Este saludo va acompañado de una misión -como el Padre me envió, así os envío Yo-, que se relaciona con el sacramento de la Reconciliación: a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados, y a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. “Retener los pecados” significa que a quien no tenga un sincero arrepentimiento de sus pecados, y por lo tanto no manifieste una auténtica conversión disponiéndose a cambiar de conducta, no puede llegarle el perdón de Dios.

El don de la paz que ofrece Jesús está conectado con el perdón, en virtud del Espíritu Santo que les comunica a sus apóstoles y a sus sucesores: el aliento vital de Dios que hace posible una vida nueva. La fórmula de la absolución en el sacramento de la Reconciliación dice así: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”. Ahora bien, para recibir el don de la paz y ser renovados por el Espíritu Santo, es necesario que desarmemos nuestros corazones y nos dispongamos a recibir y dar perdón. Sólo así será posible que podamos construir una sociedad en paz. No se trata de un “perdón social” negociado para ganar adeptos a una causa política, sino de un don de Dios que exige la debida coherencia entre la misericordia y la justicia, pues el perdón y la reconciliación no son compatibles con la impunidad. Recordemos que; la misión dada por Jesús es de sanación.

2. “Estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos”
En los Evangelios, Jesús dice muchas veces: “No teman”: una frase que es una invitación a la esperanza gozosa que deriva de la fe en su resurrección.
El texto del evangelio de Juan que nos presenta la liturgia en este domingo comienza hablando de uno de los efectos de dejarse llevar por el miedo: encerrarse. A veces, como en este caso, es un encerrarse físico, un esconderse; a veces es un encerrarse en sólo lo conocido o dominado, con pavor a lo desconocido o a lo que no controlamos; otras veces es encerrarse en sí mismos. El problema no es “tener” miedo, el problema es “dejarse dominar” por el miedo, decidir desde el miedo, hacer que el miedo condicione nuestra vida. No olvidemos que el miedo paraliza, hace ver fantasmas donde no los hay, agiganta las dificultades, nos empequeñece.

3. “Dichosos los que creen sin haber visto”
Los relatos de apariciones de Jesús resucitado evocan experiencias que permiten reconocerlo en su realidad espiritual. La referencia a las señales de sus heridas significa que es el mismo Jesús que había mu**to en la cruz, pero ahora con un cuerpo glorioso y una presencia captable sólo por la fe. Y la frase “dichosos quienes creen sin haber visto” se cumple en toda persona que, sin exigir pruebas físicas, reconoce por la fe su resurrección. Así nos invita Jesús a creer, para que, como dice el Evangelio al final, creyendo, tengamos vida (o sea vida eterna).

Nuestra fe afirma que Cristo vivo se hace presente en la Eucaristía, y nosotros expresamos nuestro reconocimiento de esta presencia cuando decimos, como Tomás, ¡Señor mío y Dios mío! Renovemos nuestra fe en Cristo resucitado, prenda de nuestra futura resurrección y motivo de nuestra esperanza, e invoquemos a María, Madre de la Misericordia, o sea de Dios mismo revelado en Jesucristo, para que nos ayude a tener una fe cada día mayor en la acción misericordiosa del Señor y nos disponga a ser misericordiosos a su imagen y semejanza. (La Reflexión está tomada en su mayoría de los apuntes para la Homilía del P. Gabrieñ J. Pérez S.J.)

Reflexión IV Domingo de Cuaresma Ciclo A 2026Del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38En aquel tiempo, ...
14/03/2026

Reflexión IV Domingo de Cuaresma Ciclo A 2026

Del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían: «El mismo».
Otros decían: «No es él, pero se le parece».
El respondía: «Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de Los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó: «Que es un profeta».
Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo: «Creo, Señor».
Y se postró ante él. Palabra del Señor.

Reflexión
Desde sus inicios, la historia de la salvación, nos revela cómo actúa Dios. Cuáles son sus intenciones y planes. Dios no elige al que hubiera sido más lógico, a uno de los hijos mayores de Jesé, alto y fuerte, sino a un muchacho débil, en quien nadie había pensado: David, un hombre que luego se mostrará lleno de virtudes y también de defectos, y que está en la línea genealógica de Jesús, al que en el NT se le llamará "hijo de David". Los instrumentos más débiles son los que parece elegir Dios a lo largo de la historia: matrimonios ancianos o estériles, o personas que pertenecen a un país insignificante en el concierto de las naciones. Como nos recuerda San Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios; Dios escogió lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes”. Dios no suele elegir a los grandes y fuertes, sino a los sencillos y pequeños, a los que humanamente tal vez hubiéramos marginado. Así se ve mejor que la iniciativa de la salvación es totalmente de Dios y siempre gratuita.

También en el NT vemos a un hombre de pueblo, hijo de un obrero, pobre, que no pertenece a la nobleza ni a las clases sacerdotales. Pero este hombre, Jesús de Nazaret, es el Enviado de Dios y el que con su muerte (aparentemente un fracaso trágico) salva a la humanidad. Los planes de Dios son distintos de los nuestros, ciertamente.

Es interesante ver cómo el evangelio de Juan, con una revelación progresiva, típica de este evangelista, que culmina en el "yo soy" de Cristo (yo soy el pastor... la puerta... el pan de vida... el camino y la verdad y la vida...), nos conduce esta vez al "yo soy la luz". Lo había dicho ya en el prólogo del evangelio: "en él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres", "la Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre".

Y lo había repetido en el capítulo anterior al que hoy leemos: "yo soy la luz del mundo, el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). Cristo es el "sol que nace de lo alto", como cantamos en el Benedictus. No es de extrañar que en el prefacio de hoy alabemos a Dios porque su Hijo "se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe".

Todos somos de alguna manera ciegos. Quien más quien menos, todos podemos estar faltos de luz y orientación en la vida, en una situación de penumbra o de tinieblas: dudas, desorientación, falta de fe, búsqueda, confusión de ideas. La respuesta de Dios se llama Cristo Jesús, que disipa nuestras tinieblas, nos comunica la verdad y nos conduce a la salvación. Pero en la escena que nos narra Juan se ve claramente que hay dos clases de ciegos. Al comienzo parece que hay uno solo, pero luego se ve que hay otros muchos. Al primero le faltaba la luz física de los ojos. El pobre ciego tiene una suerte patética: condenado a la oscuridad desde su nacimiento y, encima, sacudido por sus familiares y por los judíos con discusiones sobre su culpabilidad. A los otros les faltaba la vista interior de la fe. Son ciegos morales, que no ven ni quieren ver ni toleran que otros "vean". Son los que creen que ven, y se encierran en su postura. Jesús les desenmascara: "si estuvieran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen que ven, su pecado persiste". Y para esa clase de ceguera no hay piscina de Siloé que la cure, si no se convierten. Sólo nos curará Jesús de la ceguera si somos humildes, si no nos creemos "justos".

Pablo saca la consecuencia concreta de la gran noticia de que hemos sido iluminados por Cristo. A todos hoy Pablo nos dice: "despierta, tú que duermes, y Cristo será tu luz... Caminen como hijos de la luz". Caminar como hijos de la luz significa, para Pablo, que hemos de vivir en la bondad, la justicia y la verdad. No podemos actuar como los escribas y fariseos del evangelio de hoy, que se empeñan en no salir de su ceguera y de su hipocresía, apoyados en las instituciones y en los criterios que ellos mismos se han construido. Vivir en la luz significa no vivir en la trampa, en el odio, en la angustia, en la desesperación, en la manipulación de la verdad. El Bautismo fue nuestra primera "iluminación". Cada año renovamos nuestro Bautismo, en la Vigilia pascual, y pedimos a Dios que nos renueve la gracia bautismal, que renueve la "iluminación" de nuestros ojos.

Pero, además de vivir como hijos de la luz, se nos encarga que seamos nosotros "luz del mundo". Como nos encargó Jesús en el sermón de la montaña: "ustedes son la luz del mundo... no se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa: brille así su luz delante de los hombres" (Mt 5,14).

Pidamos al Señor para que, asistidos por su Espíritu, optemos siempre por la luz en nuestra vida. La luz que es Cristo que disipa todo tipo de tiniebla. La luz que nosotros somos encargados de comunicar a los demás. Que así sea (La Reflexión está tomada de los apuntes para la Homilía del P. Carlos Zúñiga S.J.)

Reflexión II Domingo de Cuaresma Ciclo A 2026Del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9En aquel tiempo, Jesús tomó cons...
28/02/2026

Reflexión II Domingo de Cuaresma Ciclo A 2026

Del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los mu**tos». Palabra del Señor.

Reflexión:
En este segundo domingo de Cuaresma escuchamos la escena de la transfiguración de Jesús ante sus discípulos. Esta escena aparece como muy importante en el evangelio: es la revelación solemne de Jesús como Hijo, como predilecto, como Maestro. Nada más dar inicio en la Cuaresma al camino de la cruz, hacia la pasión y muerte de Cristo, ya se nos propone el destino último de este camino: la gloria de Cristo y nuestra. Después de haber leído el domingo pasado la lucha contra las tentaciones y el mal, hoy se nos asegura que el proceso termina con la victoria y la glorificación de Cristo.

En la primera lectura, Abrahán creyó en Dios y salió de su tierra, emprendiendo un camino que le llevaría a ser el padre de numerosos pueblos y el modelo mejor de los creyentes. A pesar de que no le debió resultar fácil cumplir la misión que Dios le encomendaba ya en su edad madura, pero se fió de Dios y fue fiel a lo que se le pedía. Pero los cristianos tenemos un modelo más vivo e interpelante: Cristo mismo, que sigue su camino mesiánico, incluida la cruz, con fidelidad absoluta al proyecto salvador de su Padre. Mirándole a él, nos damos cuenta de la seriedad de su vocación y a la vez del destino de luz y de vida que va a ser su Pascua. Abrahán fue figura y profecía de Cristo. Cristo es la plenitud y la verdad.

El Evangelio nos conduce a un monte de luz y de pocas palabras, donde Dios deja entrever la verdad más honda del ser de su Hijo. Jesús sube a un monte alto con Pedro, Santiago y Juan. Allí se revela su identidad: su rostro brilla como el sol, y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Moisés y Elías aparecen conversando con Él, como testigos de que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. Es un instante de claridad concedido a los discípulos, para que el escándalo de la Cruz que se aproxima no apague del todo su fe, sino que puedan acogerlo, aunque solo sea por un momento, a la luz de la gloria prometida. Como sabemos, el episodio de la transfiguración Mateo lo sitúa inmediatamente después del primer anuncio de la pasión, (muerte y resurrección). Jesús quiere animar a los suyos asegurándoles que la última palabra no será esa muerte, sino la glorificación plena. Que la cruz no es destino, sino camino para la gloria. La cruz ha sido siempre un escándalo para los hombres. También para los apóstoles de Jesús, que no entendieron cómo su Maestro les podía decir que iba a morir. Hasta el punto de que Pedro reaccionó diciendo que eso era imposible, lo que le trajo escuchar palabras duras de reproche de Jesús. Mientras que aquí, en el monte de la transfiguración, sí que está entusiasmado Pedro y quiere quedarse para siempre en él. Acepta la gloria, pero no el camino de la gloria, que es la cruz. Tendrán que madurar bastante, Pedro y los demás, hasta que entiendan y acepten los planes de salvación que Dios tiene para la humanidad.

Nos deben animar en esta Cuaresma el camino fiel de Abrahán y, sobre todo, el de Cristo hacia su Pascua. La misión de Cristo es dura. Es una subida a Jerusalén en el sentido físico y simbólico: va a caminar hasta la cruz para conseguir la salvación de todos. Es un camino serio, de dolor y renuncia, de fidelidad. La escena de la transfiguración nos asegura la victoria final, con el mismo destino que Cristo. La cruz lleva a la vida. La Cuaresma, a la Pascua. La noche oscura que a veces nos sorprende en nuestra existencia, se ve iluminada por la transfiguración.

El evangelio nos invita una vez más a “escuchar” a Jesús, pues es el Maestro auténtico que nos ha enviado Dios. Necesitamos oír su voz. Por eso venimos a la Eucaristía. Jesús se hace presente entre nosotros y nos dice: ¡Levántense, no tengan miedo! Pidamos al Señor para que, en esta cuaresma, de verdad, escuchemos a su Hijo, pues él nos va enseñando, con su ejemplo y con su palabra, el camino de la salvación y de la vida. Que así sea. (La Reflexión está tomada de las Homilías del P. Carlos Zúñiga, S.J. así como del las homilías de los Padres Dominicos.org. y del Padre Carlos Cardó Franco, S.J.)

Reflexión Domingo I de Cuaresma. Ciclo A 2026Del santo evangelio según san Mateo 4, 1-11En aquel tiempo, Jesús fue lleva...
21/02/2026

Reflexión Domingo I de Cuaresma. Ciclo A 2026

Del santo evangelio según san Mateo 4, 1-11
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían. (Palabra del Señor)

Reflexión
Con la imposición de las cenizas, se dio inicio al camino cuaresmal. Un camino espléndido que nos lleva hasta el misterio central de Cristo: la Pascua de Salvación. Y, siendo éstos los misterios centrales de la Vida de Cristo y de nuestra Salvación, la Iglesia nos prepara con estos días de Cuaresma.

Empezamos el camino con la meditación de las tentaciones de Cristo, esa dramatización que hacen los Evangelios de la lucha entre Cristo y el demonio. También para Cristo toda su vida fue un camino que se dirigía a la Pascua. Vivía pendiente de que llegase este momento, pues para eso había venido. Y este su camino hacia la Pasión y la Resurrección también fue una continua lucha contra la tentación. La Vida Pública de Jesús fue una lucha continua contra el mal. En este episodio que meditamos hoy el tentador fue el demonio. En otros momentos serán los fariseos y las autoridades, que quisieran otro Mesías. En oportunidades serán las multitudes que lo seguían, que querían hacerlo rey. Y hasta sus apóstoles fueron tentación, tanto que a San Pedro, cuando quiere apartarle del camino de la salvación por la cruz, le dirá: “Apártate de mí, Satanás”.

Sus luchas contra el diablo serán también constantes a través de los innumerables endemoniados que curó durante toda su vida; curaciones milagrosas que son especialmente numerosas en la vida de Cristo.

Las tentaciones de Jesús se reducen a una, ser otra clase de Mesías, apartarse del plan de salvación establecido por el Padre. Pero esa única tentación, en el desierto se presenta de tres formas: convertir las piedras en pan, para satisfacer su hambre; echarse desde lo alto del templo, para que todos lo vieran bajar acompañado de ángeles; y ser dueño de todo el mundo poniéndose a los pies de Satanás.

¿Por qué es tentación hacer un milagro para satisfacer su hambre? Se podría discutir mucho sobre eso, y hacer varias hipótesis para explicarlo; quizá la tentación consistiría en utilizar su poder milagroso en provecho propio, alguna forma de egoísmo; o darle excesiva importancia a lo material y al cuerpo. Pero está presentada como una verdadera tentación y Jesús la rechaza en forma tajante. ¿Qué clase de mesías sería el que hiciese milagros para su propia satisfacción?

No podemos ni imaginar tampoco a un Jesús que utiliza su poder milagroso para hacer espectáculo: bajar en forma milagrosa desde las alturas, todo rodeado de ángeles. El entonces sería tan lejano de nosotros… a un Jesús así no lo podríamos sentir compañero de camino, no le veríamos cansado y lleno de polvo por el camino, no sería nuestro amigo. ¡Qué sería de nosotros si Jesús fuera el dueño del mundo, en sentido político! Tendríamos un Jefe Político, no un Buen Pastor que da su vida por las ovejas.

Las tentaciones que tuvo que superar Jesús, son las tentaciones que lo apartaban de nosotros. Él quiso ser uno de nosotros (excepto en el pecado) y no podía permitir nada que lo alejase de los hombres, especialmente de los más necesitados. Si los hombres padecen hambre, Él quería padecer nuestra misma hambre, y no hacer milagros que lo convirtiesen en un ser con el estómago satisfecho. No quería que su divinidad brillase tanto con su majestad, que nosotros no nos atreviésemos a mirarle al rostro. Él no quería ser Señor (cuántas veces rechazó la tentación de los que querían hacerlo Rey), sino quería poder arrodillarse a los pies de sus apóstoles. Él quiso ser uno de nosotros, para que lo tuviéramos cercano y estuviera a nuestro alcance. ¡Qué triste habría sido nuestra vida si Jesús hubiera sido un ser lejano! Para Jesús era tentación todo lo que le apartase de nosotros; como para nosotros es tentación todo lo que nos aparta de Él.

Todo cristiano que quiere caminar al lado de Cristo, y llegar a su Pascua, con una entrega total, como fue la de Cristo, también tiene que pasar por las tentaciones. Esa especie de espejismo que nos quiere hacer ver lo malo como bueno. Porque la tentación no es más que una falsificación del bien, y que además es ayudada por tendencias oscuras de nuestro interior que organizan un complot para derrotarnos.

En este comienzo de la Cuaresma, nosotros que caminamos hacia la Pascua, debemos saber que también somos sometidos a las tentaciones del egoísmo, y de la se*******ad, de la soberbia, la vanidad y el poder. Debemos luchar contra todo eso, para ser como Jesús, porque Jesús quiso ser como nosotros. Como escuchábamos el miércoles de ceniza, desde las actitudes que nos propone el Papa León para esta cuaresma: desde la escucha atenta de la Palabra; desde el ayuno, no sólo de alimentos sino sobre todo de palabras hirientes y dañinas, y caminando juntos como una sola comunidad. (La reflexión está tomada de la homilía del P. Adolfo Franco S.J +)

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