24/09/2026
Pocos hablan de lo que ocurre cuando el funeral termina.
Cuando las personas se van, las flores comienzan a marchitarse y a perder su color y la casa vuelve a quedarse en silencio… es ahí cuando el duelo realmente empieza a sentirse.
Porque mientras hay gente alrededor, abrazos y palabras de consuelo, todavía existe la sensación de que alguien está acompañándo.
Pero después llega la soledad.
Se regresa a casa, abre la puerta y espera escuchar aquella voz que tantas veces llenó el lugar.
Pero no está.
Ya no se escucha sus pasos. Ya no se recibe ese abrazo. Ya no se encuentra esa presencia que durante tantos años parecía formar parte de cada rincón.
Y entonces se comienza a notar cosas que antes parecían insignificantes.
Una silla vacía.
Una taza que ya nadie utiliza.
Un lugar en la mesa que permanece intacto.
Objetos que siguen exactamente donde los dejó, mientras se intenta entender cómo puede estar todo en su sitio… cuando dentro de sí mismos todo cambió.
Hay días en los que incluso se puede olvidar por unos segundos lo ocurrido.
Y entonces se necesita contarle algo.
Quiere tomar el teléfono.
Quiere llamarle.
Hasta que la realidad vuelve de golpe y recuerda que ya no puede escuchar su voz.
Ese instante puede doler más que cualquier despedida.
Porque el duelo no siempre llega con lágrimas.
A veces aparece mientras se hace la comida.
Mientras se conduce.
Mientras se escucha una canción.
Mientras se encuentra una fotografía.
O simplemente cuando llega la noche y ya no se tiene a quién decirle cómo estuvo tu día.
Y quizá lo más difícil sea entender que el mundo continúa.
La gente vuelve a trabajar.
Las calles siguen llenas.
Las familias siguen celebrando.
Los días siguen pasando.
Pero para un doliente existe un antes y un después.
Se aprende paso a paso a convivir con ese vacío.
No porque deje de importar.
Sino porque el amor permanece, aunque la forma de entregarlo haya cambiado.
Sigue hablando de él o ella.
Sigue recordando sus palabras.
Sigue encontrándola en pequeñas cosas que quedaron guardadas en la memoria.
Porque algunas personas dejan de estar físicamente cerca, pero permanecen profundamente dentro de nosotros.
El funeral tiene un final.
Las flores se marchitan.
Las visitas terminan.
La casa vuelve a quedarse en silencio.
Pero el duelo…
ese apenas comienza.
Y sanar no significa olvidar, eso es de tenerlo presente.
Significa aprender a vivir llevando ese amor consigo, sin permitir que el dolor borre todo lo hermoso que compartieron.
Porque hay ausencias que duelen precisamente porque hubo un amor enorme antes de ellas.
Entonces es cuando corresponde elaborar un duelo sano.🙏🏻🙏🏻🙏🏻