13/11/2025
José Antonio Pagola - DAR POR TERMINADO
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Es la última visita de Jesús a Jerusalén. Algunos de los que lo acompañan se admiran al contemplar «la belleza del templo». Jesús, por el contrario, siente algo muy diferente. Sus ojos de profeta ven el templo de manera más profunda: en aquel lugar grandioso no se está acogiendo el reino de Dios. Por eso Jesús lo da por acabado: «Esto que contempláis llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».
De pronto, sus palabras han roto el autoengaño que se vive en el entorno del templo. Aquel edificio espléndido está alimentando una ilusión falsa de eternidad. Aquella manera de vivir la religión sin acoger la justicia de Dios ni escuchar el clamor de los que sufren es engañosa y perecedera: «Todo eso será destruido».
Las palabras de Jesús no nacen de la ira. Menos aún del desprecio o el resentimiento. El mismo Lucas nos dice un poco antes que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, Jesús «se echó a llorar». Su llanto es profético. Los poderosos no lloran. El profeta de la compasión sí.
Jesús llora ante Jerusalén porque ama la ciudad más que nadie. Llora por una «religión vieja» que no se abre al reino de Dios. Sus lágrimas expresan su solidaridad con el sufrimiento de su pueblo, y al mismo tiempo su crítica radical a aquel sistema religioso que obstaculiza la visita de Dios: Jerusalén –¡la ciudad de la paz!– «no conoce lo que conduce a la paz», porque «está oculto a sus ojos».
La actuación de Jesús arroja no poca luz sobre la situación actual. A veces, en tiempos de crisis, como los nuestros, la única manera de abrir caminos a la novedad creadora del reino de Dios es dar por terminado aquello que alimenta una religión caduca, sin generar la vida que Dios quiere introducir en el mundo.
Dar por terminado algo vivido de manera sacra durante siglos no es fácil. No se hace condenando a quienes lo quieren conservar como eterno y absoluto. Se hace «llorando», pues los cambios exigidos por la conversión al reino de Dios hacen sufrir a muchos. Los profetas denuncian el pecado de la Iglesia llorando.
33 Tiempo ordinario – C
(Lucas 21,5-19)
16 de noviembre
José Antonio Pagola
[email protected]
Fuentes: http://www.gruposdejesus.com
http://sanvicentemartirdeabando.org/
http://eclesalia.wordpress.com/
http://feadulta.com/
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EL MIEDO Y LA ESPERANZA EN EL FUTURO NO TIENEN SENTIDO
Fray Marcos
DOMINGO 33(C)
Lc 21,5-19
Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico. El próximo celebraremos la fiesta de Cristo Rey con el que se remata el ciclo (C). El lenguaje escatológico que emplean los evangelistas es muy difícil de entender hoy. Corresponde a otra manera de ver al hombre, a Dios y el mundo. Es lógico que tuvieran una peculiar manera de ver lo último el "esjatón" que a nosotros nos parece extraña. Debemos hacer un esfuerzo por entenderlo bien.
El pueblo judío estuvo siempre volcado hacia el futuro. La Biblia refleja una tensión, esperando una salvación que solo puede venir de Dios. A Noé se le ofrece algo nuevo después de la destrucción de lo viejo. A Abrahán, salir de su tierra para ofrecerle algo mejor. El Éxodo promete salir de la esclavitud a la libertad. Pero todas las promesas, en realidad, son la expresión de las carencias que el ser humano experimenta.
Los primeros cristianos no tienen inconveniente en utilizar las imágenes que le proporciona la tradición judía. A primera vista parece que entra en esa misma dinámica apocalíptica, muy desarrollada en la época anterior y posterior a la vida de Jesús. El NT pone en boca de Jesús un lenguaje que se apoya en los conocimientos e imágenes que le proporciona el AT.
En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva de Dios iba a ser inminente. Las primeras comunidades cristianas acentuaron aún más esta expectativa de final inmediato. Pero en los últimos escritos del NT es ya patente una tensión entre la espera inmediata del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Ante la ausencia de acontecimientos en los primeros años del cristianismo, las comunidades se preparan para la permanencia.
Con los conocimientos que hoy tiene el ser humano y el grado de conciencia que ha adquirido, no tiene ninguna necesidad de acudir a la actuación de Dios, ni para destruir el mundo y poder crear otro más perfecto (apocalíptica), ni para enderezar todo lo malo que hay en él para que llegue a su perfección (escatología). Dios no tiene que actuar para ser justo ni inmediatamente después de una injusticia ni en un hipotético último día.
El evangelio de hoy tiene dos partes. Ninguna de ellas se puede atribuir a Jesús. La primera porque el evangelio se escribió veinte años después de la destrucción del templo. Es fácil poner en boca de Jesús una profecía de lo que ya había pasado. La segunda porque en el año 90, los cristianos ya eran acosados por todas partes. Los judíos los persiguieron desde que el templo fue destruido. Los romanos ya estaban también persiguiéndolos.
Lo que percibimos que está mal y no depende del hombre, es fruto de una falta de perspectiva. Una visión que fuera más allá de las apariencias nos convencería de que no hay nada que cambiar en la realidad, sino que tenemos que cambiar nuestra manera de afrontarla. Lo que nos debía preocupar de verdad es lo que está mal por culpa del hombre.
No nos debe extrañar la referencia a la destrucción del templo. Este evangelio está escrito hacia el año 90, por lo tanto, ya se había producido esa catástrofe. Es imposible imaginar hoy lo que supuso la destrucción del tempo. Para los judíos fue el “fin del mundo”. Era lógico asociar ruina con el fin de los tiempos, porque para ellos el templo lo era todo.
En la lectura de hoy podemos apreciar claramente los matices que Jesús introduce en la escatología. A Jesús no le impresiona tanto el fin, como la actitud de cada uno ante la realidad actual (“antes de eso”). ¡Que nadie os engañe! La advertencia vale para hoy. Ni el fin ni las catástrofes tienen importancia ninguna, si sabemos mantener la actitud adecuada.
Lo esencial del mensaje de hoy está en la importancia del momento presente frente a los miedos por un pasado catastrófico o las especulaciones sobre el futuro. Aquí y ahora puedo descubrir mi plenitud. Aquí y ahora puedo tocar la eternidad. Hoy mismo puedo detener el tiempo y llegar a lo absoluto. En un instante puedo vivir la totalidad reflejada en mí.
Fray Marcos
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MAESTRO, ¿CUÁNDO SERÁ DESTRUIDO TODO ESO?
José Enrique Galarreta
Lc 21, 5-19
Es la última estancia de Jesús en el Templo. A la escena de hoy le han precedido las fuertes polémicas con los jefes religiosos del pueblo y la invectiva de Jesús contra ellos (más amplia y violentamente en Mateo 23) y el elogio de la pobre viuda que echa una monedita en el Tesoro del Templo.
Lucas sitúa a continuación el "Discurso escatológico", del que hoy leemos la primera parte, que se termina con la parábola de la higuera y la exhortación a la vigilancia. El pasaje termina con un dato que parece biográfico:
"De día enseñaba en el Templo; de noche salía y se quedaba en el Monte de los Olivos. Y todo el pueblo madrugaba para escucharle en el Templo" (Luc 19,47 y 20.37)
El discurso escatológico mezcla, como en los otros evangelistas, cuatro temas:
las predicciones sobre la destrucción de Jerusalén.
las predicciones sobre el final de los tiempos.
el anuncio de que sus discípulos serán perseguidos.
la exhortación a la vigilancia, estad alerta.
Los temas se presentan un tanto mezclados, de manera que no es fácil deslindar cuándo está hablando de uno u otro tema, ni cuándo el texto ofrece palabras de Jesús o interpretaciones posteriores de la comunidad. La impresión que se recibe es que se trata de un conjunto un tanto artificial en el que, con motivo de los últimos momentos de vida pública de Jesús, se recogen temas de predicación diversos unidos por la urgencia de responder a la Palabra, como tema espiritual básico.
Estos textos nos permiten precisar algo el tiempo en que se escribieron los libros: en tiempos de la destrucción de Jerusalén y en un clima de persecución que afectaba seriamente a los seguidores de Jesús.
Por esto, resulta difícil precisar qué hay en ellos de "predicciones" de Jesús y qué de consejos de predicadores para los cristianos que lo están pasando muy mal, especialmente los cristiano-judíos, que ven acabarse su mundo, su capital, su Templo. Si estos predicadores recogen palabras de Jesús, ponen en boca de Jesús sus propias palabras o acomodan a los sucesos, amplificándolas, algunas predicciones de Jesús, es difícil de dilucidar.
Es claro que Jesús pronuncia una serie de palabras negando la importancia del Templo, anunciando a sus discípulos que serán perseguidos y tomando pie de todo esto para una exhortación general a estar siempre preparados.
Este fue sin duda un golpe tremendo para los cristiano-judíos, que verían desaparecer una de las columnas básicas de su fe: el Templo. Tendrán que entender las palabras de Jesús: el Templo no tiene importancia, es parte de lo antiguo, que está superado. El Templo sí que es un odre viejo, roto por el vino nuevo de Jesús. Pero tendrán que asimilarlo, y la destrucción física del templo les obligará a re-pensar las palabras de Jesús y les hará entenderlas mejor.
Entonces surge la pregunta –muy verosímilmente histórica– de los discípulos: "cuándo sucederá todo esto y qué señales anunciarán la catástrofe". Como casi siempre, dan más importancia a las curiosidades que a la esencia del mensaje.
Jesús entonces se eleva de esta pregunta (muy importante para los oyentes, pero intrascendente en sentido verdaderamente religioso) al tema general de la persecución y de la vigilancia.
Es muy probable, por tanto, que nos encontremos ante un ejemplo típico de manipulación de las palabras de Jesús. Las preocupaciones de las iglesias alrededor de los años 70 se proyectan sobre la enseñanza de Jesús.
La enseñanza de Jesús se centra en que el Templo no tiene importancia, en que los discípulos serán perseguidos y en que todo creyente debe vivir siempre en la despierta atención a la palabra. La aplicación parenética lo ha aplicado a las tribulaciones concretas, interpretándolo todo en género profético.
¿Cuándo sucederá eso, qué señales habrá?
A Jesús siempre le preguntan tonterías, le hacen preguntas aparentemente religiosas, pero que son sólo negaciones de lo religioso.
La Samaritana le pregunta por el Templo, en Jerusalén o el Garizim. Los discípulos están siempre preocupados por la instauración del nuevo reino, en el que esperan recibir hermosas poltronas de ministros. El escriba le pregunta con qué prójimo está exactamente obligado y con cuáles no. Otra vez le preguntan si son muchos los que se salvan. Ahora le piden señales de los cielos para conocer cuándo llegará el final.
A veces parece que Jesús está harto. A todas estas preguntas de curiosidad pseudo-religiosa ha contestado siempre respondiendo no a lo que le preguntaban sino a lo que deberían haber preguntado.
A la samaritana: ni este Templo ni el otro Templo, sino en el corazón. A los discípulos: os perseguirán, os echarán de la Sinagoga, estáis llamados a lavar los pies de todos. Al escriba: pórtate tú como prójimo. A "cuántos se salvan": entra tú por la puerta estrecha. Ahora, en mitad del templo: lo que vale es la viuda.
También respecto a los últimos tiempos dice lo mismo: ni el Hijo lo sabe, sólo el Padre. O, lo que es lo mismo: ¿qué importa eso?, vive atento a la palabra, que lo demás es tirar la vida.
Lo peor es que todos estos subterfugios sirven para eludir la atención a La Palabra.
El juicio: ¿se alegran de la condenación?
Al leer el texto de Malaquías nos parece sentir que Dios justo y vengador condena al fuego a "los malos" sin la menor piedad, sin rastro alguno de dolor. El amor y la misericordia llegan hasta el día del juicio; después, justicia seca. Dios no tiene sentimientos. Es comprensible que en la prehistoria de la fe alguien tuviese esos pensamientos. Desde Jesús, no.
Si alguien se pierde, a Dios se le pierde un hijo; el pastor no ha podido encontrar la oveja que se quedó en el monte, la mujer ha barrido la casa pero no ha aparecido la moneda, el hijo pródigo no ha vuelto a casa (para satisfacción quizás del hermano mayor) ¿Cuándo vamos a hacer teología desde las parábolas, no desde nuestros presupuestos judiciales?
¿Será necesario repetir una vez más que Dios quiere que todos los hombres se salven, y que Dios es, antes que nada "El amor Omnipotente?. Por culpa de predicadores catastrofistas ¿deberemos renunciar a la esperanza en el poder salvador del Padre? ¿Admitiremos sin pestañear que en el Banquete final del reino habrá puestos vacíos sin que a nadie, ni al Padre, le importe?
¿En aquel tiempo?
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:- "Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido."
¿En aquel tiempo? En todos los tiempos, en todas las religiones, desde Mesopotamia, pasando por Egipto, Grecia y Roma, incluyendo a Israel, a las basílicas bizantinas, a las catedrales góticas y barrocas, a San Pedro de Roma, a la catedral de Santiago de Compostela, a la basílica (menor) de la Sagrada Familia ... ¡mira maestro qué piedras, qué construcciones, qué exvotos, cuánto oro, cuánta riqueza, cuántos personajes sagrados vestidos como reyes, cuántos cálices tachonados de joyas...¡ ¡Mira, mira maestro!
Y un día dijo Jesús, a propósito del Bautista (que se vestía con un pellejo de camello y no comía más que saltamontes y miel): "¿qué salisteis a ver al desierto, un hombre vestido con ropas preciosas? No, los que visten así están en los palacios de los reyes".
Tienes razón, maestro, los templos siempre han sido los palacios de los reyes, reyes de la tierra, reyes de poder, de riquezas, que se exhiben y disfrutan de su aparatoso status y gastan más dinero y tiempo en sí mismos y en sus palacios que en cuidar de tu rebaño (por otra parte debidamente recluido en su redil, sin voz pero con hambre, sin pastores pero con espectáculos).
Pero también dijiste, Maestro: "Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido."
Y, perdóname, me asalta la inoportuna pregunta que te hicieron entonces, y no puedo menos de repetirla: "Maestro, ¿cuándo será destruido todo eso?". No me importan gran cosa los palacios de los reyes, pero me importa mucho que se derrumben todas las piedras sagradas, todas las vestiduras regias, todos los alardes de vana p***a. Me importa mucho que Pedro vuelva a ser pobre, que no lleve anillo, que no viaje más que a pie y descalzo, y lo justo para animar la fe, que los pastores no vivan en palacios, que no se vistan con telas costosas, que el oro se gaste sólo en dar de comer a los pobres... ¿cuándo sucederá eso, Maestro?
No me lo vas a decir, pero creo en tu palabra y confío en que sea pronto. Hasta creo, en mi ingenuidad, que los signos de crisis y desprestigio de la iglesia son señales de que el proceso ha comenzado, y ha comenzado, como todo lo tuyo, desde abajo, desde la fe de los que quieren seguirte de veras, que están cansados de tanto palacio regio, de tanta p***a y despilfarro, y se van alejando, no de ti, sino de ellos.
Pero échanos una mano porque también dijiste que "antes de todo eso, os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre". Y ya lo están haciendo, hay muchos buenos seguidores tuyos que lo están pasando muy mal y, lo peor de todo, hemos visto a los reyes, a los gobernantes corruptos, a los descaradamente ajenos y hostiles a tu mensaje y a tu estilo, mezclados con tus pastores (vestidos de reyes) que para nada les recriminan nada sino que disfrutan con ellos de la magnificencia de tu (¿?) sagrado templo.
¿A quiénes te referías cuando dijiste "Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: ' Yo soy' o bien 'el momento está cerca'; no vayáis tras ellos." Maestro, te decimos aquello de Pedro: "¿Señor, a quién iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna". Pero cuando las palabras de los que deberían decirnos tus palabras nos resultan extrañas a ti, cuando sus gestos y su estilo no son los tuyos, ¿a quién iremos Maestro?.
¿Qué quisiste decir con aquello de : "Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre". ¿Tan mal se tienen que poner las cosas? Padres, parientes, hermanos, amigos ¿son también sacerdotes, teólogos, pastores...?
Sin templos de mármol, sin vestiduras de seda, sin cálices de oro, sin altares, sin poder, sin condenas, sin tiaras, ¿cómo será tu iglesia cuando todo eso se derrumbe?.
Porque yo creo en ti, Maestro, creo que tu palabra se cumplirá y espero que todo eso se derrumbe. Espero que la única fuerza de tu iglesia sea la de la semilla, la del pan y el vino, la de la viuda que echó su monedita, la del samaritano del camino de Jericó, la de la primera comunidad, en la que no había indigentes porque nadie consideraba sus bienes como propios, la del humilde Pedro que aceptaba las recriminaciones del exaltado e intransigente Pablo.
Ya sé que todo eso tardará, pero al menos déjame soñar un poco, déjame rezar con tus propias palabras: "¡que venga tu reino!".
José Enrique Galarreta
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Os servirá de ocasión para dar testimonio
Domingo 33º Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 21, 5 – 19)
Mi comentario al evangelio de este domingo va a centrarse en un pequeño grupo de versículos que se incluyen en el largo discurso escatológico que abarca casi todo el capítulo 21 del evangelio de Lucas. Voy a referirme en exclusiva a los versículos 12 a 19 que son una advertencia de Jesús a sus discípulos sobre las dificultades que van a encontrarse y una exhortación a la confianza y a la perseverancia en medio de esas dificultades.
Jesús advierte a sus discípulos que van a encontrar dificultades en su vida y en su misión, y dificultades no pequeñas: “os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles…”. En ningún momento del evangelio Jesús ha ocultado a sus seguidores las dificultades y privaciones que conlleva seguirle a él, y reitera, casi al final de su vida, ese mensaje. Es un mensaje que a nosotros nos resulta muy duro, sobre todo cuando las circunstancias de la vida nos llevan a vivirlo, y no de un modo tan dramático, sino mucho más suave: en forma de indiferencia, de rechazo, de desprecio o de fracaso. Llevamos en la sangre eso del “éxito”, tan de nuestra cultura, pero que creo que no es, o al menos yo no lo encuentro por ningún sitio, un valor evangélico. Nos cuesta mucho asumir eso que nuestra sociedad llama ir de “perdedores”.
Ante esas difíciles circunstancias Jesús lanza una llamada: ése es el momento para el auténtico testimonio: “esto os servirá de ocasión para dar testimonio”. Testimonio de que nuestra fe en Dios y nuestro seguimiento de Jesús se basa no en éxitos mundanos, sino en nuestra plena confianza en Él y en su mensaje y testimonio de que, por encima de todo, no nos buscamos a nosotros mismos en cualquiera de las formas posibles, sino que buscamos servir y entregarnos a Él y a nuestros hermanos en el servicio del amor.
Confianza porque al mismo tiempo que Jesús habla de dificultades, habla también de su presencia y su apoyo en medio de ellas. No seremos eximidos de las dificultades, pero contaremos con todo su apoyo: “yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro… ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Si el anuncio de las dificultades es contundente, la promesa de su ayuda no lo es menos.
Jesús concluye esa llamada con una promesa de vida y salvación: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. La perseverancia a la que somos invitados no es un “tour de force”, ni es el esfuerzo voluntarista de una especie de kamikaze espiritual, sino un acto pleno de confianza. Una confianza plena. Plena, pero no ciega. Y no es ciega porque se basa en la experiencia del Amor que recibimos y vivimos cada día.
Darío Mollá SJ
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EL FIN DEL AÑO Y EL FIN DEL MUNDO
José Luis Sicre
Domingo 33 Ciclo C
Para la Iglesia, el año litúrgico no termina el 31 de diciembre sino a finales de noviembre. De ese modo puede reservar cuatro domingos antes del 25 de diciembre para celebrar el Adviento, que forma ya parte del nuevo ciclo. El último domingo del tiempo ordinario se dedica en los tres ciclos a celebrar la fiesta de Cristo Rey. Y el penúltimo, el 33, a recordar el fin del mundo y de la historia. Algo que puede parecer bastante ajeno a nuestra mentalidad y cultura, pero que fue esencial para los primeros cristianos y que ofrece materia interesante de reflexión.
Del entusiasmo ingenuo a la esperanza apocalíptica
La gran tragedia experimentada por el pueblo judío a comienzos del siglo VI a.C. (deportación a Babilonia, destrucción de Jerusalén y de su templo, pérdida de la independencia) provocó al cabo de unos años un florecimiento de profecías que anunciaban la vuelta de los desterrados, la prosperidad y esplendor de Jerusalén, la gloria futura del pueblo de Dios. Los profetas rivalizaban por ver quién anunciaba un futuro mejor. Y la gente, durante siglos, alentó esas esperanzas. Hasta que la realidad se impuso, dando paso a una gran decepción: ni independencia, ni riqueza, ni esplendor. La decepción fue tan fuerte, que algunos grupos vieron la solución en la desaparición del mundo presente, radicalmente malo, y la aparición de un mundo futuro maravilloso, del que sólo formarían parte los buenos israelitas. La primera lectura de hoy lo afirma con toda claridad.
Primera lectura (Malaquías 3,19-20a)
En este breve pasaje, lo único que precisa comentario es la metáfora final. Para nosotros, «un sol de justicia» es un sol terrible, del que buscamos refugio bajo cualquier sombra. Pero este no es el sentido aquí, sino todo lo contrario: «un sol salvador, que nos salva con sus rayos». ¿De dónde viene esta extraña metáfora? Probablemente de Egipto, inspirándose en la imagen del sol alado, que representa su acción benéfica sobre todo el mundo.
El cálculo del momento final y las señales
Ya que la mentalidad apocalíptica considera inminente el fin del mundo, desea calcular el momento exacto en que tendrá lugar y las señales que lo anunciarán. Las dos preguntas que formulan los discípulos a Jesús en el evangelio de hoy recogen muy bien ambos aspectos: ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Para la mentalidad apocalíptica, cualquier acontecimiento trágico, sobre todo si era de grandes proporciones, anunciaba el fin del mundo. Por eso, en el evangelio de este domingo, cuando los discípulos oyen anunciar la destrucción de Jerusalén, inmediatamente piensan en el fin del mundo.
El peligro de esta mentalidad es que resulta estéril. Todo se queda en cálculos y señales, sin comprometerse con los problemas del mundo que nos rodea. Y eso es lo que pretenden evitar los evangelios sinópticos cuando ponen en boca de Jesús un largo discurso apocalíptico, que la liturgia mutila abundantemente (en nuestro caso, los 29 versículos de Lucas 21,8-36 quedan reducidos a los doce primeros; menos de la mitad).
La respuesta de Jesús
Las palabras de Jesús recogen un buen catálogo de las señales habituales en la apocalíptica: 1) a nivel humano: guerras civiles, revoluciones y guerras internacionales; 2) a nivel terrestre: epidemias y hambre; 3) a nivel celeste: signos espantosos.
Pero nada de esto anuncia el fin del mundo. Antes, y aquí radica la novedad del discurso, ocurrirán señales a nivel personal y comunitario: persecución religiosa y política, cárcel, juicio ante tribunales civiles; incluso la traición de padres y hermanos, la muerte y el odio de todos por causa de Jesús. Esta parte abandona la enumeración de catástrofes apocalípticas para describir la dura realidad de las primeras comunidades cristianas. En todas ellas habría algunos juzgados y condenados injustamente, traicionados incluso por sus seres más queridos. Sólo dos frases alivian la tensión de este párrafo tan trágico.
La primera resulta casi irónica, pero no lo es: Así tendréis ocasión de dar testimonio. La persecución, la cárcel y los juicios injustos no se deben ver como algo puramente negativo. Ofrecen la posibilidad de dar testimonio de Jesús, y así lo interpretaron los numerosos mártires de los primeros siglos y los mártires de todos los tiempos.
La segunda alienta la confianza y la esperanza: ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Más bien habría que decir que perecerán todos los cabellos de vuestra cabeza, pero salvaréis vuestras almas, que es lo importante.
Si siguiésemos leyendo el discurso, todo culminaría en la aparición de Jesús, «el Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria». Es el sol del que hablaba Malaquías, que ilumina y salva a todos los que creen en él.
Frente a la curiosidad, testimonio
Las lecturas de este domingo corren el peligro de ser interpretadas en el Primer Mundo como mero recuerdo de lo que ocurrió entre los primeros cristianos. Muy distinta será la interpretación de bastantes iglesias africanas y asiáticas, que se verán muy bien reflejadas y consoladas por las palabras de Jesús. También nosotros debemos recordar que, sin persecuciones ni cárceles, nuestra misión es aprovechar todas las circunstancias de la vida para dar testimonio de Jesús.
José Luis Sicre
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Correr la misma suerte del Maestro, sostenidos por su Espíritu
###III Domingo del TO (16-11-2025)
Olga Consuelo Vélez
A unos que elogiaban las hermosas piedras del templo y la belleza de su ornamentación les dijo: Llegará un día en que todo lo que ustedes contemplan será derribado sin dejar piedra sobre piedra. Le preguntaron: Maestro, ¿cuándo sucederá eso y cuál es la señal de que está para suceder? Respondió: ¡Cuidado, no se dejen engañar! Porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: Yo soy; ha llegado la hora. No vayan tras ellos. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se asusten. Primero ha de suceder todo eso; pero el fin no llega enseguida. Entonces les dijo: Se alzará pueblo contra pueblo, reino contra reino; habrá grandes terremotos, en diversas regiones habrá hambres y pestes, y en el cielo señales grandes y terribles. Pero antes de todo eso los detendrán, los perseguirán, los llevarán a las sinagogas y las cárceles, los conducirán ante reyes y magistrados a causa de mi nombre, y así tendrán la oportunidad de dar testimonio de mí. Háganse el propósito de no preparar su defensa; yo les daré una elocuencia y una prudencia que ningún adversario podrá resistir ni refutar. Hasta sus padres y hermanos, parientes y amigos los entregarán y algunos de ustedes serán ajusticiados; y todos los odiarán a causa de mi nombre. Sin embargo, no se perderá ni un pelo de su cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas (Lucas 21, 5-19).
Nos estamos acercando al final del ciclo litúrgico y el evangelio de hoy nos ofrece, con un género literario apocalíptico (que no debemos tomar al pie de la letra), el conflicto al que se está enfrentando Jesús, pero al mismo tiempo, la suerte que correrán los primeros cristianos por la misma razón. El texto comienza con unos personajes que elogian la belleza del Templo y Jesús aprovecha para decirles que llegará un día en que todo será derribado, pero no hay que dejarse engañar creyendo que ya llegó el fin. Antes de que llegue ese momento, está la realidad de hacer visible el reino, lo cual trae la persecución para quienes lo anuncian, es decir, los discípulos empezarán a sufrir persecución por causa de su seguimiento. Pero Jesús les anima a mantener la fidelidad porque él mismo les dará la elocuencia –se refiere seguramente al Espíritu Santo- y la constancia hasta que alcancen la salvación, es decir, la participación en la vida definitiva con Dios.
Pero hagamos algunas aclaraciones. El templo fue destruido por los babilonios en el año 587 a.C. Cuando los israelitas vuelven del exilio comenzaron a reconstruirlo, pero no será hasta con Herodes que volverá a tener ese esplendor, finalizando esa construcción en el año 64 d.C. En el año 70 d.C. el Imperio Romano lo destruye nuevamente. Por lo tanto, en tiempo de Jesús el templo está en construcción. Ahora bien, habría que diferenciar lo que sucede en tiempo de Jesús y lo que vivirán las primeras comunidades cristianas. Lucas en sus dos obras -el evangelio y el libro de Hechos- pone en boca de Jesús lo que comienza a pasar con los primeros cristianos. Más aún, todo esto que el evangelio anuncia que les pasará a los discípulos, en el libro de Hechos, efectivamente sucederá.
El Templo es un signo que utilizarán los profetas para hablarle al pueblo. Lucas presenta a Jesús como profeta y es claro que Jesús se refiere al templo como un signo profético de la novedad que trae su Buena Noticia del Reino, frente a las instituciones religiosas judías.
El evangelio también intenta mostrar que no se debe confundir las situaciones que pasan con el fin del mundo y con la venida del Hijo del hombre. Sin embargo, hay muchos predicadores que sin entender bien estos textos y el género literario en que fueron escritos, los toman al pie de la letra y comienzan a infundir miedo diciendo que, las guerras, terremotos o pandemias, entre otros hechos, son señal del fin del mundo o que todos esos hechos ocurren como castigo divino.
El mensaje que nos interesa rescatar es la conciencia profunda de que ser discípulo de Jesús conlleva la misma suerte del maestro, es decir, la persecución, la incomprensión, la crítica, el rechazo, incluso de los más cercanos. Pero, ante todo esto, queda la fidelidad y la confianza en que el Espíritu de Jesús nos sostiene y nada de lo vivido se perderá. Por el contrario, dará frutos de eternidad.
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Si puedo
Si puedo hacer, hoy, alguna cosa,
si puedo realizar algún servicio,
si puedo decir algo bien dicho,
dime cómo hacerlo, Señor.
Si puedo arreglar un fallo humano,
si puedo dar fuerzas a mi prójimo,
si puedo alegrarlo con mi canto,
dime cómo hacerlo, Señor.
Si puedo ayudar a un desgraciado,
si puedo aliviar alguna carga,
si puedo irradiar más alegría,
dime cómo hacerlo, Señor.
(Grenville Kleiser)
En mi debilidad
En mi miedo, tu seguridad.
En mi duda, tu aliento.
En mi egoísmo, tu amor.
En mi rencor tu misericordia.
En mi yo
tu nosotros.
En mi rendición tu perseverancia.
En mi silencio, tu voz.
En mi ansiedad, tu pobreza.
En mi tempestad tu calma.
En mi abandono tu insistencia.
En mi dolor,
tu alivio.
En mi debilidad, tu fuerza.
José María R. Olaizola, sj
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La puerta ancha
por José María Rodríguez Olaizola, sj
Anda el patio revuelto con esto de la “renacida fe de los jóvenes”. Ni tanto ni tan calvo, ¿no? Quiero decir que jóvenes creyentes no ha dejado de haber nunca. Es verdad que en las últimas décadas -al menos en España- no era lo más habitual, ni sociológicamente lo más fácil. La tentación inmediata era estar de vuelta sin haber ido. Lo religioso -al menos culturalmente- era ignorado, incomprendido y a veces ridiculizado, y esto llevaba a una mayoría de personas -jóvenes y adultos- a alejarse de esa religión que veían como algo ajeno. La fe parecía ser algo “superado”, “antiguo” o muy minoritario. Ahora, sin embargo, parece que se vuelve a visibilizar entre los jóvenes, con su presencia en iconos culturales, testimonios sin complejos en redes sociales, y también, ¿por qué no decirlo? con una cierta ambigüedad generada por haberse convertido en un nicho para el marketing (con el adjetivo religioso detrás).
No creo que haya que pensar ahora que estamos asistiendo a un renacimiento espiritual y una conversión milagrosa; pero tampoco creo que haya que ponerlo todo bajo sospecha por el hecho de que las modas -ya veremos si esto de ahora lo es- nacen con un horizonte de caducidad, pues en su propia definición está el ser perecederas y pronto suplantadas por una nueva dinámica. Tampoco me considero con autoridad para opinar sobre la hondura y la autenticidad de la fe de quienes ahora la proclaman. ¿Quién soy yo para saber hasta dónde llega y cómo marca sus vidas la fe que expresan otras personas, si a veces no entiendo ni la mía propia?
Lo que me parece, en todo caso, es una oportunidad. Una oportunidad para dar a conocer el evangelio. Creo que todo el ruido puede ser un envoltorio -que habrá que apartar- tras el que se encuentra la Palabra. Que muchas celebraciones un tanto folclóricas pueden ser el punto de partida para vivencias más personales. Que muchas afirmaciones quizás despierten el afán de saber y comprender en generaciones que -eso sí lo veo- están hartas de ser tratadas como consumidores con muchas hormonas y poca inteligencia, y quieren acercarse de otro modo a la realidad. En definitiva, me parece que es una puerta ancha, que no está mal como primer paso, sabiendo que después llegará la puerta estrecha, cuando la emoción se vuelva Pasión; cuando la felicidad propuesta no sea la del subidón, sino la de la bienaventuranza; cuando el amor consista más en darse que en realizarse; y cuando la llamada pida una respuesta concreta, comprometida y vocacional.
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Un futuro habitado por la gracia
Jesús Espeja OP
Domingo 33º del tiempo ordinario
Evangelio: Lc 21, 5-19:
Algunos de sus discípulos comentaban acerca del templo, de cómo estaba adornado con hermosas piedras y con ofrendas dedicadas a Dios. Pero Jesús dijo:En cuanto a todo esto que estáis viendo, llegará el día en que no quedará piedra sobre piedra; todo será derribado.
Maestro —le preguntaron—¿cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de que está a punto de suceder? Tengan cuidado; no se dejen engañar, les advirtió Jesús. Vendrán muchos que usando mi nombre dirán: “Yo soy”, y: “el tiempo está cerca”. No los sigáis. Cuando sepáis de guerras y de revoluciones, no se os asustéis. Es necesario que eso suceda primero, pero el fin no vendrá en seguida.Se levantará nación contra nación, y reino contra reino —continuó—. Habrá grandes terremotos, hambre y epidemias por todas partes, cosas espantosas y grandes señales del cielo.
Pero antes de todo esto, echarán mano y os perseguirán. Os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y por causa de mi nombre os llevarán ante reyes y gobernadores. Así tendréis la oportunidad de dar testimonio ante ellos. Pero tened en cuenta que no hay por qué preparar una defensa de antemano, pues yo mismo os daré tal elocuencia y sabiduría para responder que ningún adversario podrá resistiros ni contradeciros. Seréis traicionados aun por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos, y a algunos se os dará muerte. Todo el mundo os odiará por causa de mi nombre. Pero no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza. Si os mantenéis firmes, os salvaréis.
Para meditar:
Cuando se escribe este evangelio, el templo de Jerusalén ha sido ya destruido, los cristianos sufren persecución en el imperio romano, mientras las catástrofes naturales siguen y las guerras se multiplican. El ambiente es propicio para los agoreros apocalípticos sobre el pronto fin del mundo. Y en ese contexto hay que leer este capítulo de San Lucas con lenguaje apocalíptico.
El evangelista quiere dar serenidad. No creáis en agoreros que se presentan como salvadores. Ni os asustéis por tantos males. Sin duda sufriréis incomprensiones y os perseguirán; incluso vuestros mismos familiares no os comprenderán. Pero manteneos firmes: “no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza”. El evangelista evoca el texto de la providencia: estamos en las manos de Dios:” no temas, pequeño rebaño porque al Padre le ha parecido bien daros el reino”.
No sabemos cuándo ni cómo terminará este mundo. Pero desde la fe cristiana podemos confesar dos cosas. Primera, que este mundo es ya el mundo del Hijo de Dios, y en consecuencia nunca será destruido si bien tendrá que ser purificado y perfeccionado. Segunda, que los cristianos tenemos la importante y grata misión de anunciar, contra los posibles profetas de calamidades, que este mundo está ya habitado por el Espíritu, y que nuestro futuro no es de soledad y desgracia sino de amistad y de gracia.
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LO SAGRADO NO ESTÁ EN LAS PAREDES, SINO EN LA CARNE
Antonio Spadaro sj
Jesús entra en el Templo —el corazón palpitante de la religión, de la vida civil y simbólica de toda una cultura— y lo trastorna (Juan 2, 13-22). Vuelca mesas, ahuyenta animales, empuña un látigo hecho de cuerdas. En un Evangelio que a menudo habla en voz baja, con palabras lentas y pensamientos profundos, aquí hay ruido, polvo, gestos, cuerpo. El lugar es sagrado, pero la narración no es litúrgica. Es subversiva.
El Templo de Jerusalén es símbolo de todo lo que es establecido, consolidado, inquebrantable. Es la arquitectura del poder religioso, de la identidad colectiva, de la convicción de que un lugar, un rito, una estructura pueden custodiar lo absoluto. Sin embargo, dentro de este espacio se mueven animales, dinero, comercio. Lo sagrado monetizado se ha convertido en mercado.
No es difícil reconocer en esta escena un arquetipo narrativo: el del héroe solitario que se rebela contra un sistema corrupto. Jesús se convierte en el hermanastro de Raskolnikov, que Dostoievski retrata en Crimen y castigo, el personaje que, en su delirio ético, se enfrenta al orden establecido.
Jesús, aquí, no enseña. No cura. No consuela. Hace ruido, crea caos, desorden. Y al hacerlo, realiza un gesto que es físico y simbólico. Es una actuación que rompe con la fruición pasiva y obliga al espectador a tomar posición. La escena se transforma en un campo de tensión entre el poder y la vulnerabilidad.
El látigo de cuerdas que empuña Jesús es un acto de ruptura, pero no es violento en el sentido depredador del término. No hay heridos, no hay sangre. Es más bien un gesto de revelación. Como si, en el caos generado por el vuelco de los bancos, saliera a la luz la desnudez del lugar, su contradicción interna: un lugar destinado al encuentro con lo invisible, que se ha convertido en un espacio de transacción económica.
«¡Quiten de aquí estas cosas y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado!», grita Jesús. En sus palabras vibra una tensión antigua, entre lo que es don y lo que es mercancía, entre lo que es relación y lo que es beneficio. Donde el tiempo se monetiza, la amistad se mide en seguidores y la palabra pierde profundidad para transformarse en algoritmo.
Sin embargo, el gesto de Jesús no es solo destructivo. Es profético. Lo entendemos por la reacción de los presentes: «¿Qué señal nos muestras para hacer estas cosas?». En otras palabras: «¿Quién te crees que eres?». En realidad, no discuten lo sucedido: quieren una señal, una legitimación. Han visto el gesto, han percibido su fuerza simbólica, pero quieren encasillarlo. Debe haber un poder detrás. Una autoridad. Un permiso. Una firma.
Jesús responde con una frase enigmática y vertiginosa: «Destruid este templo y en tres días lo resucitaré». Sus interlocutores piensan en el templo de piedra, monumental, sólido, construido en cuarenta y seis años, una cifra exacta y precisa, como para subrayar la lentitud, el peso y la estratificación de la historia. Una arquitectura que tardó casi medio siglo en construirse. ¿Y él promete reconstruirla en tres días? Pero Juan nos lleva a otro lugar. Nos dice que hablaba del «templo de su cuerpo».
El cuerpo se convierte en el nuevo templo: el cuerpo frágil, expuesto, sujeto a la muerte. Lo sagrado no está en las paredes, sino en la carne. Todo orden, todo sistema, todo poder que pretenda contener el sentido debe ser cuestionado.
Cada uno de nosotros construye templos que cree eternos. Sistemas de seguridad, de significado, de control. Y luego, en un día cualquiera, todo se derrumba: un duelo, una pérdida, una crisis, un amor que termina. Y ahí se descubre que lo que queda en pie no es la estructura, sino el cuerpo, el deseo, el «celo» que arde y salva.
Antonio Spadaro sj
Religión Digital
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Recuerdo a José María Castillo a los dos años de su muerte
Gracias, Pepe
Ana Bou
Si os hablo solo de Pepe, nadie sabe de quien lo hago. Pero si os digo José Mª Castillo, todos sabemos perfectamente quien es y será.
Hoy quiero hacerte un guiño especial porque, aunque parezca mentira, ya hace 2 años que nos dejaste, algo que, por otra parte, nunca te importó. Siempre has estado preparado para ese momento, pero para nosotros, para los que te llevamos muy dentro, nunca te has marchado, porque sigues presente en mí y en tantas personas que te hemos querido y conocido y ese cariño, perdurará en nuestros corazones para siempre.
Sabes que personalmente, tengo que agradecerte muchísimo. Me enseñaste a conocer una Iglesia distinta, diferente. A pisar barro, a ensuciarme los zapatos, a conocer a Jesús de Nazaret. Un Jesús, cuya prioridad son los que nosotros despreciamos porque “no aportan a la sociedad”, increíble, pero cierto… y siempre lo hiciste no con palabras, que también, pero lo que perdurará siempre, es tu testimonio de vida.
Tú, Sobrino, Pagola, Ximo, Forcano, Casaldaliga, mi querido Toni Catalá, habéis sido un pilar fundamental en mi vida. Con quienes he tenido la suerte, y sigo teniéndola, de poder hablar, preguntar y formarme. Todos, de diferente manera, me habéis interrogado y ayudado a llegar hasta el momento en el que me encuentro, y eso es un legado que habéis dejado en mi vida y que jamás olvidaré, y que sigo bebiendo de los que hoy siguen entre nosotros, porque siguen acompañándome y disipando mis dudas en muchas ocasiones.
Gracias Pepe por tantas, charlas, tantos encuentros, tantas conversaciones que se quedaron entre nosotros, tanta vida compartida. Gracias por tu testamento de vida.
Siempre defendiste lo que creías y cómo lo creías hasta las últimas consecuencias y eso es de admirar.
Ahora tenemos a Marga, a la que intentamos seguir cuidando en la medida de lo posible.
Las personas que no se olvidan, nunca mueren, porque siempre están en nosotros. No los vemos, no los tocamos, pero los sentimos, y eso me pasa contigo. Sé que sigues estando a mi lado, a nuestro lado, acompañándome, ayudándome a seguir en camino desde abajo, mirando al hermano junto a y no desde arriba…
Gracias Pepe, Gracias, por tanto. No dejes de cuidarnos nunca!