02/04/2026
Jesús se sienta a la mesa con los suyos y, sabiendo lo que iba a pasar, toma el pan entre sus manos, lo parte y dice: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes” (Lc 22,19). Luego levanta el cáliz: “Esta es mi sangre… que es derramada por ustedes” (Lc 22,20).
Todo parece tan sencillo… y sin embargo, todo está ocurriendo ahí.
Jesús sabe quién está sentado a su lado. Sabe quién lo va a entregar, quién lo va a negar, quién va a huir. Lo sabe… y aun así no se detiene.
No se aleja. No se protege. No se guarda. Él ama y ama hasta el punto de quedarse.
Se queda en ese pan que sostiene en sus manos. Se queda en ese vino que ofrece. Se queda de una forma que nadie podía imaginar… para no irse nunca más.
Y hay algo en ese momento que desarma el corazón.
Porque no es un gesto cualquiera. Es Dios decidiendo permanecer, sabiendo que muchas veces no será comprendido, que será recibido sin atención, que será olvidado… y aun así elige quedarse…. Por ti.
Para que nunca tengas que preguntarte dónde está.
Para que siempre puedas volver.
Para que incluso en tus momentos más frágiles… no estés sola.
Y quizá lo más fuerte es esto: Él no esperó a que todo estuviera bien para quedarse. Se quedó sabiendo todo.
Y aun así… se dio.
Oremos:
Señor, me cuesta comprender un amor así. Un amor que se queda, que no se cansa, que no se retira. Abre mi corazón para reconocerte en la Eucaristía, para no pasar de largo frente a Ti y para volver a Ti con un amor más verdadero. Quédate conmigo… y no permitas que yo me aleje de Ti.