31/05/2026
Así como no podemos separar el sol de su esplendor, tampoco podemos separar al Espíritu del Hijo, ni al Hijo del Padre. Cuando invocamos al Padre, confesamos al mismo tiempo a su Hijo; y cuando nos postramos ante el Hijo, el Espíritu Santo no está ausente.
La gracia y la acción de la Santísima Trinidad son una sola y misma cosa, que parte del Padre, se realiza por el Hijo y se consuma en el Espíritu. Por consiguiente, nuestra adoración no divide la divinidad, sino que confiesa la unidad inalterable de la naturaleza en la distinción de las Personas, rindiendo la gloria debida a nuestro único Dios.
- San Basilio Magno, "Tratado sobre el Espíritu Santo", capítulo 18.