25/04/2026
Hoy en día es muy común escuchar frases como “yo decreto”, “declaro que esto va a pasar” o “lo hablo y lo recibo”… como si nuestras palabras tuvieran el poder de crear la realidad por sí solas.
Pero como católicos, estamos llamados a vivir algo mucho más grande… y mucho más verdadero.
Nuestra fe no se basa en imponer nuestra voluntad,
sino en abandonarnos con confianza en la voluntad de Dios.
Dios no es una fuerza que responde automáticamente a nuestras palabras.
Dios es Padre, es Amor, es Sabiduría infinita…
y sabe perfectamente lo que necesitamos, incluso antes de que lo pidamos.
Por eso, la oración cristiana no es una forma de “ordenar” o “decretar” lo que queremos que pase.
Es un encuentro humilde, confiado y lleno de fe con Aquel que tiene el verdadero control de todo.
Jesús mismo nos enseñó cómo orar.
No dijo: “decreta que se haga tu voluntad”…
dijo:
“Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo” (Mateo 6,10).
Ahí está el corazón de nuestra fe.
El católico ora, pide, suplica… sí.
Pero también confía, espera y se abandona.
Porque entiende que no todo lo que desea le conviene,
y que Dios, en su amor, no siempre concede lo que pedimos…
pero siempre da lo que necesitamos para nuestra salvación.
Esto no significa que no podamos hablar con esperanza o declarar nuestra confianza.
Claro que podemos decir:
“Señor, confío en Ti”
“Sé que estás obrando en mi vida”
“Pongo esto en tus manos”
Pero hay una gran diferencia:
no lo decimos para controlar el resultado,
sino para entregarlo todo a Dios.
Porque al final, la fe no es creer que todo saldrá como yo quiero…
la fe es creer que, pase lo que pase,
Dios sigue obrando, sigue amando y sigue sosteniendo mi vida.
Y ahí, justo ahí…
es donde nace la verdadera paz.
No se trata de decretar…
se trata de confiar.
Porque solo Dios
tiene la última palabra.