03/02/2022
LA LUZ Y SU ARDOR
Por Romano Guardini
Aspiramos a la unión con Dios.
Es una necesidad de nuestra naturaleza.
Dos caminos nos conducen a esta unión, que aunque diferentes nos llevan igualmente a este fin.
El primero es el camino del conocimiento y del amor.
Conocer, es ya unirse. El conocimiento nos hace penetrar las cosas; conociendo las atraemos hacia nosotros. N os las apropiamos. Las cosas conocidas llegan a formar parte de nuestro propio ser. Amar, es también unirse con el objeto y no sólo tender hacia él. El amor en si mismo es ya una unidad. Cuanto más amamos una cosa, más ella nos pertenece.
Pero hablamos aquí de un amor especial. Para entendernos lo llamamos "espiritual", aun cuando el término exprese malla realidad, ya que existe otro amor espiritual del que hablaremos más adelante. El amor de que tratamos ahora nos une no tanto en la posesión del ser amado, cuanto en el impulso mismo que nos lleva hacia él; en el conocimiento y el sentimiento.
¿No existirá algo en el mundo capaz de representar este modo de unirse a Dios? ¿No habrá algo que pueda simbolizarlo?
Seguramente y a maravilla: la luz y su ardor.
He aquí, por ejemplo, un cirio con la llama brillante.
Nuestro ojo ve su luz, la recibe en sí; forma una sola cosa con ella, sin embargo no la ha tocado. La llama queda intacta, al igual que el ojo, y no obstante los dos se han fundido en uno; han realizado la unión íntima sin tocarse, ni mezclarse; una unión respetuosa y casta, si me es lícito expresarme así.
He aquí un símbolo profundo de la unión que el conocimiento realiza entre Dios y el alma. "Dios es verdad" -nos dice la Escritura-. Ahora bien, quien conoce la verdad, la posee en el espíritu. Por consiguiente, Dios está en el alma de quien lo conoce bien; Dios vive en el espíritu de quien verdaderamente piensa en El. "Conocer a Dios" equivale, pues, a unirse a El, así como el ojo se une con la llama en la visión de la luz.
Existe otra clase de unión: la del fuego. Sentimos sus ardores en las manos y el rostro; advertimos que su calor nos penetra y sin embargo su llama permanece intacta.
Esto simboliza el amor: la llama que es Dios nos penetra con sus ardores y nos une a ella sin que jamás la hayamos tocado. Porque Dios es bueno, y quien ama lo bueno ya lo posee en su espíritu. Lo bueno es mío, ni bien lo amo; y cuanto más lo amo, más me pertenece, y sin embargo yo no toco lo bueno. "Dios es Amor", ha dicho San Juan," y el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él"
Conocer a Dios, amarle, es entonces, unirse a El.
¿Qué otra cosa será la bienaventuranza eterna sino amor y visión? Y la bienaventuranza eterna no consiste en estar ante Dios, hambrientos, insatisfechos. Todo lo contrario: es la unión más profunda, es la plenitud, la saciedad, la hartura perfectas.
La llama -hemos visto- es el símbolo de nuestra alma. Ahora descubrimos también en ella el símbolo del Dios Viviente, "porque Dios es luz, y no hay en El oscuridad alguna". Como la llama irradia luz -así Dios, verdad. El alma acepta en sí la Verdad y en ella se une a Dios, así como nuestro ojo mira la luz y en ella se transforma en una cosa con la llama. La llama expande calor; Dios, bondad bienhechora. Y el alma que ama a Dios se une a El, en la Bondad, así como las manos y el rostro se truecan en una cosa con la llama, cuando sienten su calor.
Pero la llama se eleva en toda su nobleza, intacta y pura; semejante al Altísimo de quien se ha dicho que "habita en la luz inaccesible." ¡Oh llama, que iluminas y calientas - tú eres la imagen del Dios Viviente!
¡Qué bien comprendemos ahora que el cirio consagrado el Sábado Santo, sea el símbolo de Cristo!...
¡Que el diácono lo presente, estremecido de emoción, como el lumem Christi! ... i Y que todas las luminarias del templo se enciendan en su fuego, a fin que la Luz y el Calor de Dios Viviente todo lo ilumine y lo suavice con su Bondad!