Parroquia San Francisco de Guayllabamba

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Parroquia San Francisco de Guayllabamba Por que Dios amo tanto al mundo, que dió a su único hijo, para que aquel que en él crea, no se pierda, si no que tenga vida eterna. Jn 3,16.

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José Antonio Pagola - UNA RELIGIÓN VACÍA DE DIOS
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Los cristianos de la primera y segunda generación recordaban a Jesús no tanto como un hombre religioso, sino como un profeta que denunciaba con audacia los peligros y trampas de toda religión. Lo suyo no era la observancia piadosa por encima de todo, sino la búsqueda apasionada de la voluntad de Dios.
Marcos, el evangelio más antiguo y directo, presenta a Jesús en conflicto con los sectores más piadosos de la sociedad judía. Entre sus críticas más radicales hay que destacar dos: el escándalo de una religión vacía de Dios y el pecado de sustituir su voluntad por «tradiciones humanas» al servicio de otros intereses.
Jesús cita al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Luego denuncia en términos claros dónde está la trampa: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Este es el gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones, las colocamos en el lugar que solo ha de ocupar Dios. Las ponemos por encima incluso de su voluntad: no hay que pasar por alto la más mínima prescripción, aunque vaya contra el amor y haga daño a las personas.
En esa religión, lo que importa no es Dios, sino otro tipo de intereses. Se le honra a Dios con los labios, pero el corazón está lejos de él; se pronuncia un credo obligatorio, pero se cree en lo que conviene; se cumplen ritos, pero no hay obediencia a Dios, sino a los hombres.
Poco a poco olvidamos a Dios y luego olvidamos que lo hemos olvidado. Empequeñecemos el evangelio para no tener que convertirnos demasiado. Orientamos la voluntad de Dios hacia lo que nos interesa y olvidamos su exigencia absoluta de amor.
Este puede ser hoy nuestro pecado. Agarrarnos como por instinto a una religión desgastada y sin fuerza para transformar nuestras vidas. Seguir honrando a Dios solo con los labios. Resistirnos a la conversión y vivir olvidados del proyecto de Jesús: la construcción de un mundo nuevo según el corazón de Dios.

22 Tiempo ordinario – B
(Marcos 7,1-8.14-15.21-23)
1 de septiembre

José Antonio Pagola
[email protected]

Fuentes: http://www.gruposdejesus.com
http://sanvicentemartirdeabando.org/
http://eclesalia.wordpress.com/
http://feadulta.com/

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Como limitados, debemos estar siempre eligiendo
Fray Marcos
DOMINGO 22 (A) (Mt 16,21-27)
Lo que Mateo pone hoy en boca de Jesús ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. ¿A qué judío se le podía ocurrir que el Mesías iba a morir en la cruz? Ni Jesús pudo pensar tal cosa, si pensó que era el Mesías.
A los seguidores les costó Dios y ayuda descubrir quién era Jesús. A pesar del esfuerzo, encontramos en los evangelios infinidad de incoherencias. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Nadie hubiera elegido para Jesús ese camino. La imagen de un Mesías victorioso es la única que puede tener sentido.
La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más conflictivo de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida, se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mateo. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús iba a terminar como terminó.
Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿No podía dejar de pensar como judío? El día que vinieron a prenderle, Pedro sacó la espada y atizó un buen golpe a Malco para evitar que se llevaran a su Maestro. La crítica de Jesús a Pedro tiene como objetivo justificar los juicios contradictorios de los primeros años del cristianismo.
La respuesta de Jesús a Pedro, es la misma que dio al diablo en las tentaciones. La propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. Lo difícil de la tentación no es vencerla, sino desenmascararla. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra el verdadero mesianismo, que no coincide ni con el oficial.
El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. La nueva oferta es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria y ni siquiera recompensa alguna.
Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo y el egoísmo quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas, sean amigas o enemigas, por ser fieles al evangelio y no acomodarnos a este mundo.
La cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). El carácter simbólico solo llegó después de comprender la muerte de Jesús. El relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús.
Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar a una mayor humanidad. Esa propuesta es la única manera de ser humano. Lo que Jesús exige a sus seguidores, es que vayan por el camino del amor. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor. Verlo como renuncia, es no haber entendido ni jota.
Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia, sino llevarnos a verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento, sino lo mejor.
Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego que pretenda potenciar el egoísmo. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.
Fray Marcos

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Seguir a jesús vale la pena
José Luis Sicre
Domingo 22. Ciclo A
En el evangelio del domingo anterior, Pedro, inspirado por Dios, confiesa a Jesús como Mesías. Inmediatamente después, dejándose llevar por su propia inspiración, intenta apartarlo del plan que Dios le ha encomendado. El relato de Mateo 16,21-27 lo podemos dividir en tres escenas.
1ª escena: Jesús y los discípulos (primer anuncio de la pasión y resurrección)
Pedro acaba de confesar a Jesús como Mesías. Él piensa en un Mesías glorioso, triunfante. Por eso, Jesús considera esencial aclarar las ideas a sus discípulos. Se dirigen a Jerusalén, pero él no será bien recibido. Al contrario, todas las personas importantes, los políticos (“ancianos”), el clero alto (“sumos sacerdotes”) y los teólogos (“escribas”) se pondrán en contra suya, le harán sufrir mucho, y lo matarán. Es difícil poner de acuerdo a estos tres grupos sociales. Sin embargo, tratándose de Jesús, coinciden en el deseo de hacerlo sufrir y eliminarlo. Esto que parece una simple conjura humana, Jesús lo interpreta como parte del plan de Dios. Por eso, no dice a los discípulos: «Vamos a Jerusalén, y allí una panda de canallas me va a perseguir y matar», sino «tengo que ir» a Jerusalén a cumplir la misión que Dios me encomienda, que implicará el sufrimiento y la muerte, pero que terminará en la resurrección.
Para la concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto resulta inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimiento y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. La expresó un profeta anónimo, y su mensaje ha quedado en el c.53 de Isaías sobre el Siervo de Dios.
2ª escena: Pedro, portavoz de Satanás, y Jesús
Jesús termina hablando de resurrección, pero lo que llama la atención a Pedro es el «padecer mucho» y el «ser ejecutado». Según Mc 8,32, Pedro se puso entonces a reprender a Jesús, pero no se recogen las palabras que dijo. Mateo describe su reacción con más crudeza.
Ahora no es Dios quien habla a través de Pedro, es Pedro quien se deja llevar por su propio impulso. Está dispuesto a aceptar a Jesús como Mesías victorioso, no como Siervo de Dios. Y Jesús, que un momento antes lo ha llamado «bienaventurado», le responde con enorme dureza: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar!»
Estas palabras traen a la memoria el episodio de las tentaciones a las que Satanás sometió a Jesús después del bautismo. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Y Jesús, que no vio especial peligro en las tentaciones de Satanás, ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, como ante el demonio; no aduce tranquilamente argumentos de Escritura para rechazar al tentador, sino que está llena de violencia: «Tú piensas como los hombres, no como Dios.» Los hombres tendemos a rechazar el sufrimiento y la muerte, no los vemos espontáneamente como algo de lo que se pueda sacar algún bien. Dios, en cambio, sabe que eso tan negativo puede producir gran fruto.
3ª escena: Jesús y los discípulos (parábola del maletín y el joyero)
No se conocían de nada, sólo les unió compartir dos asientos de primera clase. Ella colocó en el compartimento un elegante estuche con sus joyas. Él, un pesado maletín con su portátil y documentos de sumo interés. El pánico fue común al cabo de unas horas, cuando vieron arder uno de los motores y oyeron el aviso de prepararse para un aterrizaje de emergencia. Tras el terrible impacto contra el suelo, ella renunció a sus joyas y corrió hacia la salida. Él se retrasó intentando salvar sus documentos. El cadáver y el maletín los encontraron al día siguiente, cuando los bomberos consiguieron apagar el incendio. Extrañamente, ella recuperó intacto el estuche de sus joyas.
En tiempos de Jesús no había aviones, y él no pudo contar esta parábola. Pero le habría servido para explicar la enseñanza final de este evangelio. Para entender esta tercera parte conviene comenzar por el final, el momento en el que el Hijo del Hombre vendrá a pagar a cada uno según su conducta. En realidad, sólo hay dos conductas: seguir a Jesús (salvar la vida, renunciando al joyero) o seguirse a uno mismo (salvar el maletín a costa de la vida). Seguir a Jesús supone un gran sacrificio, incluso se puede tener la impresión de que uno pierde lo que más quiere. Seguirse a uno mismo resulta más importante, salvar la vida y el maletín. Pero el avión está ya ardiendo y no caben dilaciones. El que quiera salvar el maletín, perderá la vida. Paradójicamente, el que renuncia al joyero salva la vida y recupera las joyas.
Jeremías y Jesús (Jer 20,7-9)
La vida de Jeremías no fue fácil. Él no quería ser profeta, le objetó a Dios que era demasiado joven y que no sabía hablar. Pero el Señor no aceptó su protesta y lo obligó a transmitir el mensaje más duro en los años más difíciles del reino de Judá: cuando se avecinaba la desaparición de la monarquía, la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia.
Al principio, todo fue bien («me sedujiste, Señor, y me dejé seducir»). Pero el tener que anunciar y justificar la desgracia futura se le convierte en una carga insoportable. Personalmente, tiene la sensación de que todo su mensaje se sintetiza en dos palabras horribles: «violencia» y «destrucción». Socialmente, esta predicación le procura críticas, burlas, persecuciones, incluso amenazas de muerte. ¿Solución? Olvidarse de Dios y de su palabra. Pero no puede hacerlo. Esa palabra arde en sus entrañas, es un fuego incontenible.
Jeremías, igual que Jesús, se siente obligado a cumplir la misión que Dios le encomienda. Es cierto que en Jesús no encontramos la misma rebeldía, pero la reacción tan humana del profeta ayuda a comprender que, para el Señor, «tener que ir a Jerusalén» supuso también un gran sacrificio.
José Luis Sicre

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Tú piensas como los hombres, no como Dios
Domingo veintidós del tiempo ordinario (M6 16, 21-27)
Pedro ha confesado muy bien que Jesús es el enviado del Padre (domingo anterior), es el que tenía que venir anunciado por el Bautista, es el Hijo que viene de las entrañas compasivas del Dios de la Vida, es el Ungido, el Cristo… pero Pedro no entiende, o no quiere entender, que el tema no es confesar correctamente quién es Jesús, hasta los demonios confiesan que Jesús es el Hijo de Dios, sino seguirle tal como él se sitúa en la vida, en dejarse conmover al percibir cómo se vive como Hijo, sorprenderse en qué entiende Jesús por ser el Mesías de Dios. Nos podemos saber toda la “ortodoxia” de memoria y estar espantosamente mal ubicados en la vida.
Cuando Pedro oye que Jesús les anuncia lo que puede venir encima en Jerusalén, “padecer mucho por parte de los ancianos, sumo sacerdotes y escribas”, se enfrenta a Jesús y lo reprende. Pedro no quiere oír hablar de un Jesús entregado, quiere un Mesías triunfador, acreditado por el éxito y el reconocimiento. Jesús es contundente: “apártate de mi Satanás que me estás tendiendo una trampa, me escandalizas”. Lo mismo que dijo en las tentaciones ahora se lo dice a Pedro. No es que Pedro le quiera evitar la adversidad a Jesús por amistad y cariño, de ser así la respuesta de Jesús no hubiese sido tan radical, tenemos que evitar lecturas “edulcoradas” del evangelio.
Aquí otra vez nos encontramos en las entrañas del evangelio: Jesús es fiel hasta el final, es el que no huye cuando ve venir el lobo, el que no huye cuando se entera que Herodes lo quiere matar… “hasta el final, tercer día, estaré curando enfermos y expulsando demonios”.
Jesús quiere ir a Jerusalén, sabiendo lo que puede venir encima, no por obcecación sino por compasión. No va a Jerusalén por un destino fatal, querido por un dios cruel que quiere sacrificios sangrientos, ¡ojo que las imágenes arcaicas de dios siguen funcionando! Quiere ir porque Jesús es hijo de Israel y Jerusalén es la cumbre de su alegría, como dice el salmista, aunque sabe que la han convertido en el lugar de los “traficantes del dolor”. Sabe que han convertido el lugar de oración y de confluencia de los pueblos en “cueva de bandidos”. Como hijo de Israel quiere acercar la compasión al centro del poder religioso, aunque sabe que puede ser triturado por él. No quiere dejar a nadie sin la posibilidad de apertura al Reino que está aconteciendo.
Ahora Jesús, después de la confrontación con Pedro, les dice a sus discípulos que el que quiera ganar tiene que perder, el que quiera autoafirmar su vida la tiene que soltar, la tiene que ceder, el que quiera seguirle tiene que cargar con sus pérdidas de prestigio, de relevancia, de riqueza, de vanagloria, de dominio, de prepotencia…, eso es cargar con la cruz, y caminar con él hasta el final. “Ganar el mundo no sirve para nada si arruinas la vida” ¡Gracias Francisco Javier por lo bien que nos lo testificaste! … Pensar como los hombres y pensar como Dios no es posible. Pensar como Dios es el caminar humilde, compasivo, libre, pacificado, caminando con ternura y sentido de Justicia. Gracias Jesús porque contigo es posible caminar.
Toni Catalá, SJ

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Mira
Con los ojos de tu rostro.
Con los de tu corazón.
Es lo de menos. Mira todo.
Todo.
Luces, colores, sombras, nieblas, aguas, desiertos, selvas y bosques, llanuras y páramos.
Todo está allí para ti.
Todo te lo puso el Padre para que lo mires.
Para que, mirándolo todo, también lo veas a Él.
Pues hasta las sombras, la noche y el ruido son necesarios, ¡no imaginas cuánto!, para que su Luz y su Silencio se vean y se escuchen.
Tú mira.
Solamente.
Simplemente.
Mira.
Jaime Foces Gil

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Preguntas a un rey en cruz
¿Qué corona es esa que te adorna,
que por joyas tiene espinas?
¿Qué trono de árbol te tiene clavado?
¿Qué corte te acompaña, poblada
de plañideras y fracasados?
¿Dónde está tu poder?
¿Por qué no hay manto real
que envuelva tu desnudez?
¿Dónde está tu pueblo?
Me corona el dolor de los inocentes.
Me retiene un amor invencible.
Me acompañan los desheredados,
los frágiles, los de corazón justo,
todo aquel que se sabe fuerte en la debilidad.
Mi poder no compra ni pisa,
no mata ni obliga, tan solo ama.
Me viste la dignidad de la justicia
y cubre mi desnudez la misericordia.
Míos son quienes dan sin medida,
quienes miran en torno con ojos limpios,
los que tienen coraje para luchar
y paciencia para esperar.
Y, si me entiendes, vendrás conmigo.
José María Rodríguez Olaizola, sj

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