05/06/2026
Amados hijos/ Amada Iglesia/ Amados colegas!!
Al meditar en Hechos 2, el Señor puso algo muy fuerte en mi corazón. Muchas veces hablamos de evangelismo, de crecimiento, de alcanzar almas y de cumplir la Gran Comisión, pero este capítulo nos recuerda que antes de salir a predicar, los discípulos tuvieron que esperar. Jesús no les dijo que comenzaran inmediatamente la obra, sino que permanecieran en Jerusalén hasta ser investidos de poder de lo alto.
Al leer este pasaje, llegué a la conclusión de que la llenura del Espíritu Santo fue lo que habilitó a Pedro para predicar con denuedo, poder y autoridad. Pedro ya conocía a Jesús, había caminado con Él durante años, había visto milagros y escuchado sus enseñanzas. Sin embargo, fue después de ser lleno del Espíritu Santo que se levantó con valentía para anunciar el evangelio y ver miles de vidas rendidas a Cristo.
Esto nos enseña una verdad que no podemos ignorar: es imposible ministrar eficazmente estando vacíos. Podemos tener conocimiento, experiencia, buenas intenciones e incluso una carga genuina por las almas, pero la obra de Dios no puede realizarse con fuerzas humanas. El poder que transforma corazones, convence de pecado y produce salvación no proviene de nuestra capacidad, sino de la obra del Espíritu Santo a través de nosotros.
Hechos 2 no muestra simplemente a un hombre predicando un buen mensaje; muestra a un hombre lleno del Espíritu siendo usado por Dios para impactar una multitud. La diferencia no estuvo únicamente en el mensaje, sino en la presencia y el poder de Dios respaldándolo.
Como líderes, debemos examinar nuestro corazón y preguntarnos si estamos dedicando más tiempo a la planificación que a la búsqueda de la presencia de Dios. No podemos pretender ver resultados sobrenaturales si descuidamos la fuente del poder sobrenatural. Antes de pedir crecimiento, debemos pedir llenura. Antes de buscar plataformas, debemos buscar el altar. Antes de salir a alcanzar a otros, debemos permitir que el Espíritu Santo nos llene y nos transforme continuamente.
La iglesia necesita hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo, porque solo una iglesia llena puede impactar al mundo que la rodea. No necesitamos más actividad sin unción; necesitamos más presencia de Dios. No necesitamos depender de nuestros recursos humanos; necesitamos depender del Espíritu Santo.
Que nuestro anhelo sea buscar cada día la llenura de Dios, entendiendo que la efectividad en la evangelización no nace de nuestros esfuerzos, sino del poder de Aquel que nos llamó y nos envió. Cuando la Iglesia vuelve a depender del Espíritu Santo, el evangelio vuelve a ser proclamado con autoridad, los corazones son tocados y las vidas son transformadas para la gloria de Cristo.
Con amor
Apóstol Julio & Profeta Clara Abreu