12/07/2022
Como la Escritura es de inspiración divina, esto hace que necesariamente se crea de ella, no como un libro común y corriente, sino que se le pueda dar el lugar correcto: [es verdaderamente un Libro Sagrado,] cada párrafo, texto, línea y letra provienen de los labios del Dios altísimo. Por tal suma razón es necesario que podamos interpretarla seria y cuidadosamente.
Nuestra fe y práctica cristiana deben derivar solamente de la Escritura, por gracia en el Espíritu, y no a través de nuevas revelaciones dadas a individuos entusiastas.
El hombre, desde su misma naturaleza caída, no puede formular una doctrina cristiana y presentarla como algo apostólico, apelando a la revelación "espiritual". No es legítimo si tal espíritu contradice a la Escritura, entendiendo que la Palabra es la espada del Espíritu.
Las antiguas formas de revelación han cesado; Dios no revela su voluntad de manera inmediata. En la antigüedad, a Él le ha placido en su momento hablar de manera inmediata a través de Teofanías, revelaciones extraordinarias o con voz audible; esto a hombres que pusieron por escrito sus palabras. Ellos cumplieron el propósito de oír y escribir, terminando todo en la recopilación de las Escrituras. Entendiendo esto, como la cláusula de las revelaciones nuevas e inmediatas y el cierre del Canon y de que, ahora Dios revela su Voluntad, únicamente en y por la Sagrada Escritura, esto nos ayuda de manera positiva a cuidar y mantener la Doctrina bíblica e histórica en nuestras Iglesias.
La Palabra debe ser estudiada en su verdad general, no en textos aislados, y cada texto en su contexto, aplicando el principio de analogía de la Escritura y de la Fe. Y con un correcto entendimiento del principio redentora-histórica-canónica.
La Escritura contiene una variedad de géneros literarios, y cada texto debe analizarse en el contexto del género que presenta el autor. Las narrativas deben tratarse como narrativas, las parábolas como parábolas, la literatura simbólica como literatura simbólica, las señales como señales y el uso del literalismo cuando el autor expone literalismo.
"Sacra Scriptura Sui Ipsius Interpres" es una frase en latín que significa "las Sagradas Escrituras son su propio intérprete". Esta frase se utiliza a menudo para describir la creencia de que la Biblia es la autoridad final en materia de fe y doctrina, y que no necesita ser interpretada por ninguna otra fuente.
La regla infalible de la hermenéutica es que, la interpretación de la Escritura corresponde a las misma Escritura; lo que no se encuentra con claridad en algún lugar de Ella, con seguridad se encuentra en otro lugar. Sumando la Palabra hallaremos la Verdad. El Espíritu Santo que inspiró la Palabra, ilumina la mente del creyente para encontrar en la Palabra misma el significado de aquello que Dios quiso comunicar. Si la Escritura cita a la Escritura, entonces esa es la Verdad y la interpretación infalible.
Las Escrituras contienen verdades doctrinales de manera implícita. El hecho de que una doctrina no esté de manera explícita en la Palabra no significa que no sea una verdad bíblica. Si se puede llegar a esa doctrina a través de buenas y necesarias consecuencias por la suma de textos claros, entonces es verdad de Dios. Un ejemplo de ello es la doctrina de la Trinidad o la celebración del día del Señor.
Por supuesto, las deducciones bíblicas deben basarse en palabras y hechos bíblicos, no en suposiciones. En cuanto a la doctrina bíblica y dogmática, el Espíritu Santo en el Canon escrito ha cimentado cada una de las enseñanzas y modos de la Doctrina, incluyendo la Salvación, la Trinidad o el bautismo, todo en hechos o palabras textuales. Sin embargo, algunos "modos" basados en criterios humanos no son así. Estas enseñanzas "extra bíblicas" de la Doctrina se caracterizan por ser cambiantes a través de los años.
Para articular una Verdad Bíblica de las Escrituras en la cual hay poca luz, es legítimo llegar a 'necesarias consecuencias' por medio de 'inferencias lógicas'. Pero nunca han de usarse las inferencias en base a 'probabilidades' para articular una Verdad absoluta, mucho menos para interpretar un mandamiento que fue dado de manera positiva e inmediata por parte de Dios. Es decir, si Dios dio la ordenanza de manera directa, solo Él puede dar cada detalle de la aplicación práctica de ese mandamiento, por lo que es ilegítimo hacer inferencia en base a un mandamiento positivo, claramente dado de manera inmediata.
Un ejemplo de ello es el mandato del bautismo, su naturaleza y la aplicación práctica, solo puede ser dada por Dios mismo, pues forma parte de la adoración instituida por Dios. Entonces, “el modo aceptable de adorar al verdadero Dios fue instituido por él mismo, y está de tal manera limitado por su propia voluntad revelada, no conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres o a las sugerencias de Satanás, ni bajo ninguna representación visible ni en ningún otro modo no prescrito en las Sagradas Escrituras”. Pretender hacer inferencias sobre un mandato explícito es ir más allá de lo que se nos permite como fieles siervos del Señor.
En última instancia, es necesario que podamos examinarnos a nosotros mismos, nuestra propia vida cristiana y santificación antes de cualquier estudio sobre la Escritura. Puesto que, si se tratase de un no creyente o de un inmaduro, probablemente las conclusiones de algún estudio a las que se puedan llegar en tal estado, puede que no sean sanas para la Iglesia. Siendo así, al tener mayor conocimiento en un estado caído, solo atraerá para sí mayor condenación.